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domingo, 28 de octubre de 2007

25 aniversario del 28-O: CRÓNICA, de UCD a PSOE/ "El cambio"/ Felipe González/ El análisis



RECUERDOS DE UN TRIUNFO / 25 aniversario del 28-O
«Felipe González me contó que el Rey le había dicho que habían parado un golpe de Estado»

Txiqui Benegas rememora que durante la campaña para las elecciones del 28 de octubre de 1982 el futuro presidente le confió que se había abortado un alzamiento militar para un día antes de los comicios

MANUEL SANCHEZ

MADRID.-
Preguntarle a un dirigente del PSOE qué hizo, dónde estaba o qué recuerda del 28 de octubre de 1982, es como preguntar a cualquier ciudadano qué hizo, dónde estaba o qué recuerda del 23-F. En medio segundo, a todos se les ocurre una respuesta rápida y, a medida que profundizan en ella, llegan los recuerdos a borbotones y ya no quieren parar de hablar.

En el caso de los dirigentes socialistas, los recuerdos son más que variados a nivel generacional y algunos especialmente sorprendentes, como en el del ya histórico responsable del PSOE Txiqui Benegas, que a la pregunta de qué es lo primero que le viene a la cabeza de aquella fecha, contesta: «Cuando Felipe González me contó, estando con él en el coche, que el Rey le había llamado para decirle que se estaba preparando un golpe de Estado para el 27-O, pero que los servicios de seguridad del Estado lo habían detectado y estaba controlado».

Benegas recuerda que estuvo esperando a González en el aeropuerto de Fuenterrabía (Guipúzcoa) para asistir, junto a él, a un mitin de San Sebastián. Dice que en el aeropuerto había mucha Guardia Civil y, aunque no sabe con seguridad si fue desde allí desde donde se produjo la conversación con el Rey, sí recuerda con exactitud que se lo relató el máximo dirigente del partido en el trayecto de 22 kilómetros que separa el aeropuerto de la capital guipuzcoana.

El ex secretario de Organización del PSOE, entonces, con sólo 34 años, no se quitó el susto en todo el acto y, por la espontaneidad con la que responde, aún lo lleva marcado 25 años después. «Ganar ya sabíamos que íbamos a ganar, pero oír aquello... pues imagina lo que se piensa».

Otros dirigentes del PSOE, sin embargo, tienen recuerdos más emotivos. Es el caso de Alfredo Pérez Rubalcaba que, con 31 años, estaba de responsable de un colegio electoral en Madrid. «Si algo me viene a la cabeza», explicó a este diario, «es cuando fui al colegio de EGB en la calle de Islas Filipinas y la interventora nuestra, de más de 60 años de edad, me entregó el acta llorando a lágrima viva. Nunca olvidaré aquello, y eso que ya sabía que habíamos ganado».

Más prosaico se muestra otro veterano del PSOE, José Acosta, que tiene clavado en su memoria el último mitin de campaña en la Casa de Campo. «Nos desbordó. Era una marea de gente como no he visto nunca en un acto político. Nos fallaron todas las previsiones. Fue impresionante», afirmó.

Entre la nueva Ejecutiva Federal del PSOE, los recuerdos son distintos. A José Blanco, que contaba con 20 años, le vienen a la memoria dos cosas: «Fue la primera vez que voté y, además, fue la primera campaña que hice. Entonces, ya me nombraron coordinador de la campaña en la provincia de Lugo. Sacamos un diputado y un senador, pero nos fuimos toda la noche de fiesta con los compañeros del partido».

También para Alvaro Cuesta, miembro de la Ejecutiva Federal del PSOE, aquel triunfo tiene un sabor de primera vez. «Iba el número cuatro en la lista por Asturias y salí diputado con 27 años. ¡Sacamos seis!. No paramos de celebrarlo en toda la noche».

La responsable del área internacional del PSOE, Elena Valenciano, con sólo 22 años, celebró el triunfo en el mismo Palace, como responsable de campaña de movilización de las Juventudes Socialistas. Su imagen del 28-O la tiene muy clara: «La marea de gente que estaba en la calle. Yo pensé que sólo iban a venir los nuestros, pero aquello fue impresionante. Como decía la canción de Miguel Ríos, que usamos en la campaña, me convencí de que era 'el tiempo del cambio'».

Luego, otros más jóvenes ya sólo recuerdan sensaciones. Es el caso de Oscar López, también miembro de la Ejecutiva Federal. «Yo tenía nueve años, pero sé que me alegré mucho. Yo creo que era socialista desde el feto». Cuestión generacional.

elmundo.es Especial: 25 aniversario de la victoria del PSOE.

'Operación 27-O': la última vez que se escuchó el ruido de sables

MADRID.- Fue la última vez, que se sepa, que se escuchó el tan temido ruido de sables. Un Consejo de Guerra celebrado en 1984 condenó a 12 años y un día a tres altos mandos del Ejército que preparaban un golpe militar para derribar al Gobierno y ocupar el poder por la fuerza.

La fecha elegida fue el 27 de octubre de 1982, un día antes de las elecciones en las que todas las previsiones apuntaban a que, salvo sorpresa mayúscula, ganaría el PSOE, como así se confirmó. Por primera vez desde 1936, la izquierda gobernaría España.

Los protagonistas de la trama eran tres militares del ala más reaccionaria del Ejército: los coroneles Luis Muñoz Gutiérrez y Jesús Crespo Cuspinera, y el teniente coronel José Enrique Crespo Cuspinera, hermano del anterior. Un cuarto mando fue absuelto.

«Se pusieron de acuerdo para la realización de un plan tendente a conseguir un cambio violento, mediante una acción armada, de la actual organización política adoptada por el pueblo español, con intención de sustituirla por otra más de acuerdo con sus pensamientos», decía de manera expresiva la sentencia.

La trama fue abortada el 3 de octubre de 1982, gracias a las informaciones aportadas por el Cesid. Entre sus planes, figuraba que comandos paramilitares de ultraderecha, ajenos al propio Ejército, neutralizasen durante la noche del 27-O a los principales líderes de los partidos de izquierda.


RECUERDOS DE UN TRIUNFO / El análisis
Como Holanda, pero con sol

IGNACIO VARELA

He conocido y conozco a muchos dirigentes socialistas de ayer y de hoy. Guillermo Galeote ha sido uno de los más lúcidos y también de los menos reconocidos. Dotado de un juicio sereno -ahí es nada, en los tiempos que corren- y de una agudísima percepción de la realidad, un día fue injustamente sacrificado -con su leal consentimiento- por esas cosas que pasan cuando la política se convierte en una máquina de picar carne humana. Su papel en la dirección de las campañas electorales del PSOE durante los años 80 (especialmente en alguna de las más difíciles) fue mucho más decisivo de lo que nunca nadie ha querido admitir. Se lo digo yo, que estaba allí.

Saco esto a relucir porque viene a cuento de lo que expondré a continuación; porque se lo debo desde hace años, y porque hacerlo precisamente aquí, en estas páginas, no deja de tener un sabor especial.

Pocos días antes del 28 de octubre de 1982, Galeote plasmó de forma genial, en una sola frase, la esencia de aquel momento y el auténtico fondo de la votación que se avecinaba: «El proyecto socialista consiste en conseguir que España sea como Holanda, pero con sol».

No se puede decir más con menos palabras. Libertad política, prosperidad económica, democracia social, tolerancia de ideas y de costumbres: habría dado igual mencionar a cualquier otro de los países que representaban y representan el paradigma del modelo de gobierno más civilizado que ha sido capaz de alumbrar el ser humano. Y todo ello combinado con esa especial forma de calidad de vida de la que sólo disfrutamos los pueblos mediterráneos.

A día de hoy, aquel deseo puede dejar fríos a algunos, precisamente por lo mucho que nos hemos acercado a hacerlo realidad. Pero entonces era la expresión de un anhelo profundo de la España progresista, tras muchas décadas de frustración. Y aunque no era un objetivo específicamente socialista, si algo estaba claro para todo el mundo era que en las circunstancias del otoño de 1982, sólo un gobierno socialista -más concretamente: sólo un gobierno socialista presidido por Felipe González- tenía la capacidad de dar a España el impulso necesario para avanzar hacia él.

Dicen que en realidad la gente no vota a un partido por su programa electoral. Eso puede valer si nos referimos estrictamente al documento que recibe tal nombre. Pero no es cierto si entendemos por programa el conjunto de expectativas que ese partido, con sus ideas, sus líderes, su historia remota y su historia reciente, su imagen y también sus propuestas, suscita en los ciudadanos en el momento de votar. No tanto lo que anunciamos que vamos a hacer, sino lo que la sociedad realmente espera que hagamos. Cuando eso coincide con lo que desea la mayoría y con lo que el país necesita, se produce lo que se produjo en el 82: una votación arrolladora.

En 1982, se trataba, en primer lugar y ante todo, de garantizar la democracia (¿hace falta recordar que hubo un golpe de Estado preparado para la víspera de las elecciones?). Eso no sólo implicaba sacar a los militares del XIX y convencerlos de que son funcionarios del Estado y no sus propietarios. Además, había que meter a España en Europa; era preciso sustituir el capitalismo de carroña propio de la dictadura por una economía de mercado moderna; teníamos que empezar a construir un Estado del Bienestar en una sociedad en la que la lucha de clases había desembocado en guerra civil, y mientras tanto, poner en marcha un Estado descentralizado que hasta ese momento estaba sólo dibujado en el papel, y demostrar que funcionaba.

Esa era, en esencia, la propuesta de Felipe González; como se dice en la jerga política tan aficionada al lenguaje de la ingeniería, ése era el proyecto. Cualquier español de entonces, con mayor o menor grado de información o de elaboración ideológica, podía identificarlo como tal. Todos los españoles sabíamos dónde pretendía llevarnos: y sabiéndolo, lo apoyamos masivamente porque era lo que la mayoría deseaba y lo que España necesitaba en aquel momento histórico. Y claro, por confianza. Si algo he aprendido con el tiempo es que el voto es ante todo una cuestión de confianza.

Por cierto: nunca he compartido la tópica imagen de González como un gobernante pragmático de convicciones elásticas. A mí siempre me ha parecido un político sumamente flexible en lo táctico, pero extraordinariamente rígido en lo estratégico, entendiendo por tal lo relativo al núcleo de su política. Gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones. Es cierto que en 14 años de gobierno los gatos fueron muchos y variados, pero en lo tocante a cazar ratones no se permitía la menor desviación. Algún conflicto de mayor envergadura se derivó de aquello.

La cultura política de la Transición se basa en la combinación de la necesidad de seguridad política con el deseo de cambio o renovación. Esa cultura ha impregnado a la sociedad española de tal modo que puede decirse que todas las elecciones desde 1977 hasta el día de hoy se han resuelto en ese eje seguridad-renovación. Los españoles han apoyado siempre al partido y al líder que en cada circunstancia han representado mejor una expectativa equilibrada de seguridad y cambio. Las opciones que han puesto en peligro, siquiera potencialmente, cualquiera de los dos elementos, han recibido el rechazo popular. El PSOE no pudo ganar hasta que no fue visto como una alternativa segura, y comenzó a perder cuando agotó su capacidad de innovación y ya sólo ofrecía repetirse a sí mismo. Y lo mismo puede decirse del PP.

En 1982, tras el trauma de un golpe de Estado que estuvo a punto de triunfar, con una crisis económica galopante y con el partido del gobierno en plena descomposición, el Partido Socialista aparecía como la única garantía de estabilidad democrática. Y a la vez, como la única fuerza capaz de impulsar el cambio en la dirección necesaria. Sometida la democracia a la máxima amenaza, la sociedad sintió que la respuesta no era plegarse y reducir el paso para apaciguar el peligro, sino al contrario: dar el paso decisivo de entregar el poder a quien representaba exactamente lo contrario que el poder del régimen anterior. El cambio resultó el camino más seguro, y por eso ganó como ganó.

Y luego estaba también la cuestión de la representación política. En la izquierda, se resolvió muy pronto: frente a las ensoñaciones de quienes fantaseaban con un mapa político a la italiana (democristianos frente a comunistas), el PSOE emergió desde el principio como el instrumento de gobierno de la España progresista. Pero en 1982, la derecha tenía aún sin resolver el problema de su representación política.

Durante el franquismo, la derecha española confió la administración política de sus intereses en una primera etapa al Ejército; y en el último período del régimen, al propio aparato del Estado.

Lanzada la Transición, la derecha española tuvo que hacer frente a la dura realidad: para tener el poder había que pasar por el engorroso trámite de ganar elecciones (una realidad que aún no ha dejado de vivir con evidente fastidio, aunque la acepte y se dedique a la labor con ese accidentalismo en cuanto a los métodos que forma parte de su código genético).

La UCD fue un intento de articular la representación política de la derecha a partir de un instrumento de nuevo cuño originado en el propio proceso de la Transición y no ligado directamente al franquismo (aunque algunos de sus componentes sí lo estuvieran). Tengo la convicción íntima de que si aquello hubiera salido bien, ese partido habría gobernado en España -en solitario o con coaliciones- durante bastantes años. Pero ellos mismos lo destruyeron y eso marcó duraderamente la vida política española. De hecho, todavía se notan los efectos de aquella voladura.

Normalmente, cuando un partido que gobierna pierde las elecciones, pasa a la oposición. Pero en 1982, el partido en el Gobierno se evaporó sin más. Y frente a un partido, el PSOE, sin experiencia de gobierno, se presentó una oposición, Alianza Popular, cuyos dirigentes sólo habían gobernado durante la dictadura. Una situación extraña que probablemente favoreció al Partido Socialista desde el punto de vista electoral, pero que creó un vacío importante en la vida política y, a mi juicio, favoreció la tendencia al adocenamiento y la autoindulgencia en el partido mayoritario.

Tengo muchas razones para pensar que la cultura política del aznarismo, que hoy pervive, ha sido y sigue siendo funesta para la calidad de la vida democrática en España. Pero si algo positivo hay que reconocer a José María Aznar es que le entregaron un amasijo de siglas en desorden y ha sido capaz de montar un partido político de verdad. Aunque a cambio nos ha devuelto el inconfundible aroma de la caverna carpetovetónica.

En memorable ocasión, Fernando de los Ríos se declaró heredero de una saga de librepensadores (qué gran palabra) que se remontaba a Erasmo de Rotterdam. También hay otro rastro, claro, que no me atrevería a decir dónde empieza, pero que desemboca en la cazurra ignorancia de quien dice que de lo que hay que preocuparse no es del cambio climático, sino de las emisiones de CO2... y se fuma un puro. Sorpresas te da la vida, quién nos iba a decir que 25 años más tarde echaríamos de menos a Fraga.

Ignacio Varela es sociólogo y asesor electoral del PSOE.

CRONICA

25 AÑOS DE AQUEL CAMBIO

Con una excepcional participación cercana al 80%, el PSOE lograba los célebres 10 millones de votos, 26 escaños por encima de la mayoría absoluta. El periodista José Luis Gutiérrez, amigo de Felipe González durante 11 años, recrea aquellas elecciones del 28 de octubre de 1982 y en lo que acabó el felipismo

JOSE LUIS GUTIERREZ

Los hechos. El 28 de octubre de 1982, hace exactamente 25 años, tras dos intentonas previas saldadas con sendas derrotas electorales (1977 y 1979) propinadas al PSOE de Felipe González por la UCD dirigida entonces por Adolfo Suárez, el mismo partido, dirigido por González, tras seis años de gobiernos de la UCD y los famosos 40 años de la dictadura de Franco, la izquierda regresó al poder en España de la mano del PSOE, que obtenía, así, el triunfo más abrumador y hegemónico que se recordaba. A la tercera fue la vencida. Con una excepcional participación cercana al 80%, el PSOE lograba 10.127.392 votos -los célebres diez millones- (48,11%), 202 escaños, 26 más de la mayoría absoluta de 176 asientos en la Cámara Baja y prácticamente el doble que el primer partido de la oposición, la AP de Fraga y la extinción de la maltrecha y ruinosa UCD, desarmada, desangrada y sin liderazgo -el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo no obtuvo escaño- rota en dos por la marcha de Adolfo Suárez, que fundó un nuevo partido, el CDS.

Aquella noche mágica en que las luces del ansia más ilusionada brillaban en los ojos de los votantes de González, había estallado la esperanza con aquel abrumador landslide (victoria) electoral. El llamado felipismo -el dirigente crítico Luis Gómez Llorente había bautizado así, pocos años antes, el régimen de indiscutido y teocéntrico poder personal que se avecinaba- comenzaba a ocupar «el Gobierno de la Nación», en palabras reveladoras de González la madrugada de la victoria.

Qué crónica, qué relato tr asladar al papel, cómo historiar semejante estrella de innumerables puntas, de láminas de tiempo que interseccionan y se bifurcan, Aleph interminable erizado de puñales, de espinas, de rosas, de gozos y de sombras, densa maraña de sucesos y pasiones, no superado ni siquiera por el más tumultuoso y febril de los relatos góticos, en el que se entremezclara la política y el crimen -parientes a menudo tan bien avenidos-, en tiempos en el que todos éramos jóvenes, casi felices y enternecedora, adorablemente indocumentados.

Los hechos escuetos, los cinco lustros -el lustrum latino como gran ceremonia de los patricios de Roma- las persecuciones, la gloria de aquel cívico, laico Pentecostés del joven presidente, 40 años recién cumplidos aquel mismo año, con la llamita perpetua de un poder enigmático luciendo invisible sobre su cabeza.

González y su palabreja mágica: Cambio -cabecera periodística, por cierto de donde procedía quien esto escribe: Cambio 16-. ¿Qué es el Cambio? Que España funcione. ¿No funcionaba? Las ansias de la ciudadanía, aterrorizada tras la intentona golpista del 23 de febrero de 1981, la asonada de Milans y Tejero cristalizó en aquel incontenible tsunami de votos. Llegó González al poder tras una tentativa de golpe de Estado y Zapatero tras otro aparente, de desconocida autoría intelectual. Y tras la personalidad inusual, carismática del líder indiscutido, Felipe González, la mano férrea, oscura y sin contemplaciones de la segunda incógnita del binomio de la diarquía sevillana, Alfonso Guerra, el valido, el vicesecretario todopoderoso.

Era tal la veneración, la prensa rendida a los pies del líder, de aquel abencerraje supuestamente soñador y lírico, aquellos 202 escaños: «¡Mandábamos la leche, mandábamos la hostia!» (Miguel Boyer).

Había llegado, como un mesías laico, «El joven César de la democracia» (sic), aquella definición doblemente embarazosa, de académico sonrojo por su esencia totalitaria y despótica y por proceder, nada menos, que de un catedrático de ciencia política de una Universidad catalana (José Antonio González Casanova), que alcanzaba un éxtasis cercano a lo eucarístico, que era toda una invitación para sucumbir a la tentación cesarista: «...recorre nuestros pueblos y clama en tono que conmueve, que no engaña y que anima: ¡en pie, levantaos y en marcha!... Me fijé instintivamente en su mirada, y hallé en sus ojos, que no mienten, la serena sombra fatalista de quien no acepta un destino nada sembrado de rosas», señalaba el entusiasmado profesor, de quien se pensó, poco después, que acaso recababa la asistencia de un podólogo para graduarse la vista.

«En pie, levantaos, en marcha...». Qué jovialidad entusiasmada de centuria falangista, cuando los indicios fascistas ya asomaban por doquier, como aquel «Felipe», así, a secas, sin González, trasunto exacto, milimétrico, del José Antonio (no González Casanova, sino Primo de Rivera, el Fundador de la Falange). Incluso se atrevió, en 1987, aún en tiempos de impunidad rosa, a dar título a un libro (Pedro Calvo Hernando: «Todos me dicen Felipe»).

No es extraño que el joven e influenciable «César de la democracia» acabara sumergiéndose en la lectura de la biografía de Julio César de Thornton Wilder («Los idus de marzo»), regalo de Javier Pradera. O que confesara, a la hora de hablar de su inexperta aunque prometedora juventud: «A Carlos V le coronaron emperador cuando cumplió 30 años». Qué manía con Carlos V, también fetiche histórico de Aznar en sus momentos de levitación.

Ni en mis tiempos de mayor cercanía a Felipe González -una década, de 1974 a 1983- de muy estrecha relación, incluso de sincera amistad con el líder socialista, de viajes internacionales esmaltados de confidencias y hasta confesiones comprometedoras, cuando fui pública y airadamente etiquetado en los pasillos del Congreso (moción de censura de mayo 1980) por el presidente Suárez como «el periodista de cámara de Felipe González», hubiera llegado a tales extremos con la regadera de almíbar.

«NEL BLU DIPINTO DI BLU»

La historia del color azul transita desde la consideración por los romanos como un color «bárbaro», a ser hoy día el preferido en los gustos de los europeos -azul es la bandera de la UE-, muy por encima del verde o del rojo.

Y el azul fue precisamente el color elegido para embadurnar al santo por uno de los grandes artífices del triunfo y el éxito de Felipe González: Julio Feo, su secretario personal y responsable de imagen y prensa del líder socialista. Se trataba de todo un acto de cleptomanía cromática, pues el azul ha sido tonalidad eminentemente centrista o conservadora, como el rojo en sus distintas gamas lo es de la izquierda. Feo tomó el color ilusionante del Volare (en el cielo infinito) de Domenico Modugno, versionado en el caso de González no por Pavarotti ni Bobby Rydell, sino por una voz más apropiada, la que, corriendo los años, saltando en el tiempo, sería la bronca voz de felpa de los rumberos Gipsy Kings. El poster electoral de González, diez millones de felipes trepando por las farolas de pueblos y ciudades, genuino boy next door a quien las madres de España hubieran entregado satisfechas y gustosas a sus hijas, fue una criatura virtual inventada por el grande trujimán Julio Feo en su Matrix político del Instituto Consulta, inspirado a su vez en los maquilladores de imagen de Madison Avenue. Pantalón gris marengo, jersey de cuello de pico azul marino, camisa azul cielo, corbata azul marino, look vagamente afrancesado, muy Yves Montand, la mirada soñadora perdida Nel blu, dipinto di blu.

EL BLUES DEL AUTOBUS

Aquello de «el Gobierno de la Nación». Evocación nostálgica del Felipe tan alejado del González de hoy, o de su clon (Zapatero), su gameto, nacido por partenogénesis de una costilla política del César atormentado. Y aquello de «young nationalists», quién lo diría, jóvenes nacionalistas. Era un 26 de octubre de 1982, a pocas horas del histórico cataclismo en las urnas en un día de excursión electoral con Felipe. Reviso recuerdos, libretas de apuntes apresurados, libros ya semiamarillentos, como la recreación tarareada de un viejo y melancólico blues -así el vaivén ensimismado y somnoliento de una vieja mecedora, the old rocking chair, metáfora del tránsito de la vida a la muerte para los viejos trovadores del blues de New Orleáns, de negros y cuarteados rostros de pergamino que siempre ha estado ahí y nunca ha dejado de sonar.

Abordaba una mañana un brillante paquidermo de colores, con carroza de Van Hool y corazón de Pegaso, «que en la espera rumia gasoil y suelta tenues bufidos por las fosas del freno. Pfff...». El calderín del freno de aire liberaba sus atmósferas como el aliviadero de la válvula de una descomunal magefesa. Blues del autobús.

Junto a mí, frente a Felipe, la legendaria escritora Barbara Probst Solomon -que viviera con Norman Mailer, siendo una bella adolescente, turbulentas peripecias antifranquistas en la España de los primeros años del Caudillo- me muestra su último artículo en el sencillito The New York Times. Son «young nationalists», escribió de González y los suyos, con el satisfecho beneplácito del líder socialista, como si fueran los centuriones del egipcio Nasser o los del general peruano Velasco Alvarado. Le gustaba aquello de «young nationalists»: se iban a enterar. Un polideportivo en Cuenca asiste al eucarístico concilio, 6.000 entusiasmadas apoteosis en pos de indulgencias plenarias.

El 28-0. Martín Prieto, pasajero del autobús inventado por Julio Feo disfrutó del privilegio de acompañar, en solitario, sin fotos ni testigos, a Felipe, en la vivienda madrileña del propio Feo, recluido allí, tras votar, fumando perfumados cohibas -regalo de Fidel Castro: le molestaba a Felipe que MP los partiera en dos, con el limpio corte de cirujano de una cuchilla de afeitar, para saborear y aprovechar hasta las heces aquellas maravillas de Vuelta Abajo: «Fúmatelo entero, carajo, no seas pendejo, que hay más» (ya con sus decires andaluces muy impregnados de la musicalidad y las voces de un estanciero sudamericano)-trasegando, con gesto entre sosegado y chulito, pequeños sorbos de whisky.

Gentes extenuadas, la explanada de la Universitaria, penúltimos mítines, medio millón allí abajo, el alcalde Tierno Galván, desde su orgullosa y miope altivez académica, aquella maldad, son dos muchachos sencillos, como vosotros (Guerra y González), el balcón del Palace, Guerra (El Canijo) inasequible al cansancio, imperturbable, capaz de pronosticar con sus sondeos los dos centenares de escaños mucho antes de hacerlos públicos el Ministerio del Interior.

Volver, el tango de Alfredo Le Pera y Carlos Gardel, que es un soplo la vida / que veinte años no es nada... De todo ello ya escribí, incluso un libro antología de 20 años de democracia, titulado Veinte años no es nada. Y venticinco tampoco. El tango, baile prostibulario y suburbial, ademán de orilleros y guapos de cuchillo y cicatriz, antes que baile, una manera de caminar (Borges) está ciertamente empapado de mufa porteña, síntesis de tristeza, descontento y malhumor, la misma que cubría las paredes de un local legendario -no podía tener otro nombre- tan adecuado para la superchería política: Café de La Paz. Y, también, el viejo mejunje del engaño de ambigüedades calculadas y otros jaleos.

Y el Volver de González. Asistido por su cineasta y su actriz de cámara (Almodóvar, Penélope Cruz, tan suntuosamente obsequiados por la obediente y abrumadora malla mediática de González) perpetraron su subliminal Volver.

Pero aquella silueta de caramelo del joven César de la democracia pronto adquirió sabores ácidos, amargos, tonalidades sombrías, como los rostros de un inquietante filme de David Lynch. Pronto se supo que bajo las bucólicas praderas de los posters anidaban negras colonias de insectos asquerosos (de nuevo el color azul, en este caso: Terciopelo azul) y este periódico -y antes, Diario 16- fue testigo, indagador y protagonista de tantas pesquisas en el museo de los horrores.

La UCD desapareció para dejar paso a González y su partido, convertida en un cascarón vacío, extenuada por los topos socialistas -el más connotado, aunque hubo muchos, Francisco Fernández Ordóñez, que llamaba desde La Moncloa a González tras los Consejos de Ministros de UCD para informarle de lo tratado-. De tal metamorfosis, de tan kafkiano tránsito de la mariposa de colores a la oruga oscura y viscosa, como en los mitos indoeuropeos, como los siete libros de las Metamorfosis que transformaban hombres en cerdos, árboles o fuentes, se ocupó ya este periódico -y otros- en los aniversarios-cinco, diez años- del felipismo. También El MUNDO habló de metamorfosis al explicar las sombras de los aniversarios.

¿Y ahora? ¿Qué hace? Es persona de ideas fijas y su gran y monotemática obsesión es, sigue siendo, la prensa. Lo que González llama «prensa», que «no es el cuarto poder, sino el primer poder», no es prensa, naturalmente, sino mera propaganda política camuflada. González como la encarnación exacta de esa acuñación del Nobel sudafricano J. M. Coetzee -recordado en estas páginas, hace escasas fechas, por la presidenta de la casa, Carmen Iglesias-, «la pasión por silenciar». Voces cercanas a González, bien informadas, vaticinan que «logrará que, en un año o poco más, el Grupo Prisa sea ya mexicano, y si no, al tiempo», y a él es a quien atribuyen la inspiración de todo el proceso rejuvenecedor que ha emprendido este grupo.

EPILOGO PORTEÑO

De nuevo, el tango. Ahora, el Cambalache de Discépolo: «Hoy resulta que es lo mismo / ser derecho que traidor / Ignorante, sabio, chorro / generoso o estafador / Todo es igual / nada es mejor / lo mismo un burro que un gran profesor /...si uno vive en su impostura / y otro roba en su ambición / da lo mismo que sea cura/caradura o polizón. / Es lo mismo el que labura / noche y día como un buey / que el que vive de los otros / que el que mata / que el que cura / o está fuera de la ley / ...no pienses más/sentate a un lao/que a nadie importa / si naciste honrao».

Tango, reveladora música. Eugenio Trías recuerda la definición de Leibniz: «Una mente inconsciente que calcula». O la música como forma de conocimiento. Nunca mejor dicho.

Más información en el especial de elmundo.es: «25 años del triunfo del PSOE».



LAS SEIS PROMESAS DEL CAMBIO

1. Creación de 800.000 puestos de trabajo en 4 años [el paro alcanzó una cota máxima del 23% entre 1982 y 1996]. 2. Control del gasto público [el déficit alcanzó en 1993 el 7%]. 3. Jornada laboral con tendencia a las 35 horas semanales y a una quinta semana de vacaciones a través de la negociación colectiva. 4. Jubilación a los 64 años y anticipada a los 59, con reducción anual a los seis meses. 5. Escolarización obligatoria hasta los 16 años. 6. Aborto terapéutico y social.



25 AÑOS, 25 «DESAPARECIDOS»

Por Manuel Vega

Fueron 25 personajes clave en el socialismo de los 80 y vivieron muy de cerca el triunfo de Felipe González en aquellas elecciones del 28 de octubre de 1982. Tras la victoria, a muchos les fueron entregadas carteras de ministerios y otros puestos de máxima confianza. En la actualidad, 25 años después, la mayoría ha desaparecido de la primera línea política para dedicarse a la docencia, la abogacía, la asesoría o la comunicación. Esto es lo que fueron y lo que son. /

l BALLETB.pi., ANNA. Diputada en el 82, preside la Fundación Olof Palme, da clases en la Universidad y es miembro del Consejo de RTVE.

l BARRIONUEVO, JOSE. Ministro del Interior en el 82, hoy está en el Cuerpo de Inspectores del Ministerio de Trabajo.

l BENEGAS, JOSE MARIA. Diputado en 1982, conserva el escaño y es vicepresidente primero de la Comisión de Exteriores del Congreso. Se ignora si seguirá la próxima Legislatura.

l BOFILL, PEDRO. Diputado por Teruel entonces. Hoy, jefe de Departamento del Consejo Económico Social.

l BUSTELO, CARLOTA. Primera directora del Instituto de la Mujer. Luego se retiró de la vida pública.

l CAMPO, JULIAN. Ministro de Obras Públicas en 1982. Ahora, miembro del consejo de Redacción de la revista Temas.

l CASTELLANO, PABLO. Diputado por Cáceres, expulsado del PSOE en 1987 por divergencias con su cúpula. Retirado en Baleares, colabora con varios medios de comunicación.

l CORCUERA, JOSE LUIS. Diputado en 1982 y ministro del Interior entre 1988 y 1993. Regresó a su trabajo en los Altos Hornos de Vizcaya y hoy está prejubilado.

l DE LA QUADRA SALCEDO, TOMAS. Ministro de Administración Territorial en el 82, hoy es catedrático de Dcho. Administrativo.

l DE VICENTE, CIRIACO. Diputado por Salamanca y vocal de la Diputación Permanente del Congreso, ahora es consejero del Tribunal de Cuentas.

l ESCUREDO, RAFAEL. Fue presidente de la Junta de Andalucía (1979-84). Ahora es miembro del Consejo Consultivo de Andalucía.

l FEO, JULIO. Secretario de la Presidencia del Gobierno, hoy tiene una empresa de comunicación.

l FDEZ. MARUGAN, FRANCISCO. Diputado y vocal de la Diputación permanente del Congreso, cargos en los que hoy continúa.

l GALEOTE, GUILLERMO. En el 82, diputado por Córdoba. Trabaja para la Fundación Pablo Iglesias.

l LEDESMA, FERNANDO. Al frente de Justicia (1982-88), hoy es magistrado del Tribunal Supremo.

l MARAVALL, JOSE MARIA. Ministro de Educación entonces, hoy es director académico del Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales del Instituto Juan March.

l MOSCOSO, JAVIER. Ministerio de Presidencia, preside el Consejo de Redacción de Thompson-Aranzadi.

l OBIOLS, RAIMON. Diputado en el 82 y primer secretario del PSC en el 83. Hoy preside en la Eurocámara la Delegación para las Relaciones de la UE con América Central.

l ROMERO, CARLOS. Ministro de Agricultura en 1982, hoy es funcionario del Ministerio de Economía y Hacienda.

l SAENZ COSCULLUELA, JAVIER. Diputado en el 82, y ministro de Obras Públicas y Urbanismo en el 85. Ejerce la abogacía.

l SERRA, NARCIS. Ministro de Defensa en el 82, actualmente es presidente de Caixa Cataluña.

l SOLCHAGA, CARLOS. Ministro de Industria y Energía en el 82, dirige la consultora Solchaga, Recio & Asociados.

l SOTILLOS, EDUARDO. Portavoz del primer Gobierno socialista, hoy es comentarista político en diversos medios.

l YAÑEZ, LUIS. Diputado por Sevilla en el 82. Eurodiputado.

l ZAPATERO, VIRGILIO. Ministro de Relaciones con las Cortes. Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, desde el 99.


ELECCIONES / 25 AÑOS DE AQUEL CAMBIO
AQUELLA ILUSION QUE DESPERTO MI PADRE


ADOLFO SUAREZ ILLANA

Lo primero que me evoca esa fecha es ilusión. En los años inmediatamente anteriores, la política, en mi familia, se había convertido en sinónimo de disgustos y había supuesto un grave desgaste. Sin embargo, desde la dimisión de mi padre y, en especial, desde la creación del CDS -se unió mi mayoría de edad y con ello una participación personal mucho más importante-, todo se tornó en ilusión en torno al nuevo proyecto. Una vez más, aunque no sin ciertas reticencias de mi madre, mi padre había conseguido la complicidad de la familia y de un reducido grupo de amigos para volver a su verdadera pasión: la política.


Pocos saben lo reducido de aquel grupo inicial. Tanto, que el debate para decidir el nombre del naciente partido se inició con una propuesta de Chus Viana, cómo no, con cierto sabor vasco: Susutxi. Al ser preguntado por el significado de su extraña proposición, exclamó con aquella risa contagiosa que le caracterizaba: "¡Pues qué va ser: Suárez y sus chicos!".

No es menos cierto que las elecciones se perdieron de forma abrumadora y que tan sólo mi padre acertó -por escrito y en un sobre cerrado- el número de diputados que el CDS iba a obtener: dos.

Hoy en día, muchos analistas señalan esa etapa política de mi padre como un error en sí misma. Y es posible que así sea. Pese a ello, todavía recuerdo con nostalgia largas conversaciones en casa argumentando la necesidad de que el Partido Socialista pudiese contar con un punto de apoyo moderado y de indudable lealtad institucional que impidiese que sus Gobiernos acabaran siendo gravemente condicionados por extremismos y nacionalismos. Al final, las mayorías absolutas del PSOE, algunos errores propios y el renacer del PP, terminaron con aquellas ilusiones nacidas al amparo de los magníficos resultados obtenidos por el CDS en las generales de 1986.

Pero volviendo a la fecha que nos ocupa, no era el único ilusionado. Sería injusto dejar de reconocer que, en aquel momento, el PSOE supo ilusionar a la sociedad española y que su llegada al poder supuso una prueba de fuego para nuestra incipiente democracia que fue superada con nota. No es el momento de analizar aciertos y errores cometidos por los Gobiernos posteriores, pero es innegable que aquel cambio supuso el inicio de un gran salto sin retorno hacia la modernidad.

No quiero concluir este breve recuerdo sin volver la mirada, una vez más, hacia la ilusión de aquel pletórico Suárez por despejar el camino al Gobierno de turno de peajes -por no decir chantajes- provenientes de radicales y nacionalistas que, además, suelen ir de la mano. Hoy hubiera sido de gran ayuda a todos los españoles un partido de ese tipo. Pero aquello no fue posible. Es muy difícil que prospere un partido de esas características pero como sociedad podemos y debemos exigir a nuestros políticos, especialmente a los dos partidos mayoritarios, que sean capaces de discrepar sin que suponga la incapacidad de construir conjuntamente nuestro futuro.

Durante aquellos lejanos años, los hombres de la Transición discreparon, pero no lo suficiente como para ser incapaces de encontrar juntos las bases de un sólido y próspero Estado social y democrático de derecho bajo la forma de una moderna Monarquía parlamentaria que ha supuesto el más largo y próspero periodo de toda nuestra historia en paz y libertad. Esa es una de las grandes enseñanzas de nuestra convulsa historia constitucional: el secreto de la convivencia está en la mutua renuncia a nuestras exigencias máximas, hasta hacer nuestros programas compatibles. Aquella fue la ilusión que despertó al mejor Suárez. Quizá sea bueno recordarla hoy. Quizá, sólo quizá, seamos así capaces de ilusionarnos de nuevo... y despertar.

Suárez Illana es hijo del ex presidente



ELECCIONES / 25 AÑOS DE AQUEL CAMBIO

RAFAEL ARIAS-SALGADO

El 28-O de 1982 es fecha que aparecerá en la Historia de España por dos hechos: la amplia victoria del PSOE (202 escaños de un total de 350) y la muerte política de UCD, partido gobernante durante la Transición Democrática y la primera legislatura constitucional, que pasó de 169 escaños a 11, disuelto en marzo de 1983.
Contemplado el proceso histórico con perspectiva de hoy, UCD fue un llamativo fracaso como partido y un gran éxito como Gobierno. Y es que los sucesivos gobiernos centristas entre 1977 y 1982 hubieron de sacrificar los legítimos intereses de partido a una acción de gobierno integradora. Pero la configuración de nuestra democracia es en gran parte resultado de su gran obra reformadora. El acoso y derribo de Suárez desde dentro de UCD y desde fuera por el PSOE, la aguda crisis económica de la época, el terrorismo, de particular intensidad aquellos años, la puesta en marcha del Estado de las Autonomías con los estatutos vasco y catalán, la reforma fiscal y la aprobación de leyes, digamos, secularizadoras, entonces incomprendidas, como la ley del divorcio y la despenalización del adulterio o los anticonceptivos, así como el consenso en todo lo esencial con el PSOE y el PCE que irritaba a los sectores más conservadores, fueron enajenando apoyos al partido y al Gobierno, lo que se haría visible en el fracaso electoral de 1982 aunque todo cuanto hizo UCD estaba en sus programas electorales. El otro hecho, la victoria socialista por amplia mayoría absoluta, primera desde su fundación, tuvo una profunda significación institucional: un partido republicano y de izquierdas consolidó con su triunfo la Monarquía parlamentaria y por ello también la propia democracia. Creo que ganó más con el deseo de gobernar bien que de convertirse en el Adan de la democracia española, aunque en ciertos momentos pareció que aspiraba a convertirse en régimen. Por eso fue positivo que en 1996 perdiese las elecciones y diese paso al gobierno del PP.

Rafael Arias-Salgado Montalvo fue secretario general de UCD y ministro

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