EL LIDER DE LA OPOSICION, A EXAMEN: Rajoy aguantó con buenas maneras preguntas duras y acabó con un aplauso

EL LIDER DE LA OPOSICION, A EXAMEN / Los problemas de los ciudadanos
Rajoy aguantó con buenas maneras preguntas duras y acabó con un aplauso
Fue ovacionado al decir que un joven funcionario gana más que dos viudas que le habían interrogado antes
C. REMIREZ DE GANUZA
MADRID.-
Dos horas largas de tensión desembocaron en el aplauso. Rajoy, que aguantó un pugilato con los ciudadanos sobre el 11-M o Irak, sacó en el último momento su ironía. A la pregunta sobre cuánto cobra un funcionario, dijo: «Bastante más que las dos viudas que me acaban de preguntar». Pero la primera, nada más comenzar la emisión, la recibió en la frente. «¿Cree que la mentira reiterada y la manipulación es políticamente rentable? Con el 11-M, pocas horas antes de las elecciones, dijeron ustedes que tenían la convicción moral de que había sido ETA. A día de hoy, ¿cree que ETA tuvo algún tipo de relación con los atentados?».
«Yo no lo sé», fue también la primera respuesta de Rajoy a una mujer tan joven como implacable. «Yo creo que ese asunto lo deben juzgar los tribunales y yo siempre acataré lo que decidan».
La sonrisa que traía puesta sobre esa imagen de azul y esa barba recortada desapareció desde ese mismo momento y hasta casi el final del programa Tengo una pregunta para usted, en el que un Rajoy voluntarioso y sereno se enfrentó a un centenar de ciudadanos invitados por TVE.
Rajoy se repuso, sólo progresivamente, al primero de los golpes, para contar, a modo de testimonio más personal que político, su propia experiencia sobre lo vivido aquellos días como candidato electoral, o sea, desde fuera del Gobierno. Recordó lo dicho por Ibarretxe, las sucesivas declaraciones de Acebes sobre las dos vías de investigación, las detenciones practicadas y el cúmulo de información de que, según insistió, dispusieron los españoles antes de votar el 14 de marzo.
Pero los invitados al programa no estaban dispuestos a darle un solo respiro, y así se lo demostraron hasta la octava pregunta, en la que a Rajoy se le apareció Juan Martín Cocinas, un controlador de tren de cercanías de 50 años que le alivió permitiéndole hablar de lo que haría en materia de seguridad si llegara al Gobierno.
El presidente del PP aún hubo de soportar la tensión de otras ocho preguntas hasta empezar, por primera vez, a resultar realmente airoso en lo que resultó el examen más duro de la reciente historia política.
«Asistiría con orgullo a la boda de su hijo con su pareja homosexual?», le preguntó Jordi.
Rajoy empezó a contestar con las líneas generales del discurso popular: «Le aconsejaría una unión de hecho...», le dijo. Pero aquel catalán de 47 años no estaba por la labor de dejarle escapar: «¿Asistiría a la boda?» «Asistiría a la boda, y estaría orgulloso», dijo al fin Rajoy, antes de volver a colocar su discurso: «Me parece profundamente injusto que se dijera de mí y de mi partido que estamos en contra de los homosexuales. Y en cuanto al recurso ante el Constitucional, sólo he recurrido el tema de la adopción y el nombre [de matrimonio]».
Las repreguntas fueron, a diferencia de lo ocurrido en el debut de Zapatero el pasado 27 de marzo, una novedad en las intervenciones de los ciudadanos. Rajoy -boli en mano para controlar los brazos, y mucho más lejos del atril que de sus propios interlocutores, como bien le habían aconsejado sus asesores- acabó por acostumbrarse.
La primera de ellas, sin embargo, pareció dejarle descolocado. «Oiga, pero ¿cree que yo no soy una 'persona normal', como las que usted convocó a la manifestación por lo de De Juana, porque decidí no ir?» «Claro que lo es», le contestaba. «¿Pero qué es una 'persona normal'?», insistía Olga, una estudiante. «La gente que tiene un cierto sentido de la Justicia, que quiere empleo, que los terroristas cumplan sus penas... ¡la vida misma!», acertaba Rajoy a decir. «¡Pero ustedes hacen diferencias!». «En absoluto», volvía a contestar el líder de la oposición, acudiendo al terreno conocido de su discurso político: «Yo he defendido hasta la saciedad, y he sido el único, una sociedad de ciudadanos libres e iguales, y también creo que todas las víctimas deben ser iguales»
Otro momento desconcertante para Rajoy fue aquél en el que Violeta, un ama de casa de Navarra, le preguntó: «Si no le es molestia: «¿cuánto gana usted?» Ésta fue alguna de las preguntas que, según se admitía en el PP, salió en el juego de adivinanzas en que a ratos se convirtió el trabajo preparatorio del programa. Sin embargo, Rajoy dio la sensación de que no se la sabía. Salió primero por la tangente al admitir algo tan obvio como que «bastante más que esa cantidad [los 300 euros de la pensión no contributiva de la señora que le preguntó]», para terminar por decir algo tan genérico como que «trabajo para que todo el mundo gane lo más posible y que mejore el nivel de bienestar».
El tema del sueldo, como con Zapatero el precio del café, se convirtió en la única anécdota recurrente del programa. Por suerte para Rajoy, además, la que le planteó una funcionaria enfadada por la congelación de su nómina -«¿sabe usted lo que gana un auxiliar administrativo», le preguntó- fue la última de las formuladas a lo largo de dos largas horas y la que finalmente le permitió lucirse. «Sé que bastante más que estas dos viudas que me acaban de preguntar», dijo, en la más acertada de sus contestaciones, hasta el punto de arrancar el aplauso espontáneo del público y de permitirle cerrar el programa, al fin, con una amplia sonrisa y un as entre las manos.
Y es que, pese a la novedad del formato, los ciudadanos depararon pocas sorpresas a un Rajoy asediado por el 11-M, la guerra de Irak y la crispación. Recuperado de los primeros asaltos, el corredor de fondo fue recuperando tono hasta el punto de romper, con algún que otro mensaje político, los tópicos sobre la falta de entendimiento entre él y el presidente del Gobierno.
«Lo sorprendente», explicó, «es que ayer compareció en un programa de televisión y dijo que iba a llamar a Rajoy en junio. Pero ¿por qué no me llama ahora, en este mismo minuto, por teléfono?», se preguntó antes de insistir en que él acudiría «mañana mismo» para recuperar «los consensos básicos».
También llegó a arrancar el elogio a uno de los ciudadanos. «Le veo a usted muy moderado», le dijo tras escuchar una de las muchas contestaciones sobre el 11-M y la actuación de Acebes. Y hasta se permitió moderar él a una de sus interlocutoras cuando se quejó, en una de tantas repreguntas, de que no se comprometiera a reformar la Ley Electoral para cerrar el paso a las coaliciones de Gobierno entre el partido mayoritario menos votado y los nacionalistas. «Yo sólo reformaría la Ley Electoral con mayoría, porque creo en las reglas del juego».
Para ese momento, los asesores del líder popular empezaban a respirar. Admitían que su presidente andaba al principio de esa noche algo sobrado de «firmeza» y «seriedad» en la expresión, y un poco parco en simpatía. Una de sus expresiones más correosas la pronunció en relación con las banderas preconstitucionales en las manifestaciones del PP: «A mí la izquierda no me da certificados de demócrata», dijo.
La misma firmeza le valió para salir del envite de la Guerra de Irak. Rajoy no llegó a concretar qué haría si gobierna, pero no se cortó en absoluto: «A nadie le gusta la guerra, pero alguien tiene que defender la democracia y la libertad, y hay que dar batallas, como las de Afganistán».
Lo más aplaudido por los asesores a mitad de sesión fue que, desde el primer momento, se hubiera colocado por delante de ese atril que mantuvo aprisionado a Zapatero, y que se atreviera a pasear por ese «circo romano» en que se había convertido el plató.
Fiel a su propio estilo, y a la aconsejada «neutralidad indumentaria», Rajoy fue discreto con el granate de la corbata y templado en lo que a ratos se tornó un combate dialéctico. Pero no fueron su tono ni sus respuestas los que le salvaron, sino ese fogonazo de rápida ironía que le es tan propia, y que ayer se resistió a salir al plató hasta el mismo final.





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