La crisis de Turquía, en cuatro preguntas./ 'Marea roja' contra el islamismo.

La crisis, en cuatro preguntas
I. G
Muchas son las dudas que se han ido generando en los días de convulsión que vive Turquía. Éstas son las claves necesarias para entender lo ocurrido.¿Por qué las elecciones presidenciales están siendo tan controvertidas?
Los poderosos círculos laicos de Turquía, representados por el Ejército y la oposición, se oponen a que un islamista, aunque sea moderado como es el caso de Abdulá Gül, se convierta en presidente de la República, un cargo que representa como ningún otro el de los valores seculares que impuso el fundador de la Turquía moderna, Mustafá Kemal Atatürk, en 1923.
¿Qué poderes tiene el presidente en Turquía?
El jefe de Estado tiene importantes competencias ejecutivas y legislativas. Es el comandante en jefe del Ejército y posee poder de veto sobre determinadas leyes. Asimismo, nombra a los miembros del Tribunal Constitucional y a los rectores de las universidades. Puede cambiar la Carta Magna si cuenta con el apoyo del Parlamento.¿Cómo se elige?
El presidente es nombrado por el Parlamento, donde el partido de Gül, el AKP, cuenta con mayoría absoluta. El proceso se divide en cuatro votaciones. En las dos primeras se necesita el apoyo de dos tercios de la Cámara (376 votos), mientras que para los dos siguientes basta con una mayoría simple (276). El candidato que reúna los sufragios necesarios es elegido para un período de siete años.¿Qué ocurrirá si prospera el recurso de la oposición?
El principal partido de la oposición, el socialdemócrata CHP, recurrió la primera ronda electoral alegando que el proceso se inició con la presencia de menos de dos tercios de los diputados en el Parlamento. El Tribunal Constitucional debe decidir ahora si acepta el recurso, en cuyo caso el Gobierno de Erdogan tendría que convocar legislativas anticipadas en un plazo de entre 45 y 90 días. Mientras, el presidente, Ahmet Necdet Sezer, seguiría ejerciendo el cargo en funciones.'Marea roja' contra el islamismo en Estambul
ILDEFONSO GONZALEZ. Especial para EL MUNDO
ESTAMBUL.- «No quiero la sharia (ley islámica), sino una Turquía democrática». La opinión de Hasán, de 24 años, coincide con la de la del
millón de personas que se manifestó ayer en el centro de la parte europea de Estambul en defensa de los valores seculares de la República. Una marea roja compuesta por banderas nacionales y pancartas con fotografías del fundador de la Turquía laica, Mustafá Kemal Atatürk, inundó la plaza de Çaglayan, justo donde se congregaron el pasado noviembre miles de islamistas radicales que se oponían a la visita del papa Benedicto XVI a Turquía.Bajo un sol de justicia, una multitud entregada gritó lemas como «Turquía es secular y lo seguirá siendo», «Ni sharia ni golpe de Estado», «Gobierno, dimisión» o «No queremos a nadie del AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo) en la Presidencia». La protesta, convocada por medio millar de organizaciones no gubernamentales y vigilada de cerca por unos 7.000 policías, tuvo lugar dos días después de que en el Parlamento se celebrara la primera votación para elegir a un nuevo presidente del país.
El candidato gubernamental, el ministro de Exteriores Abdulá Gül, no salió elegido por apenas 10 votos, por lo que tendrá que esperar al menos hasta la segunda o la tercera vuelta para hacerse con el cargo. Sin embargo, todo el proceso podría quedar paralizado si el Ejecutivo cede a la presión que está recibiendo durante los últimos días de la oposición, del Ejército, de la patronal y ahora de la calle.
Además, si el Tribunal Constitucional acepta el recurso presentado por el Partido Republicano del Pueblo (CHP), el primer ministro, Recep Tayip Erdogan, se vería obligado a convocar elecciones legislativas anticipadas en un plazo máximo de tres meses.
No habrá que esperar mucho para saberlo, hasta el martes o el miércoles, aseguró ayer la presidenta de la Corte, Tulay Tugcu.
A día de hoy, Turquía se encuentra sumida en una crisis política comparable a la que vivió en 1997, cuando el Ejército obligó a renunciar al primer ministro, Necmetin Erbakan, un islamista mucho más radical que Erdogan y Gül. Y, como entonces, la población está dividida: por un lado, quienes apoyan al AKP y el aire fresco que ha introducido en la política y, por otro, los que defienden a ultranza el laicismo y temen que esta formación establezca una especie de dictadura islámica con similar concentración de poderes. «Temo que finalmente nos convirtamos en algo como Irán», asegura Mehmet sin vacilar.
Tugçe, por su parte, opina que Gül no es «un musulmán radical», pero que con el tiempo lo será. «Está en ello», dice esta joven de Estambul sobre este jefe de la diplomacia turca que es tan amigo del ministro español, Miguel Angel Moratinos, como de la secretaria de Estado, Condoleezza Rice. Sin embargo, Gül se ha empleado a fondo durante la última semana en mostrarse como un firme defensor del laicismo y de la democracia.
Ayer Gül quiso dejar bien claro que no se va a retirar de la pugna presidencial. «Está fuera de lugar (...) Deberíamos esperar a la decisión del Constitucional», sostuvo. De momento, el AKP está preparado para que se celebre normalmente la segunda ronda de votaciones este miércoles, cuando Gül seguirá necesitando el apoyo de dos tercios del Parlamento.
La llegada de Abdulá Gül al Palacio Presidencial de Çankaya, en Ankara, no sólo supondría un quebradero de cabeza para él, sino también para su mujer. Hayrünisa lleva siempre el tradicional pañuelo islámico o hiyab, una prenda que está prohibida en las universidades y la función pública y que los sectores laicos interpretan como un signo del islam político. Ayer, en la manifestación de Estambul, no era fácil encontrar mujeres con hiyab. Tras mucho buscar, al preguntar a una señora con el pañuelo islámico, es el marido quien contesta: «La Turquía de Erdogan no defiende el laicismo de nuestro padre Ataturk».
Recuerdos nacionalistas
En el camino a la plaza de Çaglayan, un turco lucía orgulloso una peculiar pancarta. En ella aparecían dos imágenes contrapuestas: una fotografía real del primer ministro Erdogan cayéndose de un caballo [el primer ministro sufrió un grave accidente cuando practicaba la monta hace unos años] y un retrato de Atatürk a lomos de un musculoso rocín. Los manifestantes se paraban, sacaban sus teléfonos móviles y grababan la escena entre risas y aplausos. En un puesto hacían su agosto con la venta de recuerdos nacionalistas de todo tipo: bufandas, chapas y hasta camisetas que llevaban inscrito «No Abdulá».
Al término de la manifestación, debido a la gran concentración de gente, resultaba difícil salir del centro, que estaba tomado por autobuses y taxis cargados de turcos que seguían ondeando orgullosos su bandera. En el barrio, una vecina, una afanosa ama de casa, observaba tranquila cómo pasaban los coches. Portaba el hiyab y a su lado, en las cuerdas de tender la ropa, lucía también reluciente la insignia nacional.





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