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jueves, 16 de noviembre de 2000



«Amarga victoria» o el relato de la mayor crisis de la democracia desde el 23-F

'El estado de Derecho sufrió un ataque desde dentro, a diferencia de otras situaciones límite'

EDUARDO INDA

MADRID.-
A Pedro J. Ramírez le bastaron pocas palabras ayer para resumir el contenido de su último libro. «Amarga victoria», enfatizó el director de EL MUNDO, «relata la mayor crisis de la democracia desde el 23-F».

Ramírez presentó anoche en sociedad su última obra: Amarga victoria o 455 páginas de vívida descripción de 17 meses -Nochevieja de 1994-mayo de 1996- en los que la democracia española estuvo contra las cuerdas.

El autor tuvo un maestro de ceremonias de excepción en la puesta en escena de esta crónica del tardofelipismo: ni más ni menos que el Premio Nobel Camilo José Cela. A su lado, José Manuel Lara Bosch, responsable de la editorial Planeta.

«Señores y señoras, queda presentado Amarga victoria, que explica las claves de la última etapa de la Transición, alcanzada después de saltar por encima de los cubos de basura que almacenó el PSOE», apuntó Cela con su fina ironía británica antes de ceder el testigo al protagonista de la noche.

Ramírez comenzó apuntando, con la fría contundencia de los hechos por bandera, que «en aquellos meses el Estado de Derecho sufrió un ataque desde dentro».

«Cierto es», recalcó, «que ha habido amenazas externas contra la democracia: 23-F, terrorismo sanguinario o los sucesos de enero de 1977. Pero no es menos cierto que en este caso el ataque llegó desde las propias instituciones».

El director de EL MUNDO no se anduvo con rodeos al acusar al felipismo de «vulnerar la legalidad» e incurrir en un constante «abuso de poder» para mantenerse en él «a toda costa».

Ramírez tampoco se olvidó de los políticos, intelectuales y periodistas que «fingieron ignorar lo que sucedió al final del felipismo». A saber: fondos reservados, Roldán, GAL, Lasa-Zabala, escuchas del Cesid, papeles de Laos y un largo etcétera que algunos quisieron pasar por alto. Unos acontecimientos más propios de un thriller que de una democracia.

Ramírez describió a uno de los dos protagonistas de aquellos meses, un terminal Felipe González, como un gobernante «que pasó de la soberbia que caracterizó su ejercicio del poder al despotismo más escandaloso».

El autor de Amarga victoria apuntó que Felipe González desencadenó aquellos meses de desasosiego y bloqueo institucional «por su negativa a asumir las responsabilidades políticas tras las revelaciones [en EL MUNDO] de Amedo y Domínguez».

¿Y qué pasó después? Ramírez cree que el afán de González por amarrar el poder contra todo y contra casi todos retrotrajo a España «a las pautas de comportamiento de la dictadura».

Y eso que, admitió, en todas partes cuecen habas: desempleo, financiación ilegal, saqueo de las arcas públicas y demás. Lacras que en el caso del tardofelipismo fueron especialmente acentuadas. «Pero lo que no había sucedido nunca en ninguna democracia digna de tal nombre es que la corrupción o el nepotismo conviviesen sin que el Parlamento o la Justicia interviniesen», corrigió.

Para Antonio Herrero

Ramírez dedica su obra a Antonio Herrero: «El más noble y valiente de los caballeros de una mesa redonda» llamada AEPI.

Amarga victoria supone también, tal y como precisó el autor, el fin de muchos estereotipos. «Aznar no quiso utilizar el crimen de Estado como palanca para llegar al poder. El hubiera preferido que las escuchas del Cesid, los GAL, los papeles de Laos no se hubieran producido», apostilló Ramírez.

Y, por último, rememoró la amarga, exigua, raquítica victoria de Aznar. «Al final la victoria fue amarga, pero fue victoria porque la verdad es neutral».

«Esta historia concluye», sentenció el director de EL MUNDO, «el día en que el intrépido Gulliver [Aznar] toma el palacio del país de los gigantes». Un domingo de finales de mayo de 1996.



La Lázaro Galdiano se quedó pequeña

400 personas abarrotaron la presentación del último libro de Pedro J. Ramírez, que apadrinó el Nobel Camilo José Cela

E. I.

MADRID.- No estuvieron todos los que son pero eran buena parte de los que estuvieron. El salón de actos de la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid no dio abasto para acoger a las más de 400 personas que acudieron a la presentación de Amarga victoria. Un sinfin de ciudadanos tuvo que conformarse con seguir la presentación de Cela y la disertación de Ramírez desde el pasillo.

Ana Botella encabezó la lista de ilustres invitados junto a Agatha Ruiz de la Prada y la esposa del Nobel, Marina Castaño. La mujer del presidente del Gobierno, coprotagonista de Amarga victoria, se sentó junto al vicepresidente primero del Gobierno, Mariano Rajoy.

La ministra de Educación, Cultura y Deporte, Pilar del Castillo tampoco se perdió la intervención de Ramírez y Cela, que fue aderezada con los toques de humor de José Manuel Lara Bosch.

Dos ex secretarios de Estado de Comunicación, Pedro Antonio Martín Marín y Miguel Angel Rodríguez, se sentaron en las primeras filas. Ellos conocen como pocos la sangre, el esfuerzo y las lágrimas que hicieron falta para conseguir la Amarga victoria de aquel domingo 3 de marzo de 1996.

La nómina periodística y editorial fue notable y abundante: el presidente de Unidad Editorial, Alfonso de Salas, el editor de La Razón, Luis María Anson, el director de La Linterna de la Cope, Federico Jiménez Losantos, el nuevo responsable de Epoca, Germán Yanke, Carlos Dávila, el alma mater de Radio España, José Antonio Sánchez, la directora de El cultural, Blanca Berasategui, el último fichaje de Unidad Editorial Ymelda Navajo y, cómo no, el inefable Tonino de Caiga Quien Caiga (CQC).

El segundo teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid, Ignacio del Río, hizo de embajador municipal.

La nómina de personajes de la farándula la encabezó la actriz y cantante Nati Mistral. Tampoco faltó a la cita una elegantísima Pitita Ridruejo. El mundo del deporte estuvo liderado por Alberto Rodríguez Piñón, estrella mundial del pádel y compañero habitual de Pedro J. Ramírez en las canchas del deporte que popularizó hace años José María Aznar.

El elenco se extendió hasta las 400 personas, muchas de ellas ciudadanos anónimos que rieron sin parar las ocurrencias de Cela y respondieron con una cerrada ovación a la exposición de Ramírez.

Amarga victoria, editada por Planeta, va ya por su segunda edición apenas una semana después de su lanzamiento en toda España.

Lea los tres primeros capítulos de Amarga victoria

La noche en que Aznar se puso la careta de González

PEDRO J. RAMÍREZ

Capítulo 1. LA MÁSCARA

 Nochevieja de 1994. Pleta de Tredós. Noche de lobos en el Valle de Arán. Las campanadas, las uvas, los brindis. José María Aznar está sentado en el suelo, puro en ristre, recostado en las rodillas de Ana. De repente se abre la puerta, se oye la ventisca y, oh sorpresa, entra Felipe González, con la sonrisa por delante.

Jose es el hombre tranquilo de siempre, pero hoy está especialmente cariñoso con los suyos. Ha seleccionado él la música y ha bailado agarrado -muy agarrado- con Ana: pantalones de cuero marrón, atractiva, supersimpática, resultona con su media melena y su maquillaje intenso.

Luego ha jugado un rato con Alonso, ha charlado de fútbol con Josemari y se ha puesto a acariciar el pelo de Ana hija, como si quisiera compensarla por el aparato de ortodoncia que acababan de ponerle.

Se ha reído con el puñado de amigos que le acompañan, cuando en el programa de Fin de Año, Martes y 13 han hecho su único chiste político, más blanco imposible: «Ultima hora: González y Aznar protagonizarán un Especial de ¡Vivan los novios!».

La broma está bien traída porque el 94 ha sido un año a cara de perro, un año de oposición implacable, el año del «¡Váyase, señor González!».

Toda España sabe que los dos se detestan. El uno desprecia el envaramiento y la aparente nimiedad del otro. El otro aborrece las trampas y mentiras camufladas bajo el gracejo del uno.

Pero ésta es una noche especial de fraternidad, marisco en plan autoservicio y buenas burbujas, las mejores vibraciones para todos. Claro que una cosa es reírle la gracia a Martes y 13 y otra cosa es que el fulano te aparezca por la puerta y se te incruste como un cuchillo de hielo en el calor familiar.

No se ha hablado de política en toda la noche, pero al filo de las uvas, Jose se ha dejado querer con el equívoco:

-¿Estás preparado?

-Estoy preparado.

Vaya que sí está «preparado»: aún no ha empezado a sonar la primera campanada y ya lleva cuatro o cinco uvas en el caletre.

-Bueno, pues porque lo celebremos el año que viene en la Moncloa -aclara un viejo amigo.

-No, no, porque lo celebremos aquí, pero con el presidente del Gobierno -tercia el anfitrión.

-¡Claro que estoy preparado! -sonríe Jose.

Grandes besos y grandes abrazos. Las campanadas suenan como aldabonazos en el gong de la crónica de la historia en marcha. Porque lo posible es ya ahora inevitable. E inaplazable. Es el brindis por lo que está a punto de pasar.

Pero Jose lo que quiere es seguir bailando con Ana. Y paladear su Ribera del Duero -como siempre, él ha puesto el vino-; y fumarse el puro despacio, muy despacio; y contarles a los niños -a sus hijos y a los de sus amigos- una historia algo chusca sobre la Estrella Polar.

Recostado en las rodillas de su chica, es el hombre a la espera. A la espera del destino, del poder, de la gloria tal vez... Desde luego no de que se abra la puerta, silbe la ventisca y entre Felipe González.

El primer susto no se lo ha quitado nadie. Pero el rictus de sobresalto de Jose se dulcifica en seguida cuando ve que detrás de Felipe González también ha entrado Julio Anguita, y detrás de Julio Anguita se ve aparecer a sí mismo: José María Aznar en persona, el mismo que viste y calza, con su bigote y sus cejas de mal genio.

Bueno, en persona no. Más bien en efigie. En máscara de chirigota. En cartón endiabladamente bien dibujado: González, Anguita y Aznar...

Y se organiza el pandemónium:

-Menudo susto... Creí que venía a preguntarte cuándo le vas a poner la moción de censura.

-Oye, que esto no es el Parlamento.

-Ni la noche de los muertos vivientes...

-Vaya Reyes Magos. ¡A ver, fuera máscaras! Que se descubran los bromistas.

Pero los bromistas se resisten con aspavientos. «Felipe González» lleva botas de apresquí y el cuello del abrigo subido. Unos mechones sueltos empiezan a despertar sospechas. La careta se levanta. No es Felipe, sino Felipa. Ana se le echa encima:

-¡¡Gela!! Serás caradura...

El misterio de «Julio Anguita» ya no dura ni un segundo:

-Rodrigo, no te pega nada...

Y el del nuevo «José María Aznar» -un amigo del matrimonio Rato- prácticamente carece de emoción.

Gela y Rodrigo Rato han subido desde Artíes. Son los veteranos del valle. Comparten casa con un matrimonio amigo desde antes de que Baqueira empezara a ser Baqueira. Con el paso de los años su aparición después de las uvas -primero en Tredós, luego en el Nin de Beret donde Aznar instalará sus reales de invierno ya como presidente- será parte del ritual. Esta nochecita han sido ellos, radiantes, los que le han puesto al mal tiempo buena cara. O buenas caretas, para ser más exactos.

Las bromas prosiguen durante unos minutos. La afición -sobre todo los niños- pide que Jose se ponga la careta de Felipe.

-Ni hablar, que todo se pega...

Como tampoco es un día para ponerse estrecho, en seguida cede a regañadientes. Detrás de la máscara de su adversario, de su obsesión, de su némesis, José María Aznar esboza su risa de conejo de la suerte, hace la uve de la victoria y pronuncia con menos ganas que gracia el ábrete-sésamo del felipismo inaguantable:

-Por consiguiente...

El instante es fugaz, pero el flash de una cámara que quedará muda para siempre consigue cogerlo al vuelo.

EL PARTO DE AMEDO

'Tender is the night'. La noche está hecha para la ternura de las pequeñas bobadas mientras la tormenta blanca lo bloquea todo. Pero el quitanieves de la actualidad es también hoy demasiado potente. La llegada de los Rato -fuera máscaras- ha puesto el toro en suerte.

De un inocente «¿Cuándo crees tú que serán las elecciones?», en seguida se pasa al asunto por excelencia, el tema que desde hace 12 días conmociona al país: el parto de Amedo y Domínguez -al fin- tras casi 11 años incubando su silencio.

El 19 de diciembre España se ha desayunado con un titular de EL MUNDO temido y anhelado a partes iguales: «Jornada histórica en la Audiencia Nacional: Amedo y Domínguez deciden colaborar con la justicia e implican al Gobierno en el montaje de los GAL.» Un día efectivamente para los anales, pues a la vez que los ex policías empezaban a cantar ante el juez Garzón, su colega García Castellón iniciaba el interrogatorio que llevaría a Mario Conde a pasar la Nochebuena entre rejas.

Tras varios días de emociones fuertes a partir de lo que se filtraba de las declaraciones ante el juez y de sus consecuencias inmediatas -el encarcelamiento de Sancristóbal, álvarez y Planchuelo-, el periódico había tomado directamente el relevo con una gran exclusiva: las memorias de Amedo y Domínguez serializadas en forma de entrevista. Un testimonio definitivo que ponía blanco sobre negro lo que siempre se había sospechado: que el Gobierno de Felipe González, borracho de triunfo y prepotencia, cayó en sus primeros años de poder en la infamia y el error de organizar una banda de asesinos para combatir a ETA con la Ley del Talión y colocarse por ende a su repulsivo nivel moral.

¿Qué significa todo esto? ¿Cuál va a ser el resultado? Los reunidos lo tienen claro:

-Esta es la gota que desborda el vaso.

-Una democracia puede aguantar muchas cosas, pero no esto.

Desde luego la democracia española venía aguantando lo suyo. Desde hacía cinco años se venía arrastrando el caso Juan Guerra. Desde hacía tres y medio, Filesa. Luego vino Ibercorp, o mejor dicho la primera parte de Ibercorp... Y en el 94 la gran traca: la cuenta secreta de Mariano Rubio, el encarcelamiento del gobernador, la dimisión de Solchaga como portavoz, la de Albero como ministro, la fuga de Roldán, la dimisión de Asunción como ministro, la de Corcuera como diputado, el escándalo del reparto de los fondos reservados, la entrada en la cárcel de Javier de la Rosa, las revelaciones sobre los negocios del propio cuñado de González -el espabilado Palomino- con el búnker de la Moncloa de por medio, la querella de la fiscalía contra Conde, el ingreso en prisión de Conde...

¿Era Amedo la gota que desbordaba el vaso? Para los amateurs de la política, sin duda.

-Incluso la gente que pudiera estar a favor de la guerra sucia, no quiere enterarse por el periódico de que el Gobierno se ha dedicado a montar secuestros con su dinero.

Puede parecer hipócrita, pero es así...

-Son las reglas del juego. Si te pillan, te tienes que marchar.

Rodrigo es más escéptico:

-Está claro que este tío tendría que dimitir. Cualquiera en su lugar se iría. Pero dudo mucho que él lo haga.

Jose ha permanecido callado, pero sale al fin de su mutismo:

-Lo peor va a ser cuando empiece a salir lo del dinero...

Nadie se atreve a preguntarle. El ha oído campanas. No tiene datos precisos pero sabe que EL MUNDO prepara una segunda parte en la que los ex policías hablan de pagos multimillonarios a cambio de mantener la boca cerrada.

Es consciente de que González está contra las cuerdas y él más cerca de la Moncloa, pero el asunto no le gusta lo más mínimo. No quiere mover un dedo para utilizarlo en su favor:

-Preferiría que en mi país no hubiera sucedido nada de esto...

Nadie sabría distinguir si es cuestión de altura de miras o de mero cálculo político. Tiene en todo caso una idea muy clara sobre cómo resolver la situación-límite que se ha creado:

-La solución pasa por deslindar claramente la responsabilidad política de la responsabilidad penal...
No habla de pacto, pero el concepto flota en el ambiente. A él lo que de verdad le importa es sacarse la espina del 93 con unas elecciones anticipadas. Lo más anticipadas posible. Ya. Cuanto antes.

-En la medida en que se asuman las responsabilidades políticas será más sencillo que la justicia actúe y, si se da el caso, plantear el indulto de quienes hayan cometido actos ilegales...

-Excepto de los que se hayan llevado la pasta, claro -le interrumpe Rodrigo.

-Excepto de los que se hayan llevado la pasta -concede Jose.

La noche ha perdido su inocencia. Fuera hace menos no sé cuántos grados. Dentro existe conciencia de que las peores tormentas están por llegar. Como en el esquí de fondo lo importante es aguantar y no equivocarse nunca de dirección.

-¿Estás preparado?

-Claro que estoy preparado.
En la pleta Cap d-Aran se ha pronunciado por primera vez la palabra «solución» y se ha pronunciado por primera vez la palabra «indulto». Felipe González estaba delante, pero no ha podido escuchar, porque las máscaras no oyen.

Capítulo II. EL PRÍNCIPE

No eran los trabajos de Hércules, pero yo tenía dos condiciones que cumplir. Eran los dos requisitos, las dos exigencias del Señor de la Paella y el Señor del Registro Civil para abrir la Caja de Pandora.

Aunque llevábamos casi diez años soñando con que llegara el día, yo no habría aceptado hacer ninguna gestión impropia de un periodista. Pero en un caso se trataba exclusivamente de obtener un 'nihil obstat, imprimátur' y en el otro de conseguir que dos personas charlaran.

Las dos prioridades de mi agenda en esos últimos días de noviembre de 1994 eran hablar con «Blas» y entrevistarme con el «Príncipe». Ninguno de los dos era un personaje fácil. Para mí era muy sencillo acceder a ambos, pero no podía controlar -ni siquiera predecir- su reacción. Tenía la suerte de que con «Blas» había quedado esa misma semana a jugar al pádel.

La sospecha de que tanto los servicios secretos como empresas de espionaje a disposición del mejor postor controlaban los teléfonos y hacían vigilancias y seguimientos estaba generalizada en Madrid. Casi todas las llamadas entre políticos, empresarios y periodistas incluían nombres en clave. A mí todo eso me parecía una pijada, pero no podía sustraerme al juego de los motes.

El Señor de la Paella se bautizó a sí mismo cuando propuso que, puesto que el día en que nos habíamos conocido había sido suya la iniciativa de pedir una paella -apelmazada y con sabor a cemento, siniestro 'room service' el del Eurobuilding del momento-, a partir de entonces se identificaría de tal guisa cuando llamara a mi secretaria. Era -quién, si no- el único, el incomparable, el inefable, el me-importa-tres-cojones José Amedo Fouce.

No puedo recordar si su abogado, Jorge Manrique, convino con mi secretaria, Susana Precht, utilizar el alias de Señor del Registro Civil porque EL MUNDO estaba en la misma calle Pradillo que la oficina municipal de natalicios y matrimonios o porque él mismo tenía un despacho por las inmediaciones.

Estoy seguro de que a «Blas» le gané aquel día, pero probablemente en su memoria figure el resultado contrario. Conozco a pocos tipos aun más competitivos que yo, y él es el que más lejos ha llegado. El caso es que en el angosto pasillo sobre la escalera interior del club Abasota, que va de las dos pistas descubiertas a los vestuarios, se lo planteé de sopetón:

-Amedo y Domínguez están dispuestos a colaborar con la Justicia y a hablar con nosotros, pero ponen como condición que su abogado tenga una reunión previa con vosotros...

A «Blas» no pareció sorprenderle mi mensaje. Antes de que contestara yo me sentí obligado a establecer alguna salvedad:

-Oye, ya sabes que estos tíos son impredecibles. A lo mejor todo es un rollo y luego se echan atrás. Ahora, si alguien conoce la verdad, ésos son ellos. Bueno, tú verás...

Fue la respuesta estándar:

-Habla con Paco, que es quien lleva esos temas.

Hacía tiempo que ya había comprendido que ser amigo de «Blas» y director de periódico era lo mismo que mear y no echar gota. Análisis político y buen rollo personal, todo el que quieras. Información, exclusivas o lo que se dice mojarse, de eso nada de nada. Que Paco, como portavoz de Interior, era quien llevaba esos temas lo sabía yo y cualquier colega. Para ese viaje no hacía falta ninguna clase de alforja. ¿Se comportaría este tío de la misma manera si algún día llegaba a presidente del Gobierno?

Fue Juan Villalonga el primero que en el código telefónico empezó a llamarle así.

-¿Por qué le llamas «Blas»?

-Pues porque es el que manda más.

-No me jodas, este tío qué coño va a mandar.

-Te digo yo que sí. Que no le den la oportunidad... Te lo digo yo que me he sentado no sé cuántos años en el pupitre de al lado del suyo.

«Blas», porque es el que manda más. O sea. que sin haberlo deseado nos ha salido un pareado.
Pensé que se lo tenía que contar a Antonio Herrero. Esto del felipismo nos estaba dejando a todos un poco gilipollas.

LA GRAN EXCLUSIVA

Tardé dos días en dar con el «Príncipe» y no le noté demasiado entusiasmado con la idea de verme. Le propuse almorzar en algún restaurante discreto o tomar café en un hotel. Se lo pensó dos veces y me citó en su casa de Pozuelo el sábado siguiente por la tarde.

Mientras mi conductor buscaba la dirección, me di cuenta de que siendo clave la gestión que me llevaba allí, casi tenía tanto interés por saber cómo vivía el «Príncipe».

Me estaba esperando a la puerta de su chalé adosado. Vi que le contrariaba que al entrar nos hubiéramos cruzado con sus escoltas.

Baltasar Garzón, el «Príncipe» de la Magistratura, era ya a esas alturas del partido el hombre más difamado de España. Desde que en el 88 enchironó a Amedo y Domínguez y sobre todo desde que se llevó por delante la estructura de la UCIFA -la Unidad Antridroga de la Guardia Civil que pagaba con cocaína a los confidentes-, la Banda de Interior se la tenía jurada. Su fichaje por el PSOE les había cogido con el pie cambiado -Corcuera se había mordido la lengua con rabia-, pero desde que las aguas habían vuelto a su cauce, la tormenta arreciaba contra él.

Concretamente tenía grabada en la memoria una conversación con el abogado Cobo del Rosal en compañía de Melchor Miralles y un amigo común. Entonces no sabíamos que Cobo formaba parte de la Banda de Interior -empezaba a convertirse en uno de sus cerebros- y tal vez por eso nos impresionaron más sus acusaciones de corrupción contra el juez. Según él, cobraba grandes cantidades del narcotráfico y extorsionaba a quienes pasaban por su juzgado. Para hacer la historia verosímil aportaba detalles, fechas, lugares de encuentro. Todo demasiado retorcido y rocambolesco. Y para colmo su última víctima habría sido nada menos que Monzer Al Kassar, el sirio vinculado a la droga, al comercio de armas y al secuestro del Achille Lauro, al que -según Cobo- Garzón estaría torturando con continuos traslados de cárcel, hasta el extremo de haber obligado a intervenir «por razones humanitarias» a Rafael Vera. ¿Vera «humanitario»? ¿Garzón un chorizo? Qué raro parecía aquello.

Las últimas sombras de duda se desvanecieron con el primer vistazo alrededor. Habitaciones pequeñas, mobiliario muy de clase media, cuadros cursis y baratos. La única pieza valiosa del conjunto era el anfitrión. La casa se ajustaba estrictamente al sueldo digno pero modesto de un juez de la Audiencia Nacional.

Parecía lógico además que a un hombre tan atacado por el pecado de la vanidad no le quedara margen para el de la codicia. Por eso le llamaban el «Príncipe», por su aniñada arrogancia, por su altivo afán de protagonismo, por su infantil obsesión por ser el centro de todas las miradas y el héroe de todas las hazañas. El «principito», decía el Señor del Registro Civil, con una mezcla de admiración y sorna.

Ese día estaba más frío que un témpano. No le gustaba que hubiera ido a verle porque probablemente sabía para qué. Yo iba a lo mío, a por la gran exclusiva que haría resplandecer la verdad y reivindicaría tantos años de presiones, sinsabores y búsqueda.

-Sé que tienes a Pili y Mili a punto de caramelo. También quieren hablar con nosotros, hacer una larga entrevista. Pero ponen como condición que tú lo autorices...

El «Príncipe» tardó en contestar. Estaba eligiendo sus palabras de forma que nunca nadie pudiera decir que se había puesto de acuerdo conmigo en nada. Pero al mismo tiempo trataba de mostrarme un camino, buscaba una forma de compensarme por esa explicación que me debía desde hacía año y medio y que tanto él como yo sabíamos que nunca sería capaz de darme.

Garzón y yo habíamos cabalgado juntos al menos dos años antes de que nos conociéramos. Sin las revelaciones de Diario 16 tras el hallazgo del zulo con armas y documentos que descubrieron en el Pirineo francés los reporteros Miralles y Arqués, su sumario sobre los GAL no habría llegado a ninguna parte. Sin su enérgica instrucción, trincando el testimonio de los mercenarios portugueses con una fulgurante comisión rogatoria tipo aquí te pillo aquí te mato -o sea me planto en Lisboa, les enseño las fotos y levanto acta de que han reconocido a Amedo y Domínguez- nuestras denuncias hubieran sido los arañazos de un tigre de papel al que, por culpa del mercurial y caprichoso patrón de Diario 16, ni siquiera le habían crecido las uñas.

PRIMERA «ESPANTÁ»

La primera vez que Garzón y yo estuvimos frente a frente quedó muy claro que cada uno sabía y respetaba -y también apreciaba- cuál era el papel que le correspondía jugar al otro. Como con toda su mala leche dice Martín Prieto, en lugar de darme el Pulitzer por haber logrado entrevistar a la cúpula de ETA, ya me habían echado de Diario 16. Estábamos en 1989, EL MUNDO sólo era una quimera que ni siquiera tenía todavía nombre y yo había sido citado como testigo en el sumario sobre alguno de los últimos atentados. El silogismo era muy fácil: si yo revelaba la identidad de las personas que habían hablado conmigo en nombre de la organización terrorista, el ministerio público podría imputarles la inspiración de ésa y cualquier otra reciente fechoría. Pero el ministerio público sabía que yo no podía hablar. Que cuando un periodista comparece delante de un juez el secreto profesional no es un derecho, sino un deber. El ministerio público se llamaba aquella mañana, en la que por primera vez pisé el Juzgado número 5 de la Audiencia Nacional, Carmen Tagle. Ella y el juez se pusieron la venda antes que la herida, explicándome al alimón que entendían que yo me negara a contestar a las preguntas que ellos no tenían más remedio que hacerme.

Carmen Tagle. Sólida, recta, dura, pero humana y afectuosa. Cuando poco después la asesinaron me di cuenta de hasta qué punto me había perdido el privilegio de conocerla de verdad. Quedaba, eso sí, aquella fotografía ante su tumba de Fungairiño en silla de ruedas, el valiente Ignacio Gordillo, la impetuosa María Dolores Márquez de Prado, el reflexivo Pedro Rubira, con Javier Gómez de Liaño -todavía vocal del Poder Judicial- y el propio Garzón comprometiéndose a recoger la antorcha de la defensa de la legalidad a cualquier precio. Había nacido el mito de los «Indomables». Los fiscales Indomables, los jueces Indomables.

Pero, ¡ay!, Garzón no quería compartir galones. Un «Príncipe» nunca es una cooperativa.
Cuando lo de su primera gran espantá en la primavera del 93, yo es que no me lo podía creer. Querido Baltasar, dos puntos, no me puedo creer lo que me cuentan, punto y seguido, estás al borde de cometer la mayor equivocación de tu vida, punto y seguido, llámame, coma, a lo mejor todavía tiene arreglo, punto y aparte, un abrazo de tu amigo Pedro J., firma, rúbrica y motorista chutando para entregar en mano en la Audiencia Nacional.

No me contestó. ¿Qué me podía contestar? Que Felipe González le había convencido de que era posible regenerar la vida política desde dentro y luchar contra la corrupción desde el poder. Esa milonga se la podía contar a otros, pero no a mí.

POR BISUTERIA

EL MUNDO fue durísimo. El editorial «Garzón tenía un precio» le puso de dos vueltas y media. A la altura de sus merecimientos. Garzón no se había dejado comprar con dinero sino con bisutería y espejuelos. González le había tocado el trigémino de la vanidad otorgándole el segundo puesto de la lista por Madrid y vagas promesas sobre una cartera ministerial. Su integridad quedó doblemente en entredicho cuando un comunicante anónimo puso a Melchor Miralles sobre la pista de la visita semiclandestina del recluso Michel Domínguez en vísperas de que Garzón abandonara el juzgado. Un encuentro que habría de dar mucho y muy variado juego.

Cuando Garzón fue consciente de que, una vez obtenido su objetivo de ganar por cuarta vez las elecciones y perpetuarse en el poder, González le iba a dejar aparcado en una Secretaría de Estado Anti-Droga sin medios ni competencias y que el papel de detergente interno -teóricamente bajo control- lo iba a desempeñar Belloch, volvió a acercarse a nosotros. Vino a varios conciertos de música clásica organizados por EL MUNDO y un día me invitó a comer a un restaurante -guiño irónico o casualidad- llamado Príncipe y Serrano.

Ya entonces me anticipó lo que pocas semanas después haría público. Que González le estaba engañando, que se sentía tratado como un muñeco y que si las cosas no cambiaban espectacularmente se volvería a su juzgado. No sólo no me explicó por qué lo había hecho, sino que fue muy convincente en el papel de víctima digna de comprensión y apoyo. Tampoco me habló ni de Domínguez ni del otro camarada.

Desde entonces habían pasado seis o siete meses -la huida de Roldán, la dimisión de Asunción y la apoteosis bicéfala de Belloch habían precipitado los acontecimientos- y aquella tarde sabatina de noviembre el único asunto que a mí me interesaba plantear era el de la pareja de inminentes «arrepentidos». Yo sabía que el «trato» con Garzón estaba sólo pendiente de que él les garantizara su seguridad, pero ni siquiera intenté sonsacarle nada a ese respecto. El silencio de que quien calla otorga era ya suficiente corroboración.

Al cabo de un rato el «Príncipe» encontró la fórmula y las palabras de expresarla.

-Como alguien que venga a prestar declaración a mi juzgado revele algo que esté bajo secreto de sumario, que se vaya preparando... Hecha esta salvedad, yo no puedo impedir a nadie que haga declaraciones a la prensa.

Blanco y en botella. Primero tenían que pasar por sus manos. Retratarse ante la máquina de escribir de Natalia, la secretaria del juzgado. Una vez que él les hubiera exprimido hasta la última gota del zumo, eran nuestros.

En seguida empecé a hacer cálculos mentales.

-¿Y cuánto puede durar el secreto del sumario?

El «Príncipe» siguió fingiendo que me hablaba en abstracto.

-Según la Ley de Enjuiciamiento Criminal el mínimo imprescindible para practicar las diligencias que se deriven de las declaraciones de los testigos.

Ya. Mi problema era que a efectos periodísticos, en principio diciembre sólo tenía veinte días. Después de la Lotería la gente se zambulle en las Navidades y ya no está para nada. Y esa larga entrevista con Amedo y Domínguez parecía lo suficientemente prometedora como para tener que publicarla en varios días.

Sobre la marcha se me ocurrió que no había otra salida sino la de meterle prisa al «Príncipe». Que él hiciera su faena cuanto antes, y nos dejara margen para poder hacer luego la nuestra.

-No soy quién para darte consejos, pero los he notado muy nerviosos. No se fían de nadie y pueden cambiar de idea. Si puedes tomarles declaración esta misma semana, no lo dejes para la próxima...

Vana maniobra. Pinchazo en hueso.

-Yo me voy a Argentina a dar unas conferencias. Estaré fuera más de una semana...

Y añadió enigmático:

-Además, un instructor no debe practicar unas diligencias sin tener preparado el dispositivo necesario para tomar las medidas cautelares que previsiblemente pudieran derivarse de esas diligencias.

¿Dispositivo? ¿Medidas cautelares? Eso olía a detenciones. Mejor no preguntar, pero el asunto iba tomando color.

De pronto se invirtieron las tornas. Ahora era el «Príncipe» el que quería saber cómo sabía yo que Amedo y Domínguez estaban a punto de cantar. Pensé que lo mejor era contarle la verdad.

-Hace unas semanas un colaborador espontáneo le entregó a Melchor Miralles un cuaderno que Michel Domínguez había perdido por la calle en Barcelona, un día que estaba allí porque operaban a su padre o algo así...

Al escuchar la palabra «cuaderno» el «Príncipe» parpadeó tras sus gafas de universitario modelo.

-Al principio creímos que era una especie de libro de contabilidad porque estaba lleno de anotaciones sobre valores bursátiles. Llegamos a pensar que alguien estaba comprando su silencio y les estaba pagando en acciones o ellos lo invertían en Bolsa. Melchor tiene buena relación con su abogado y a través de él consiguió verse con Michel. Resulta que lo de los valores era un simple juego para matar el tiempo en la cárcel. Pero como en el cuaderno había también el borrador de una carta amenazando con hablar, pues Michel fue cogiendo confianza y...

El mismo parpadeo acompañó a la palabra «borrador» y a la palabra «carta». Yo salí de Pozuelo poco menos que de vacío y Garzón viajó en la fecha prevista a Argentina, pero no habrían de pasar muchos días sin que recibiera en el periódico un requerimiento formal del Juzgado número 5 para que pusiera a su disposición cuantos documentos obraran en mi poder que pudieran contribuir a esclarecer la trama de los GAL, dentro del sumario por el secuestro de Segundo Marey.

El «Príncipe» las cazaba al vuelo y siempre barría para casa.

Capítulo 3. PACO CASCOS

UNO

Paco Cascos ya se sabía el camino.

Hacía unos meses le había hecho entrar por esa misma ?puerta trasera? cuando vino a mi despacho acuciado por un asunto personal urgente. Ante mi estupefacción -le recibí, claro está, la misma tarde que me pidió verme- me explicó que se había separado de la madre de sus hijos porque había encontrado a la mujer de su vida, una chica estupenda llamada Cristina que trabajaba de relaciones públicas en una central nuclear, y que estaba visitando a los periodistas con los que tenía buena relación para que la noticia no nos pillara de sorpresa y para que la tratáramos de la manera menos escandalosa posible.

_El presidente del partido lo sabe y me está ayudando mucho.
Fue una conversación surrealista. Nunca me ha gustado mezclar los asuntos personales con la vida pública. A Casos se le veía apurado por cómo encajaría la historia el entorno más conservador del PP. Con toda su fama de ogro abominable a cuestas, ahí estaba, viniendo a mi despacho con su loden verde para decirme que se había enamorado. Era el rostro humano del político más fajador de hemiciclo. Desde ese día mejoró mucho mi opinión personal sobre él. Detrás del duro ariete del PP, latía un corazón de sentimientos frágiles e impetuosos.

Tratando de hacer más cómodo el lance le pregunté, con apariencia de complicidad, si vivía con ella. Me dijo que aún no, pero que lo haría pronto. Entonces le gasté la broma de que en realidad había venido a fardar de su último ligue. No le hizo ni pizca de gracia, pero lo cierto es que a la tal Cristina (*) se la llevó pronto por delante un cálido e inteligente huracán llamado Gema.

(*) Si me refiero al episodio es porque la relación adquirió carta de naturaleza pública y de hecho Cristina fue la acompañante del secretario general del PP en la fiesta de aniversario de El Mundo y otros actos similares.

El motivo que nos reunía este lunes 5 de diciembre de 1994 era más prosaico pero también -al menos para mí- mucho más interesante. Paco Cascos no había puesto la menor objeción a mantener un encuentro con el Señor del Registro Civil.

-Ni siquiera hubiera hecho falta que se lo mencionara a José María. Yo soy el portavoz de Justicia e Interior del partido y esto forma parte de mi trabajo? Yo no tengo ningún inconveniente en hablar con todo el mundo.

La cúpula del PP se dividía entre quienes como Rato o Mayor Oreja llamaban a Aznar, Jose. Y quienes como Cascos o Arenas le llamaban José María. Era la raya divisoria entre el círculo íntimo y los colaboradores políticos.

¡El juego que les habría dado a los felipistas si hubieran sabido lo de la ?puerta trasera?! Era una entrada que casi siempre permanecía cerrada con llave y cuya ventaja era que daba directamente a la salida del ascensor y no obligaba al visitante a cruzar mi secretaría, a la vista de toda la redacción. Además tenía el morbo de que al estar la puerta tapizada con la misma tela de rayas azules que el resto de las paredes parecía una entrada secreta al modo de algunos aposentos reales. La utilizábamos siempre que venía un político, fuera el que fuera.

Ahí empezó y terminó la clandestinidad del encuentro. Cascos no conocía personalmente a Manrique, pero su jefe de gabinete había tenido alguna relación con él. El abogado tenía carné del PP y vendió muy bien la idea de que quería ayudar a su partido, pero que por encima de todo estaba la lealtad hacia sus clientes.

-Desde hace años les han venido prometiendo el oro y el moro. Y cojo no han cumplido ninguna de esas promesas, pues están ya hartos y han decidido colaborar con la justicia.

Regordete y jovial, pero también serio y precavido. Pelo ensortijado, nariz redonda, buenos mofletes. Con una gabardina cruzada haría un perfecto poli en una serie b americana. Listo, valiente, algo barullos pero un buen tipo. El Señor del Registro Civil. Manrique.

-Pero antes de dar ese paso quieren saber cuál será vuestra actitud cuando lleguéis al poder de cara a una petición de indulto.

A Paco Cascos no pareció pillarle de sorpresa la consulta. Ni necesitó improvisar tampoco la respuesta.

-Acabo de declarar a la revista Tribuna que nosotros nunca concederemos medidas de gracia a quien pretenda utilizarlas al servicio de ocultamientos de la verdad. Nuestra línea está muy clara y de ahí se pueden deducir muchas cosas?

Sí, se podían deducir, pero sólo deducir. El secretario general del PP no fue un solo paso más allá. Repitió un par de veces la misma frase, palabra arriba, palabra abajo, y punto.

Lo que siguió fue un forcejeo por parte de Manrique para tratar de obtener de Cascos algo remotamente parecido a una promesa. Pero era un afán imposible. Cuando Cascos se clava en la posición, no hay torero que le saque un pase. Yo mismo lo intenté al ver tan apurado a Manrique, pero también fracasé en el intento.

-Si tú dices que no concederéis indultos a quien no colabore con la justicia? sensu contrario hay que suponer que sí indultaréis a quien colabore con la justicia?

-Bueno, eso lo has dicho tú. Yo lo único que puedo hacer es reiterar cuál es la posición del partido. Yo lo que digo es que cometerá un error quien confíe en que la insistencia en la mentira le permitirá eludir responsabilidades.

Estábamos sentados en dos sillas amarillas y una roja entorno a una mesa de cristal. Cascos ocupaba el mismo sitio, de espaldas a la pared, que unas cuantas semanas antes había ocupado Rafael Vera la mañana que vino a contarme una milonga que en realidad suponía admitir los pagos de sobresueldos con fondos reservados.(*)

Cuando vio que de aquel pozo ya no había manera de sacar más agua, Manrique optó por pasar a la segunda petición:

-Lo que también plantean es ver de que manera podríais ayudarles una vez que haya terminado todo. En definitiva lo que quieren es un puesto de trabajo. A fin de cuentas se han pasados siete años en la cárcel, han perdido la carrera de policías. Y está claro que ellos eran sólo dos mandados.

Cascos respondió con buenas palabras, que en la práctica también podían interpretarse como una larga cambiada.

(*) Poco antes de que El Mundo desvelara los sobresueldos, el recientemente cesado Vera -alarmado por una llamada de Cerdán y Rubio a su secretario Juan de Justo- acudió a mi despacho a explicarme que en los casos de Roldán y el director de la Policía Rodríguez Colorado habían tenido que recurrir a ese procedimiento ante las trabas burocráticas que impedían concederles los complementos aprobados para los subsecretarios en el conjunto de la administración.

-El Partido Popular ha demostrado que nunca deja tirado a nadie y que siempre se porta bien con quien se lo merece.

Está claro que Cascos no podía imaginar la trascendencia que cuatro años más tarde, con motivo del juicio del caso Marey, iba a pretender dársele a ese encuentro. Pero su posición fue tan medida e impecable que nada le habría favorecido tanto como que efectivamente, tal y como se rumorearía durante meses, alguien hubiera grabado una conversación con un micrófono oculto.

Total que el Señor del Registro Civil salió de mi despacho cargado de declaraciones de amistad, pero con el zurrón tan vacío como cuando entró. Por eso tuve que animarle.

-A ver qué es lo que les digo yo ahora a mis chicos?

-Muy fácil, diles la verdad, que de las palabras del Secretario General y número dos del partido cabe deducir que si colaboran con la justicia lo probable será que les indulten. Y diles también que nosotros como periódico lo apoyaremos?

-Sí, sí? todo eso está muy bien, pero yo me conozco a mis clásicos. A ver cómo les convenzo.

DOS

Y Manrique les convenció. O más bien les dio el último empujón. Su mejor aliado no fue la zanahoria del indulto, sino el palo que, como acababa de averiguar, tenía levantado el ?Príncipe?.

Aunque en Pozuelo no me dijo nada, Garzón escondía ya su as en la manga. Un as de bastos llegado de Suiza que iba a cambiar la historia política de la última década del siglo XX en España.

Incrustado entre Melchor y yo en el asiento trasero de mi coche, Michel Domínguez se lamentaba de su jodida mala suerte:

-Si no hubiera sabido francés, yo seguiría siendo policía. Y además un buen policía, en la brigada de investigación, haciendo atestados, en cualquier sitio. Durante el tiempo que trabajé en Madrid nadie tuvo una queja de mí?

Remilgado, menudito, voz aflautada, meticuloso, prudente, tímido, ordenado, servicial, pajarito con barba. Michel Domínguez.

Le habíamos recogido en el mismo restaurante económico de la zona de Cuatro Caminos -calle Santa Engracia, muy cerca, qué cosas, de donde tenía su sede el PSOE cuando ocurrieron los hechos- en el que ya habíamos almorzado quince días antes con él. Entonces nos había dicho que estaba dispuesto a contar su verdad y que esperaba convencer a Pepe de que le secundara. ¿Por qué? ?Para que mi hijo no tenga una idea equivocada de lo que hizo su padre?. Fue Michel el que nos transmitió las dos condiciones: que su abogado hablara con alguien importante del PP y que el juez autorizara la entrevista.

Una vez que ambas habían quedado -al menos formalmente- satisfechas, el proyecto seguía adelante con una peculiaridad. Amedo y Domínguez iban a contar inmediatamente su historia en exclusiva para El Mundo, pero la grabación de su relato quedaría en poder de su abogado hasta que terminaran de declarar ante Garzón. Se trataba en definitiva de ir adelantando el trabajo sin desafiar al juez.

El punto de destino era el Eurobuilding. El Audi blindado negro, gemelo del que muy pocos meses después salvaría la vida a Aznar, había doblado la esquina de Juan Ramón Jiménez con Lázaro Galdiano y había entrado en el subterráneo del hotel. De repente, antes de detenernos en el acceso a los ascensores, un elocuente rótulo puso en tensión a Michel Domínguez: ?Salones Baltasar?, decía el cartel acompañado de una flecha.

?Ya es mala suerte?, comentó entre dientes Miralles. ?Que son tantos nombres en el almanaque nos vayamos a topar precisamente con éste??

Salones Baltasar. La cena de Baltasar. El festín de Baltasar Garzón. ?Mené, Tequel, Parsim.? (*) Palabras tremendas profetizando la caída de Babilonia, el final de un régimen. ¿Quedarían también escritas indeleblemente en la pared?

(*) Según la Biblia el profeta Daniel interpretó ante el regente Baltasar las palabras que una mano misteriosa escribió en la pared. Mené: ?Dios ha contado tu reino y le ha puesto fin.? Tequel: ?Has sido pesado en la balanza y encontrado falto de peso.? Parsim: ?Tu imperio ha sido dividido y entregado a los medos y los persas.? Era el anuncio de la caída de Babilonia en el 539 antes de Cristo.

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