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Lugar: Cantabria, Spain

viernes, 28 de diciembre de 2007

FIRMAS: Arcadi Espada, David Gistau, Erasmo, David Torres, Luis María Anson, Gustavo de Arístegui



ZOOM
ARCADI ESPADA
El don de la libertad

Iba a escribir en contra del libro de Michael Sandel (se llama Contra la perfección, pero en realidad está en contra del perfeccionamiento) cuando explotan en la pantalla los cadáveres de 16 personas destruidas por una bomba en Rawalpindi, ciudad de Pakistán. Entre los cadáveres está el de Benazir Bhutto. Cuando dicen que el terrorismo no tiene fronteras quieren decir que todos los cadáveres estallan al lado de casa, en una gran plaza que abraza Rawalpindi y Barcelona. El protocolo del asesinato parece haber sido el habitual. Un hombre se adentra en la multitud que asiste a un mitin de la líder de oposición pakistaní y hace estallar una bomba adosada. Cuando el asesino está dispuesto a matar con su vida es muy difícil detenerle. Aparto el libro del cura párroco y su tesis principal contra la intervención genética, esto es, que la vida es un don y no nos pertenece. Es una discusión interesantísima, pero han matado a Bhutto, que era una mujer laica en tierra de fieles. La intervención genética abre un nuevo Renacimiento, una nueva etapa optimista sobre las posibilidades del hombre. Es lógico que los curas medievales (incluso los ponderados y afables, como este Sandel), invoquen el temor de Dios, por más que pretendan enmascarar su religiosidad y sustituir a Dios por la Naturaleza o eufemismos de parecida índole. El Renacimiento convive con este imperfecto tipo/bomba que acaba de actuar. A esta horas se preparan los obituarios y más de uno insistirá en el complejo perfil de la mujer asesinada. Sí, todo el mundo tiene más de una vuelta. Depende del escriba, la convicción se troca fácilmente en ambición. Espero que Sandel, ante los cadáveres de cualquier matanza, no se atreviera a dar por certificada su metafísica: la vida es un don, y no tenéis derecho a arrebatarla ni arrebatárosla. Porque hacer eso sería comparar a un genetista con un terrorista. Por el contrario, ya que ni Dios ni la Naturaleza ni el Azar han sido capaces de evitar que mataran a Bhutto, es urgente que el hombre se encargue de su defensa. Incluida, por cierto, las variedades de defensa genética, que tantos estremecimientos provoca entre las almas bellas. Aparto definitivamente a Sandel y me acuerdo de otro libro. Del que llamábamos Hans Magnus. Se titula El perdedor radical y es de una liviandad suma, pero tiene un párrafo inolvidable sobre los apuros y molestias que pasa el buen burgués cuando le obligan a desnudarse en los controles aéreos. ¡Mi libertad, mi libertad!, va exigiendo a grititos. Acaban de matar a Bhutto. Otra que ya no va a poder elegir entre la libertad o la vida.

(Coda: «Alrededor de 1.700 millones de pasajeros de avión tienen que soportar año tras año cacheos tan penosos como humillantes. Por otra parte, también es de compadecer el personal de seguridad que tiene instrucciones para incautar, con cara de seriedad, toneladas de tijeras de uñas». (Hans Magnus Enznesberger, El perdedor radical, Anagrama 2007)



ERASMO
Bhutto

Ay, tierras atormentadas en las que también nació el mundo. Hidráulicas civilizaciones sepultadas por estériles océanos de sangre. Y tal Benazir desamparada, el sacrificio sacrílego de su bello, hierático rostro de virgen indostánica. Inmolada en quién sabe qué altares, por quién sabe qué servicios dizque de inteligencia. Vuelve la Bestia con su atuendo más religioso, al conjuro del trágico, grandioso clamor del magnicidio

AL ABORDAJE
DAVID GISTAU
1808

A tan sólo unos meses del bicentenario del Dos de Mayo, el apodo de El Deseado que antaño convocó a un Borbón indigno de su pueblo, ahora pertenece por derecho testicular a Nicolas Sarkozy. Entre la derecha española, decepcionada por anticipado de un Rajoy cuya infancia expuesta en la web fue toda ella una invitación a la colleja, cuaja una nueva estirpe de afrancesados seducidos por otro bajito con bicornio cuyo pene, como el de Napoleón, merecerá ser expuesto en un frasco de formol para que las generaciones venideras le busquen las huellas dactilares de Carla Bruni, a la que no queda sino instalarla en el Trianon que fue de Josefina.

Mientras, surgen comisiones oficiales que pretenden convertir la del Levantamiento en una fecha que sustituya la muy gastada de la Constitución como símbolo de nuestra siempre fallida cohesión nacional.

Con tal de lograrlo, incluso le están inventando al Dos de Mayo significados que jamás tuvo. Dice Gallardón que aquel Día de cólera, como ha titulado Pérez-Reverte su trepidante crónica galdosiana, contempló nuestro tránsito del súbdito al ciudadano. Y Fernández de la Vega ha añadido que nuestra unidad y la democracia liberal se alimentan todavía de esa jornada.

Sobre la unidad, es difícil atisbarla en un suceso que protagonizó a solas y a cuchilladas y macetazos la vehemencia espontánea del pueblo, los criados, los artesanos, los chulapones de barrio. Abandonados a su suerte por la nobleza, que temía más el desorden y a la chusma que a los franceses. Por la Iglesia, que como siempre estuvo al lado de quien mandara sin tocarle los privilegios y por ello se inhibió. Por un rey cautivo en la frontera que sólo cuidaba su propio interés aceptando a Napoleón como árbitro: fea referencia, ésta, para Juan Carlos. Y por el Ejército, que primero permaneció acuartelado con la sola excepción de los artilleros de Monteleón. Y luego consintió las delaciones, los pillajes y los fusilamientos, entre elogios serviles a Murat, para librarse de las represalias.

Sobre la democracia liberal y el ideal ciudadano, en el Dos de Mayo se luchó justamente por lo contrario. Las ideas liberales son las que venían de Francia para corregir un país ignorante y supersticioso, regido por curas y reyes bobos. De ahí las simpatías intelectuales de los afrancesados, cuando el pueblo se levantó, no sólo contra un ejército invasor, sino para perpetuarse como súbditos de un absolutismo: el «Vivan las caenas» que luego acabó con Cádiz. Es comprensible la búsqueda de un fecha mítica sobre la cual hacerse fuerte. Pero el Dos de Mayo no describe otra virtud que la del propio pueblo para echarse a la calle a pesar de sus horrendos mandatarios. Ermua y las manifestaciones contra el proceso de 'Zetapé': sólo ahí pervive la esencia de lo que es salvable del espíritu de Madrid, hace casi doscientos años.



A DIESTRA Y SINIESTRA
DAVID TORRES
El obispo

Ya era hora de que alguien lo dijera en voz alta: es que van provocando. Los menores con esos pantaloncitos cortos y las menores con esas falditas plisadas. Se agachan a recoger una pelota y claro, pasa lo que pasa. Bernardo Alvárez, obispo de Tenerife, asegura que a veces es difícil reprimirse ante los contoneos de un niño de trece años. Para un cura más, por lo visto. Así se explican los miles de casos de pederastia certificados en el seno de la Iglesia Católica.

Por esa regla de tres, la culpa del hachazo que se llevó en la cabeza es toda de José Luis Moreno, que va por ahí exhibiendo su riqueza: a quién se le ocurre vivir en un chalé de lujo en las afueras. Y el tipo que se tapiñó un tigre en San Francisco también: no es de recibo ir a un zoológico enseñando los mondongos a un pobre carnívoro, una criatura del Señor al fin y al cabo. Dios nos hizo como nos hizo y las víctimas deberían saber a qué atenerse ante estos depredadores con sotana que gastan un hambre atrasada de carnívoro y una moral de albanokosovares. Según el obispo de Tenerife, un niño violado sólo es un cacho de carne fresca que, además, lo está deseando.

Las declaraciones del colega son demasiado ridículas como para tomárselas en serio y demasiado bestias como para tomárselas a broma. El obispo remata la faena comparando homosexuales y pederastas, y citando un diccionario de psiquiatría donde, según él, la homosexualidad es sólo «una enfermedad, una carencia, una deformación de la naturaleza propia del ser humano».

Este hombre habla porque tiene boca: lo malo es que se sube a un púlpito para soltar semejantes memeces, embutido en casulla de once varas. Por las mismas nos dirá que la teoría de Darwin es un cuento chino y que el hombre no desciende del mono, cuando está claro que, con declaraciones como éstas, hasta un orangután no muy espabilado podría darle clases de ética. Con un cerebro atascado en el fango del Concilio de Trento y unas nociones de historia natural escritas en las piedras de Stonehenge, la Iglesia católica vuelve a las andadas.

A estas alturas del tercer milenio, resulta descorazonador que, a la hora de elegir, los progenitores tengamos que hacerlo entre algo tan grotesco como Educación para la Ciudadanía y una imbecilidad tan flagrante y montaraz como la que ha eructado este buen hombre que lleva solideo sólo para que no se le resfríe la sesera. Que no haya un término medio, científico y pedagógico, donde poder criar a nuestros niños para que no salgan baldados de por vida.

En cualquier caso, a este hombre y a tantos como él, disfrazados con el barniz teológico, habría que darles bromuro en cada hostia consagrada, no vaya a ser que los niños se acerquen demasiado y le provoquen. No por nada en el belén hay burros y vacas, ángeles y camellos, pero ni una sola sotana.



CANELA FINA
LUIS MARIA ANSON
Angélica Liddell o la palabra pedernal

Durante dos horas de monólogo acojonante, Angélica Liddell trepida sobre las tablas del teatro Nieva, se enfurece, se apacigua, grita, gime, se embravece, se orgasma, se entristece, transpira ceniza habitada por los sollozos, agrede a diestro y a siniestro, vocifera, tiembla, huronea entre las expresiones estevadas, se hace tierna, se enciende procaz, se le sube la sangre a las terrazas, clava, en fin, sus uñas como rayos láser sobre el espectador. Asombroso. Al terminar, el público, desgarrado por la profunda emoción, se rompe las manos en una ovación interminable que resbala sobre la gran actriz, autora a la vez del texto, El año de Ricardo, directora de la pieza, creadora del bellísimo espacio escénico de vanguardia.

Angélica Liddell denuncia los abusos de los líderes «ilegítimos», no elegidos democráticamente, como Stalin, Lenin, Franco o Pinochet. Pero también los que cometen los «legítimos», los elegidos democráticamente. Con dos tacones, derrama sobre el escenario del teatro Nieva una crítica acerba de los fallos de la democracia pluralista. Desde su feroz independencia, desde una soledad atroz, Angélica Liddell regresa a la Comedia del Arte para denunciar a los poderosos, a todos los poderosos. Es a la vez, en versión canalla, Arlequín, Pantalone, Pulcinella y Colombina. Las raíces teatrales de la autora van, pues, mucho más allá de Artaud, de Beckett y Brecht. Montada a horcajadas sobre la oquedad del teatro del absurdo, heñida de furores genitales, lejano el fornicio y el babear de los críticos, Angélica Liddell es el teatro, el teatro puro.

No conozco a la actriz. Me da miedo conocerla y abrasarme. Pero advirtiendo todos los defectos que tiene, que no son pocos, me rindo ante la calidad intelectual del teatro que ha puesto en pie a partir de 1990. Desde El jardín de las mandrágoras a Perro muerto en tintorería: los fuertes, el teatro de Angélica Liddell es un fulgor que desenmascara «toda la monstruosidad que hay en la aparente sociedad de bienestar». Para la autora, el hombre es un tóxico devastador. En su papel de Ricardo, en su monólogo feroz, representa la idea medieval del mal. El personaje que ha creado es un monstruo, cuya fealdad «es la respuesta terminal a un mundo donde el arte, la historia y la ideología han muerto», porque incluso en las doradas democracias occidentales vivimos bajo «el imperio de la abyección moral».

Angélica Liddell prefiere la verdad a los tópicos. Su teatro es delicado y profundo, agresivo y provocador, auténtico y melancólico. Si supiera cómo hacerlo, Angélica se suicidaría ante el público para dar testimonio del albañal en el que vivimos. Estamos, en fin, ante un prodigio de la nueva escena. Por las venas de Angélica Liddell corre la sangre auténtica del teatro con vocación de hemorragia sobre el hombre deshabitado, sobre la mujer yacente y oprimida.

Angélica Liddell es luna de hiel, roca oracional, hielo abrasador, fuego helado, rubus ardens, zarza ardiente, atra bilis. Desaforada y descomunal, bracea contra la inundación del estiércol. Sobre sus ojeras tempestuosas la mirada se le hace espesa y limosa mientras su cintura silvana se cimbrea altiva entre el ulular de la palabra pedernal.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.



TRIBUNA LIBRE
GUSTAVO DE ARISTEGUI
El epicentro paquistaní

El brutal atentado (como si hubiese de otro tipo) contra la dos veces ex primera ministra de Pakistán, nos ha encendido, como siempre a destiempo, todas las alarmas. Son muy pocos los países que desde Occidente en general y Europa en particular, se percatan de la enorme importancia que para la paz y la estabilidad mundiales tiene el País de los Hombres Puros, que es la traducción de su nombre en urdu al español. Lo que está en juego en ese país no es sólo su tipo de régimen, la permanencia o no del general Musharraf, la victoria electoral, con más o menos transparencia, de tal o cual candidato, lo que está en juego es el futuro de la región y, muy posiblemente, la mismísima paz mundial.

Hace poco la revista Newsweek se preguntaba si Pakistán era el país más peligroso del mundo. La pregunta era retórica y al mismo tiempo tan escandalosa como oportuna en la actual situación internacional. Pakistán se encuentra en uno de los epicentros más activos de generación de graves conflictos del mundo, es uno de los principales objetivos del terrorismo más brutal y despiadado que se ha conocido en las últimas décadas -el yihadista-, ha tenido que enfrentarse al fanatismo talibán -y la amenaza que supone para Afganistán y para su propia seguridad- y se encuentra inmerso en una gravísima crisis política e institucional a lo que hay que añadir unas cruciales elecciones presidenciales en enero de 2008, que lamentablemente tendrán una candidata menos.

Por su propio peso e importancia y por su influencia regional y mundial, Pakistán ocupa un lugar central en la seguridad de Occidente, Europa, y obviamente de España, si bien el Gobierno de Rodríguez Zapatero prefiera distraerse en su retórica electoral y su voluntad de ignorar las graves realidades que contradicen su discurso buenista, hasta que noticias tan dramáticas como ésta los despiertan brutalmente a la realidad. Los cambios de estrategia de Al Qaeda en el Magreb, la creación de Al Qaeda en el Magreb islámico y las constantes alusiones y amenazas a Al Andalus por parte de Bin Laden y de su número dos Ayman al Zawahiri, deberían haber sido advertencia suficiente para haber colocado a un país tan trascendental como Pakistán en el centro de nuestra agenda de Política Exterior y de seguridad. La fuerza que tienen ciertos individuos y organizaciones paquistaníes en la compleja y muy peligrosa amalgama del yihadismo internacional, así como su influencia determinante en la situación de Afganistán hubiesen debido hacer de ese país un punto focal de nuestra atención, lamentablemente no ha sido así. En Pakistán el islam moderado y el mundo en general encabezado por las democracias más avanzadas del mundo, están librando una batalla central contra el terrorismo yihadista y en defensa de las libertades y derechos fundamentales. En Pakistán y en Afganistán estamos riñendo una guerra contra Al Qaeda y contra el fanatismo yihadista sanguinario, que ni podemos ni debemos perder: están en juego nuestras esencias democráticas y nuestra libertad. Si Pakistán se sumiese en el caos de una guerra civil o si llegase a ser controlado por el yihadismo, podría volverse una pesadilla de alcance hoy inimaginable.

Las cifras y datos del país no engañan. Pakistán es el segundo, o quizás tercer país islámico en población, tras Indonesia y la India (se calcula que de sus 1.150 millones de habitantes 180 millones son musulmanes), tiene fronteras con dos potencias mundiales (China e India) y está en posesión de un importante arsenal nuclear, y es, de momento, la única nación islámica que la tiene. Su ejército es el séptimo del mundo, y es, además, la institución más poderosa e influyente del país, lo que lo convierte a la vez en parte del problema, e irremediablemente, si se gestionase bien, en parte de la solución. Las cifras de desarrollo humano de Pakistán son pavorosas, ocupa el puesto 142 de los 177 países medidos por la ONU, y sus niveles de pobreza son igualmente graves. A todo esto hay que añadir que en su territorio existen más de 13.000 madrasas, no pocas de ellas de carácter radical, y un denso entramado de organizaciones yihadistas extremadamente activas que tienen unas 24 publicaciones radicales con más de un millón de ejemplares de circulación para propagar sus mensajes violentos en una sociedad en la que la ignorancia y el analfabetismo convierten a centenares de miles de individuos en carne de cañón fácilmente reclutable. El mensaje del odio, de la violencia y de la manipulación del mensaje del islam, especialmente el del asesinato por medio del suicidio que los yihadistas tienen la desfachatez de denominar «martirio», cala en una sociedad depauperada y muchas veces sin esperanzas. Los fanáticos saben muy bien cómo aprovecharse de esas tristes circunstancias.

Con todo, la mayoría de los paquistaníes ha rechazado, elección tras elección, a los candidatos de las opciones violentas y radicales. Los islamistas extremistas nunca han llegado a superar el 11% en las elecciones generales, y sólo cuando se unieron todos pudieron llegar a gobernar alguna provincia en 2002. No podemos ignorar en absoluto que esos éxitos parciales de los islamistas se deben a la responsabilidad directa del propio general Musharraf, que les facilitó el camino a la victoria con su política de acoso a los partidos históricos y tradicionales del país, que han tenido una base más política que propiamente religiosa, si bien respetuosa con los principios y valores del islam moderado, y algunos de ellos con una agenda inequívocamente aconfesional.

España y la UE deben prestar más atención a este país crucial para la estabilidad regional y mundial. Baste como ejemplo el hecho de que Javier Solana nunca haya visitado Islamabad. Las declaraciones de España y de la UE son escasas y normalmente tardías, y esto, más si cabe tras la tragedia de ayer, debe cambiar radicalmente. La situación es verdaderamente seria. Pakistán está sufriendo una ofensiva a gran escala de los talibán en y desde Afganistán, y del terrorismo yihadista, que se ha dedicado a eliminar físicamente a los políticos que se oponían frontal pero democráticamente, a la instalación de un régimen yihadista en el país. Sus Fuerzas Armadas han debido combatir al terrorismo fuera de las zonas tribales tradicionales y los atentados son cada vez más bestiales y tienen como objetivo aterrorizar a la población civil, amedrentar a los políticos moderados, generar una profunda inestabilidad que les permita hacerse con el poder absoluto, provocar el retraimiento de la inversión extranjera y, en la medida de los posible, destruir el boom económico que Pakistán venía experimentando desde hacía varios años. Ya se sabe, el yihadismo ataca siempre las bases de la economía para debilitar a los regímenes que acosa. Eso lo ha hecho en todo el mundo islámico. El petróleo, el turismo y otros sectores esenciales para ciertos países han sido sus objetivos prioritarios, sin importarle las consecuencias ni el sufrimiento del pueblo al que dicen querer liberar.

Pakistán vive una muy complicada situación política y de seguridad. Además de los atentados cada vez más frecuentes y sanguinarios, el Ejército ha tenido que combatir en zonas completamente desconocidas incluso para los analistas occidentales más reputados, especialmente en el Waziristán y en la North Western Frontier Province -ambas fronterizas con Afganistán-, donde Fuerzas Armadas y la Guardia de Fronteras tienen verdaderas batallas diarias con importantes bajas que demasiadas veces son calificadas de «escaramuzas». La preocupante novedad es que han tenido que intervenir por primera vez en un territorio alejado de Afganistán y de su influencia yihadista para sofocar una muy grave revuelta en el valle de Swat.

Las más que desafortunadas actuaciones recientes del general Musharraf, su autogolpe, la disolución del Tribunal Supremo y su represión despiadada de la protesta de los abogados, sólo han contribuido a debilitar al estado y a sus instituciones. El terrorismo, los atentados y el avance del fanatismo, ponen ahora en serio peligro la estabilidad de un país que deberíamos habernos tomado mucho más en serio. El atentado de ayer y su imprevisibles consecuencias son un paso más hacia el abismo del caos. La pesadilla que hace poco parecía imposible es hoy sólo improbable: una potencia nuclear en manos islamistas radicales.

El general que se presentó ante el mundo como el freno del fanatismo y del terrorismo yihadista, el fiel aliado de Occidente, puede haberse convertido en un triste y eficaz catalizador de la catástrofe. Se aferró obsesivamente al poder, le cerró el paso a los partidos democráticos y a sus líderes, como la asesinada Benazir Bhutto y al también ex primer ministro Nawaz Shariff, lo que sólo facilitó la tarea del islamismo radical. Ahora lo que hay que hacer es fortalecer la democracia, sus instituciones y poner a su servicio los instrumentos del Estado de Derecho para derrotar al terrorismo. Todo ello servirá de homenaje póstumo a una heroína de la democracia y de la libertad, pero sobre todo de tributo a la inmensa mayoría de paquistaníes que no sólo rechazan el fanatismo y se enfrentan a la violencia, si no que son además, sin duda, su principal víctima, como lo son todos los musulmanes moderados del mundo. El ismaismo radical y el terrorismo yihadista al que sirve de alimento y combustible, son nuestro enemigo común, que quede claro.

Gustavo de Arístegui es portavoz de Asuntos Exteriores del Grupo Parlamentario Popular.

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