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lunes, 30 de abril de 2007

Campeones europeos: Sarkozy destruye el mito del 68 y corteja a los centristas de Bayrou. Merkel cerrando acuerdo constitucional.



'Sarko' destruye el mito del 68 y corteja a los centristas de Bayrou

El líder de la UMP reúne a 40.000 personas en un mitin triunfalista y hace una oferta de cohabitación a la UDF

RUBÉN AMON. Corresponsal

PARIS.-
Nicolas Sarkozy convirtió la fiesta del mitin parisino en el funeral del 68. Pidió a sus compatriotas romper con el relativismo intelectual y moral de aquel «movimiento demagógico». Acusó a sus valedores de haber introducido el veneno del cinismo y la inmoralidad. Dijo que había llegado la hora de rehabilitar en Francia la ética, el mérito, la autoridad y el trabajo como reacción a los desmanes sectarios de la gauche.


Fue la sorpresa de un discurso oficiado delante de 40.000 espectadores. Había tanta gente en el Palacio Bercy que el propio Sarkozy tuvo que salir a la calle para contentar con la voz y el verbo a las miles de personas que habían tenido que resignarse al recurso intermediario de las pantallas de vídeo. Vieron a Sarko enardecido y envalentonado. Le escucharon destruir el mito del 68 con virulencia y agresividad.

«Quiero pasar esa página de la Historia. Propongo realmente a los franceses acabar con los comportamientos, las ideas del 68. Son los culpables del capitalismo sin escrúpulos y de la destrucción de la ética. Ellos han convertido en víctimas a los modestos, los trabajadores, los más pobres», proclamó Nicolas Sarkozy mientras le aclamaba como a un torero el público de París.

Hasta 20 veces, 20, mencionó la cifra del 68. Las considera el origen de todos los males franceses. La relaciona con los vicios de una izquierda acomodada y egocéntrica que ha conducido a la patria al inmovilismo.

«Critico a una izquierda que ha encontrado gusto en el poder, en los privilegios. Una izquierda que se ha comportado contra la igualdad, la solidaridad, los valores comunes. Una izquierda que se ha arraigado en el clientelismo y el corporativismo. Una izquierda que ha dejado de oír a Blum y Jaurès», añadió Sarkozy en un pasaje incendiario del monólogo.

No es extraño, por tanto, que el pensador André Glucksmann tuviera ayer la responsabilidad de ejercer el papel de telonero. Fue uno de los artífices del 68. Militó en las corrientes maoístas. Ahora, en cambio, abjura de todos los libros rojos y pide desde el púlpito el voto para Nicolas Sarkozy.

«Se ha tratado de caricaturizar a Sarkozy. Se ha dicho que era un monstruo peligroso y racista. Que era una amenaza para Francia. Sabemos que la verdad es la contraria. Sarkozy es el candidato de la concordia, de los derechos del hombre, del compromiso», jaleó André Glucksmann, mientras le escuchaba atónito y estupefacto Dominique de Villepin. Era la primera vez que el jefe del Ejecutivo francés acudía a un mitin del viejo enemigo. Quería firmar una tregua, atenerse a la disciplina de partido (UMP) que rodea propiciatoriamente al supercandidato.

Ahí estaban los ex primeros ministros Raffarin y Juppé para demostrarlo. También acudieron los ministros principales del Gobierno, la dama Simone Veil y una plétora de intelectuales, cantantes, actores y famosos avenidos a convertir el acontecimiento de ayer en un ritual mundano y festivo.

No parecía un mitin electoral. Parecía la celebración de una victoria anticipada. Quizá porque Sarko ha leído con satisfacción el barómetro de estados de ánimo que ayer publicaba el diario Le Parisien. El 65% de sus compatriotas le consideran «sólido» (24% en el caso de Ségolène). El 50% le atribuye un verdadero proyecto (36%, Royal). La socialista sólo le aventaja en un concepto, la simpatía. Y se entiende, puesto que Nicolas Sarkozy, retaco y fiero, no se concedió ayer momentos para la sonrisa.

Prefirió convertir el discurso parisino en una ocasión para acercarse con guante de seda a los votantes que eligieron a François Bayrou en la primera vuelta. También él los necesita ahora para afianzar la victoria del 6 de mayo. Por eso elogió con decoro las siglas del UDF -el partido de Bayrou- y agradeció que 21 de los 29 diputados de la misma agrupación política se hayan declarado ya públicamente a favor de su candidatura.

«Quiero dirigirme hoy a los electores del centro porque sus valores son muy próximos a los míos. Quiero decirles que los necesito para unir a los franceses y representar las ideas en las que ellos creen. Su sensibilidad tendrá un lugar en la mayoría presidencial que quiero construir», deslizó Nicolas Sarkozy en el pasaje mas estratégico del mitin dominical.

Es una manera de hacerles una oferta de cohabitación. Quizá porque Ségolène Royal también había declarado previamente su predisposición a conceder puestos de relevancia a los alfiles de la cortejada UDF.

Cualquier promesa vale un puesto en el Elíseo. De hecho, la candidata socialista dio a entender sutilmente que el propio François Bayrou podría encajar en la plaza de primer ministro si ella accede al trono de Francia.

Las pretensiones ambiciosas de Royal no distrajeron la misa de Sarko ni a sus feligreses. Especialmente cuando invocó el espíritu y la memoria de Charles de Gaulle. Lo hizo dando a conocer el texto que escribió hace unos días ante la tumba del general: «Francia no podrá desaparecer nunca mientras estemos decididos a mantenerla y batirnos con ella como un ideal».

Merkel, a punto de cerrar el acuerdo sobre el nuevo texto constitucional

El 'minitratado' podría entrar en vigor en 2008 La canciller alemana quiere un pacto en junio o no lanzará una conferencia intergubernamental

MARIA RAMIREZ. Corresponsal

BRUSELAS.-
El próximo sábado, sólo nueve jefes de Estado y de Gobierno de la UE, de los países grandes, debían debatir la Constitución en Sintra. Pero el presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, se vio obligado a desinvitarlos. La canciller Angela Merkel le hizo rectificar la divisoria y atípica reunión en la villa lisboeta, porque no quiere que nada moleste su calculado plan para aprobar un nuevo Tratado.

El portavoz de Barroso, Johannes Laitenberger, intentaba justificar la semana pasada la marcha atrás por el «éxito de convocatoria» y el interés de otros países. Entre los invitados estaban, en principio, Alemania, España, Italia, Francia, Holanda, Reino Unido y Polonia. Pero la minicumbre, que Barroso llamaba brainstorming, se suspendió, según fuentes europeas, por la amenaza de Merkel de no asistir a tan insólita reunión, que dejaba fuera a la mayoría de líderes. Para salvar la imagen del portugués, la canciller aceptó un breve cónclave del trío de presidencias, la actual alemana, la portuguesa, que empieza en julio, y la eslovena del primer semestre de 2008.

La Presidencia permanente, y no el baile cada seis meses, es justamente uno de los puntos del acuerdo básico para el nuevo Tratado, que instauraría, como hacía la Constitución, un presidente de consenso durante al menos dos años y medio (posiblemente, el luxemburgués Jean-Claude Juncker o el casi jubilado Tony Blair). Merkel, quien hace una semana comenzó una ronda de consultas sobre su esquema para el texto, quiere un acuerdo, más o menos público, el próximo 21 de junio para, después, lanzar una breve conferencia intergubernamental (CIG), que termine la redacción en noviembre.

«No piensa convocar una conferencia si no hay consenso. En otras ocasiones, las CIG acababan sin resultados, pero ahora la UE no se lo puede permitir. No se puede permitir otro fracaso», explica un diplomático cercano a las charlas.

Tras el primer sondeo de la alemana, con un cuestionario muy preciso para los Veintisiete (¿Es imprescindible el nombre de Constitución? ¿Y la inclusión del himno europeo? ¿Qué tal la idea de sustituir la Carta de Derechos Fundamentales por una remisión más corta que tenga el mismo valor legal?), la canciller intenta un acuerdo sobre las reformas básicas: un presidente y un ministro de Exteriores (aunque se invente un nombre más críptico para el cargo), menos comisarios y el fin del voto por unanimidad. Se trata, como explica la canciller en una carta, de «usar terminología diferente sin cambiar la sustancia legal». Según ella, la Constitución -que perderá, casi con toda seguridad, su nombre- tiene un problema de presentación. Merkel propone omitir, por ello, aspectos que, aunque ya sean una realidad, podrían molestar a los euroescépticos, como la preponderancia de la legislación comunitaria o la bandera oficial de la UE.

Barroso siempre se ha resistido a que el nuevo Tratado entre en vigor antes de 2009, cuando termina su mandato, para no tener que cambiar su Comisión. Pero, según fuentes diplomáticas, estaría dispuesto a aceptar la aplicación el año que viene, con todo el paquete, incluido el recorte de comisarios y un nuevo vicepresidente y ministro de Exteriores, si Merkel le apoya para renovar otros cinco años.

La canciller quedaría como la salvadora de Europa, y Barroso cumpliría su ambición. Diplomáticos y funcionarios especulaban con que el portugués pretendía presionar por su segundo mandato en el encuentro de Sintra, aunque su portavoz asegura que al presidente de la Comisión sólo le preocupa ahora «encontrar una solución política para Europa».

Si Nicolas Sarkozy, partidario de un «minitratado» que se ratifique sólo por vía parlamentaria, se convierte el domingo en el nuevo presidente de Francia, el acuerdo está casi cerrado para conseguir una solución rápida. Los gobiernos de Reino Unido, Polonia y República Checa están casi convencidos para aprobar un texto breve mientras se reduzca la atribución de competencias y se reequilibre el voto.

Pero Merkel aún tiene mucho trabajo en la complicada UE de Veintisiete. En primer lugar, si gana Ségolène Royal, que quiere otro referéndum en 2009, como el que hace dos años hizo entrar en crisis a la UE y más tiempo para debatir, el plan deberá esperar a la presidencia de turno francesa, el segundo semestre de 2008. Algunos de los 18 Estados miembros que han ratificado la Constitución, temerosos de que se apruebe un Tratado microscópico con poca relación con el original, no llorarían por esta espera.

España se queja de que los alemanes tienen «demasiadas tijeras» y «poca pluma» por su obsesión por complacer a los británicos, que conseguirán, por ejemplo, eliminar la Carta de Derechos Fundamentales. Si el proceso se alarga, Merkel tendrá, además, que lidiar con Gordon Brown, el poco europeísta sucesor de Blair. Los impredecibles países del Este, amantes del veto, podrían poner más problemas, y Polonia ya ha dicho que no aceptará el voto por doble mayoría -el 55% de los Estados miembros con el 65% de población- que beneficia al país más poblado, Alemania. «Tenemos miedo de que los alemanes sólo quieran salvar su voto», confiesa, también, un representante español.

Aun así, tras la foto de la concordia en marzo con el acuerdo sobre los recortes de emisiones de gases de efecto invernadero -el primero notable en casi año y medio-, los líderes sentirán en junio la tentación de otra buena imagen. Si Merkel la vuelve a encabezar, habrá que darle la razón a Bismarck cuando dijo «pongamos a Alemania en la silla; ya sabe cómo montar».



LOS PUNTOS DESTACADOS DEL NUEVO TRATADO

1 Presidencia. Acabar con las presidencias de turno de la Unión Europea y elegir un presidente con un mandato de dos años y medio.

2 Diplomacia. Nombrar un ministro de Asuntos Exteriores, aunque no se llame así, con el poder del Representante de Política Exterior y Seguridad (Javier Solana) y el dinero de la Comisaría de Relaciones Exteriores (Benita Ferrero-Waldner)

3 Comisarios. Reducir su número a dos tercios del número de estados (18 en una UE de 27 ).

4 Votaciones. Reformar el derecho de voto para acabar con la unanimidad.

5 Denominación. Cambiar el nombre de «Tratado Constitucional» y prescindir de la Carta de Derechos Fundamentales de la Constitución.

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