El asunto concreto de la modulación cerebral, sin embargo, no parece encajar bien en uno de los misterios de la experiencia moderna. Siendo las gentes fieles hasta la muerte a su equipo de fútbol, exhiben en cambio una notable facilidad para viajar, con el paso de la edad, hasta un lugar distinto de la ideología que los hizo jóvenes. La vieja y oída frase, creo que de Churchill: «El que a los 20 años no es de izquierdas es que no tiene corazón; pero el que sigue siéndolo a los 40 es que no tiene cabeza». Las características del viaje deben matizarse. Por lo general se producen en una sola dirección, es decir, de izquierda a derecha. Encontré en internet un comentario muy divertido sobre este particular de un señor, Armando Ribas: «La conversión siempre va del socialismo al liberalismo y no viceversa. Tal como en el caso del tenis y del golf». Hay alguna excepción, claro: el señor Jorge Verstrynge, al que recordarás de secretario de Manuel Fraga, y que es un impecable socialdemócrata, cuando ayer era un formalísimo liberal. Pero en la lista hay, sobre todo, viajes inversos. Los de Hayek y Hitchens, y los de Popper, Glucksmann o Vargas Llosa. Si las hipótesis neurocientíficas son en alguna medida ciertas, deberán encararse, vistos los resultados, con la evidencia de que la morfología cerebral es muy dinámica. Casi convulsa. E incluso con la sugestiva posibilidad de que el cerebro envejezca, por lo general, de izquierda a derecha. ¡Si lo vinculan con la arterioesclerosis se abre una grieta polémica muy interesante para el discurso socialdemócrata!
El escribirte sobre este asunto era una deuda antigua. Puede que, en este momento, no haya otro asunto. En il mezzo del camin surgen preguntas difíciles. Una de las más repetidas consiste en saber quién se ha movido. O más dramáticamente: quién ha traicionado a quién. La pregunta se proyecta sobre asuntos insidiosamente concretos, sean los amigos que tuvimos, los periódicos que leímos o los autores de los que no nos separábamos. Animalitos todos que han crecido con uno, que siguen vivos, y con los que la vieja complicidad ya no es posible. Lo cierto es que va a días, pero yo tiendo a pensar, sin ningún ánimo penitencial, que el traidor soy yo y que ellos siguen honrosamente donde estaban. Señalado el culpable advienen los porqués. El más manoseado alude al dinero. Hacerse de derechas sería el blindaje natural después de ganarlo. No digo que no fuera así en los tiempos de la Comuna o del Frente Popular. Pero, hoy, la manera más cómoda y segura de blindar el dinero es ser de izquierdas. El dinero crecerá y, lo que es más importante, no manchará. Otra respuesta clásica, aunque muy diferente, alude al conocimiento: uno evolucionaría hacia la derecha como lo haría hacia el conocimiento y la sabiduría. El punto de vista de Vauvenargues. Sólo que él añade que envejecer lo hace a uno más sabio... y más loco. Es una hipótesis atractiva pero no sería justo ignorar a los caballeros inteligentes y cultos que siguen estando donde estaban. Tal vez, en efecto, todo responda a un programación cerebral; pero no hay pruebas de que el libre albedrío haya llegado a ese punto de no retorno. Quedan las nuevas compañías que trae la edad, las lecturas, el resentimiento. Su importancia es diversa y parcial: detalles frente al núcleo encapsulado del misterio. Ya no me queda nada, excepto este pinyol: la posibilidad de que algunos vivan su juventud como una ficción, inventándola de arriba abajo. Y que luego la costra fuera desprendiéndose lentamente. Me complace, pero parece que esté oliendo la boca, siempre algo rancia, de cualquier literato.
En realidad, lo que me animó definitivamente a escribirte con este particular fue que estaba escuchando a Brel, mientras bajaba en coche hacia el centro de la ciudad. Les bourgeois, concretamente, la historia de los tres jóvenes que enseñan el culo a los notarios, cantándoles que los burgueses son como los cerdos, cuanto más viejos más tontos, y que con los años, ya sentados sobre su culo de notarios, advierten al jefe de policía de que al atardecer, unos jóvenes, han cogido la costumbre de enseñarles el trasero mientras les cantan que los burgueses [«¡según ellos, monsieur le commisaire!»] son como los cerdos, cuanto más viejos más tontos. Escuchaba ese extraordinario tango francés y concluía que ahí estaba todo. Culos de ida y vuelta. Incluso el mío, que fue siempre el culo más orgulloso. Tan inexorable, tan repetido y tan franco el mecanismo como la caída de la hoja. Lo suficiente misterioso como para dejar de preocuparse por él.
De vuelta a casa, escribí a algunos amigos ilustrados. Por si tenían en la cabeza más ejemplos de orgullos arruinados. Ejemplos literarios, naturalmente. Claramente, y en el momento, yo sólo contaba con las espadas envainadas (ah, ah) de los mosqueteros en Veinte años después, Las ilusiones perdidas, de Balzac, y en otro género con el melancólico libro de Furet sobre el comunismo. Eduardo Gil Bera recibió con estas palabras el envite: «Puede que todos los textos que merezcan la pena estén impregnados en algún grado de esa cochonnerie fière [que no traduciré: pero que es un embutido hecho de cerdo burgués y orgullo joven]. Para empezar, habrá que acordarse de Villon y el género testamentario. Miro los lomos de los libros, a ver qué se me ocurre, y veo que me enseñan el trasero y cantan Les bourgeois». Días después me envió una hermosa lista que tituló Las obras más señaladas del género orgullo. Estaban las cartas de Séneca (y este precioso apotegma aclaratorio: «Por su gracia para vender decadencia por virtud»). Las de Plinio el Viejo, «que podrían ser el primer blog de la historia, con permalink a la obra de Marcial y otros, trackbacks incontables, cortesías, necros, periodismo de trinchera, colaboradores tan fashionables como el emperador Trajano... de todo». La Historia de Italia de Guicciardini, «un extraño propósito moral: la escritura de los hechos como justo desquite del pensamiento ante la violencia y la miseria del tiempo. El hombre se pone a escribir después del saqueo de Roma, en 1527, para intentar comprender qué les ha llevado a ese trance». Las Lettres familières de Charles Brosses, «una gira italiana de Pierre, Jojo et moi [los tres personajes de Les bourgeois]». Chamfort y «su guerra lacerante entre el corazón y la cabeza». Acabó con Balzac: «Todo él, está recorrido por la idea de la desilusión». Ernesto Hernández-Busto se acordó de La princesa Casamassima, de Henry James, «que Marsé había citado como precedente de su Pijoaparte». E incluso del Javier Miranda de La verdad sobre el caso Savolta. Vio también el viaje en las novelas de Naipaul: «En el Willie de Magic Seeds, y en el Ralph Singh de The Mimic Men». Y tatareó una canción de Joni Mitchell, The last time I saw Richard, que va de un hombre cínico y borracho en un café oscuro de Detroit, cuando el 68, que acabó comprándole un lavaplatos a una patinadora. Aún pregunté a Luis Magrinyà por novelerías así. Lo primero que sacó fue Escenas de la vida bohemia, de Murger, con un capítulo final donde se celebra por todo lo alto el fin de la bohemia. Luego recordó a Turguénev: Huno. «Hay un héroe, Litvínov, que no tiene -típico héroe ruso- 'convicciones políticas': ese personaje es tangencialmente muy interesante para tu tema, porque, en definitiva, es el hombre 'que no cambia' y al que sólo golpea el amor». Hummm. El orgulloso Litvínov.
Pronostico que se trata de un misterio perdurable. Es tu turno. ¡Que no contestas mis cartas!
Sigue con salud.
A.
CARGO: Principal asesora de Naciones Unidas en la lucha contra el tabaco / EDAD: 63 años / FORMACION: Doctora por el Real Colegio de Medicina de Edimburgo / AFICIONES: Lectura, pasear y la naturaleza / CREDO: Igualdad / SUEÑO: Un mundo sin tabaco ni enfermedades prevenibles Judith Mackay ha ido anotando en un papel los insultos que le han dedicado los magnates del tabaco a lo largo de un cuarto de siglo de lucha contra el cigarrillo: «Basura humana neurótica», «Satán parlanchín», «Hitler carente de salud mental, moral o humanidad»...
Si nadie irrita a las multinacionales del tabaco como esta doctora británica de 63 años es porque tampoco nadie les ha hecho tanto daño. Su cruzada ha servido para iniciar demandas millonarias en todo el mundo, impulsar leyes antitabaco en decenas de países y aprobar el Convenio Marco para el Control del Tabaco, el tratado de la ONU sacado adelante con mayor celeridad en la historia de la institución. Mackay ha extendido su lucha contra otras enfermedades globales, desde el cáncer a las patologías coronarias, armada una y otra vez con el mensaje de que está en nuestra mano evitar muchas de las enfermedades que merman o acortan nuestra vida. Su colección de libros Atlas de la Salud sobre el sexo, el cáncer o el tabaco se han traducido a decenas de lenguas y se han convertido en referencias en medio mundo.
El magnate estadounidense y alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, ha sido el último en confiar en Mackay, haciéndola responsable de la distribución de los 125 millones de dólares que acaba de donar para la lucha contra el tabaquismo en el Tercer Mundo. Para esta mujer de formas educadamente británicas y discurso contundente, recién nombrada una de las 100 personas más influyentes del mundo por la revista Time, la batalla por un mundo más saludable no ha hecho más que empezar.
PREGUNTA.- El consumo de tabaco desciende en el mundo desarrollado cerca de un 2% anual, pero usted asegura que dentro de 50 años habrá más gente muriendo a causa del tabaco que hoy. ¿Por qué?
RESPUESTA.- El porcentaje de consumidores de tabaco entre los varones alcanzó su cima en los años 90 y ha empezado a descender incluso en los países subdesarrollados. China, por ejemplo, tiene por primera vez una población de ex fumadores que antes no existía. Pero la razón de que el número de fumadores vaya a pasar de los actuales 1.300 millones a más de 1.600 millones antes de mediados de siglo es el crecimiento de la población. Esto irá acompañado de más muertos, más enfermedades y más gastos sanitarios. La mejor forma de poner freno a la situación sería aumentar radicalmente los impuestos sobre el tabaco. Está demostrado que el consumo desciende con la subida de precio porque la gente no se lo puede permitir. Y, sobre todo, no se lo pueden permitir los adolescentes.
P.- ¿Están las tabacaleras tratando de ganar en el Tercer Mundo el terreno perdido en Occidente?
R.- Yo no lo dividiría así. Creo que las tabacaleras se comportan mal siempre que pueden. Si hay una ley, asumen su letra, pero nunca su espíritu. Es decir, tratan de dar un rodeo y buscan la forma de no aceptar su significado, por ejemplo con formas indirectas de atraer a los jóvenes al tabaco. Actúan así de forma universal, pero en Occidente la lucha contra el tabaco tiene medio siglo de historia y les es más difícil actuar a su antojo.
P.- ¿Es partidaria de la prohibición total?
R.- Creo que todo el mundo entiende que la prohibición no es ni posible ni aconsejable. Hace 100 años EEUU lo intentó con el alcohol y fracasó. Lo mismo sucede con el consumo de drogas. No puedes obligar a 1.300 millones de personas a abandonar el tabaco de la noche a la mañana. Por eso no hay que centrar la lucha contra el tabaco en su suministro, sino en la demanda. Y esto supone impuestos, educación, leyes...
P.- El fumador cree que sus derechos están siendo violados con leyes que limitan dónde y cuándo pueden fumar. Dicen: «Es mi cuerpo y hago lo que quiero con él».
R.- El tabaco no es libertad sino esclavitud. La mayoría de los fumadores querrían dejarlo, pero no pueden. Hace más de 100 años que John Stuart Mill dijo aquello de que «nadie tiene derecho a dañar a otros». La libertad siempre tiene sus límites. Yo no puedo conducir por el lado de la carretera que me apetezca o pasarme un semáforo en rojo. Todos los días aceptamos limitaciones por el bien general y el caso de la salud no es una excepción. Ocurre lo mismo con la libertad de expresión. En teoría, uno debería poder anunciar lo que quisiera, pero se ha limitado esa libertad a las tabacaleras porque se ha llegado a la conclusión de que sus anuncios, en los que presentan el tabaco como algo estupendo, dañan la salud de la población. Estamos hablando de una sustancia que es única en el hecho de que mata al 50% de sus consumidores. No hay otro producto de consumo en el mercado que se acerque, siquiera de forma remota.
P.- Algunos ejecutivos de la industria del tabaco se quejan de doble moral. ¿Por qué existe una mayor permisividad hacia el alcohol, por ejemplo?
R.- No hay duda de que el alcohol es dañino, pero no mata a una de cada dos personas que lo consumen. También provoca menos adicción. Sólo tienes que fumar 100 cigarrillos en tu vida para ser un adicto al tabaco. Una persona puede tomarse una copa de vino al día, sin problema ninguno. Estoy, sin embargo, de acuerdo en que también el alcohol necesita una mayor regulación para paliar sus efectos negativos, para tratar de evitar su consumo entre menores de edad o que se mezcle con la conducción. Occidente se enfrenta a un grave problema por la incidencia de la bebida en su población joven. Hubo un tiempo en el que pensé que la industria del alcohol se comportaba de forma más responsable que la del tabaco, pero ya no estoy tan segura de ello. Se presentan como si fueran los buenos con lemas como «no bebas si conduces», pero luego tratan de introducir a los jóvenes en la bebida con toda clase de promociones.
P.- ¿De dónde viene esa irrefrenable tentación de los humanos de consumir cosas que no son saludables, desde la comida rápida al tabaco o el alcohol?
R.- (Risas). Esto nos lleva al viejo dicho de tomarse las cosas con moderación. No pasa nada si vas un día a comer a una hamburguesería, pero no lo puedes hacer de forma regular. Lo mismo ocurre con el alcohol; se debe encontrar un equilibrio en su ingesta. El tabaco es diferente, porque una reducción de su consumo no reduce sus daños. Está demostrado que quienes deciden fumar menos cigarrillos lo hacen aspirando mucha más nicotina o agotando cada cigarrillo hasta el final, con lo que el beneficio no es tal.
P.- Las demandas contra las tabacaleras se han extendido ahora contra las multinacionales de comida rápida en EEUU y, más recientemente, en Japón se están exigiendo compensaciones incluso a las marcas de coches por la polución que provocan sus productos en las ciudades.
R.- Cuando se identifica al causante de un daño a la salud pública, la empresa debe pagar y asumir su responsabilidad. Pueden alegar que ya lo están haciendo a través del pago de sus impuestos, pero la realidad es que cada vez tenemos una sensación mayor de que grandes compañías están ganando miles de millones sin enfrentarse a las consecuencias de sus productos. Así ha ocurrido con las farmacéuticas, que tienen que pagar sumas millonarias si se demuestra que sus productos han dañado al consumidor. Lo mismo debe ocurrir en otros casos.
P.- Cambiando de tema, usted a escrito un completo Atlas del comportamiento sexual humano (Ediciones Akal), describiendo las prácticas sexuales en el planeta. Uno pensaba que, al menos en esto, todos los humanos nos parecíamos bastante.
R.- Sin duda el acto sexual es bastante parecido entre todas las personas, pero hay diferencias en el comportamiento. El sexo antes del matrimonio, por ejemplo, tiene una menor incidencia en países asiáticos y musulmanes. Esto a su vez tiene un efecto en la incidencia de enfermedades sexuales y problemas de infertilidad. He analizado las prácticas sexuales en el mundo sin juzgarlas, basándome en datos y estadísticas. Si quieres instalar una clínica para la prevención de los embarazos en adolescentes, lo primero que necesitas son los datos para saber a qué te enfrentas.
P.- Hay un gran debate en EEUU sobre la mejor forma de evitar los embarazos adolescentes. ¿Educación sexual abierta o promoción de la abstinencia, la opción elegida por el actual Gobierno en EEUU?
R.- Todos los estudios independientes demuestran que la abstinencia no funciona de ninguna de las maneras. El peligro de esa política es que dejas a los menores sin protección cuando mantienen relaciones sexuales. Desconocen cómo utilizar un preservativo o la forma de evitar las enfermedades sexuales. No es una cuestión de hacer juicios morales, sino de ver qué funciona. El problema es que nuestras escuelas no están preparadas para enseñar educación sexual. Los profesores se avergüenzan de hablar de ello ante adolescentes, o no están suficientemente formados en la materia. No hay duda de que el sexo a edades tempranas puede provocar embarazos, enfermedades venéreas y daños emocionales, pero la promoción de la abstinencia se ha mostrado ineficiente. Necesitamos una educación sexual eficaz.
P.- Ha estudiado la infidelidad por países. ¿Es el ser humano naturalmente monógamo o se trata de un comportamiento impuestos por normas sociales?
R.- Si uno se fija en los animales, nos encontramos con todo el sexo imaginable en cualquier circunstancia. Pero incluso en primates tenemos especies que son completamente monógamas, otras que buscan el mayor número de parejas y grupos en los que todos mantienen relaciones con todos. En el caso del comportamiento humano, nos encontramos también con una gran variedad de tendencias, lo que está relacionado con la búsqueda de la preservación y mejora de los genes, y esto explica que nos encontremos con diferencias entre hombres y mujeres. Creo absolutamente en la igualdad entre hombres y mujeres, pero sus necesidades sexuales son diferentes. Los hombres quieren prolongar sus genes en el mayor número posible de mujeres fértiles. Las mujeres quieren el mejor esperma para tener la mejor descendencia. A la hora de cometer una infidelidad, las mujeres suelen elegir a un hombre con un rango o posición superior a la del marido. Es posible que detrás de la represión que ha vivido la mujer a lo largo de la Historia se encuentre precisamente el temor de los varones a tener hijos que no son biológicamente suyos. El matrimonio ha surgido como un compromiso entre las necesidades de mujeres y hombres: ellas logran una relación estable para sacar adelante a sus hijos y ellos, la posibilidad de mantener relaciones sexuales de forma regular.
P.- Si el matrimonio es tan beneficioso para ambas partes, ¿por qué se encuentra tan en crisis, con un incremento tan espectacular de los divorcios en los últimos años?
R.- Hay muchos factores. El primero es que el divorcio ha pasado a ser posible en muchos países, cuando antes no lo era, y el posible estigma es hoy mucho menor. Las mujeres son más independientes y no necesitan seguir en una relación si ésta es insatisfactoria. El divorcio se ha convertido en algo socialmente aceptable, pero las sociedades siguen necesitando algún tipo de estructura. Esto es, en parte, debido a los hijos y el tiempo que les lleva madurar y valerse por sí mismos. En el mundo animal, cuanto más tiempo tarda una cría en madurar, mayor es también el tiempo que las parejas se mantienen unidas. A las personas nos ocurre lo mismo: nos pueden los genes.
P.- Algunas estadísticas dicen que alrededor del 10% de la población es homosexual. ¿Corroboran sus estudios esos datos?
R.- No he podido encontrar suficientes datos sobre el porcentaje de población homosexual en muchos países. Es un asunto tan enterrado, manipulado y poco estudiado que las estadísticas dejan de tener sentido. El sexo entre parejas del mismo sexo ha sido descrito en cerca de 450 especies de animales y aves, y esto contradice la teoría de la propagación de los genes a la que antes hacia mención. No es, por tanto, una teoría absoluta.
P.- Legislaciones que equiparan los derechos de los homosexuales a los de las parejas heterosexuales han dado lugar a nuevos modelos de familia en los que ambos padres son hombres o mujeres. ¿Afecta esa situación de alguna manera el desarrollo de sus hijos adoptivos?
R.- No hay ninguna evidencia que sugiera que los hijos de parejas homosexuales tengan más posibilidades de ser homosexuales que los hijos de parejas heterosexuales. Esto era así hace 10 años, cuando apenas había casos en esa situación, y sigue siendo así ahora que se están dando más matrimonios homosexuales.
LA CUESTION - ¿La homosexualidad viene predeterminada antes del nacimiento o está condicionada por la educación y el entorno?
- La respuesta más aproximada sería que se trata de una mezcla de ambas cosas y que, sin duda, hay factores genéticos que predisponen a la homosexualidad. Es difícil cuantificar qué influencia tendría cada uno de esos factores. También hay teorías opuestas al respecto, según las cuales la homosexualidad y la heterosexualidad son comportamientos radicalmente separados, pero constatan la existencia de una zona ambigua en el medio que puede hacer que cualquiera, en circunstancias especiales, pueda tomar uno u otro camino. Los vemos, por ejemplo, en la prisiones, donde varones que cumplen condenas de muchos años tienen muchas más posibilidades de entablar relaciones homosexuales que si estuvieran en libertad y tuvieran acceso a mujeres. Yo no me siento atraída hoy por hoy en personas de mi mismo sexo, pero quién sabe cómo reaccionaría si estuviera en una isla desierta con otra mujer y no existiera ni la más remota posibilidad de volver a ver un hombre en mi vida.
«Ser mujer me ha facilitado acceder a más gobernantes» ¿Se siente una de las 100 personas más influyentes del mundo?
- (Risas) Parece un poco increíble que así me haya considerado una revista tan prestigiosa como Time. En la ceremonia de entrega de los galardones yo caminaba por la alfombra roja justo detrás de la actriz Cate Blanchett y, por supuesto, todos los fotógrafos querían tomar su imagen y no la mía. Ella se dio cuenta de que nos había frenado el paso a quienes la seguíamos, se giró y me preguntó cuál era el motivo que me había hecho merecedora del premio. «Luchar contra las multinacionales del tabaco en el mundo subdesarrollado», dije. «Bien hecho», respondió ella. Supongo que el premio es un reconocimiento a la causa en la que he estado implicada tantos años y, sin duda, hará más difícil que las tabacaleras me ataquen como lo han hecho en el pasado.
¿Ha fumado alguna vez?
- Sí, de joven. Todavía puedo recordar que el tabaco estaba muy asociado al estar a la última y ser popular. Todo giraba en torno a él, la postura en la que fumabas, cómo lo hacías...
¿Qué le llevó a iniciar su cruzada antitabaco?
- En los años 70 me encontraba trabajando en un hospital en Hong Kong y en mi planta veía todos los días los efectos del tabaco en los pacientes. Pensé que tenía que hacer más en prevención porque los mismos enfermos a los que dábamos el alta volvían con los mismos problemas poco después. Escribí un artículo sobre los efectos del tabaco en un periódico local y fue entonces cuando la industria tabaquera se fijó en mí y empezó a atacarme. Estaba tan indignada por la forma en la que me denunciaron, amenazaron y trataron de intimidar que me motivaron a seguir, así que fueron ellos los que me empujaron a meterme en la lucha contra el tabaco.
Escogieron el enemigo equivocado...
- Sí, en parte debo agradecérselo (risas). Creo que pensaron que sería más fácil callarme porque era una mujer. Curiosamente, ahora dicen que han cambiado. En el último año han insistido en verse conmigo para discutir cosas, pero me asusta que puedan utilizar incluso el más breve de los encuentros para dar la imagen de que estamos en el mismo barco.
Ser mujer, ¿le ha abierto o cerrado puertas?
- Aunque uno podría pensar que las ha cerrado, la realidad es que, en mi caso, las ha abierto. El hecho de ser mujer me ha facilitado reunirme con ministros o jefes de Estado porque en cierto modo se sentían menos amenazados por mi condición de mujer.