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lunes, 24 de marzo de 2008

CARTA DEL DIRECTOR | PEDRO J. RAMÍREZ: Victorioso vampiro envenenado



CARTA DEL DIRECTOR PEDRO J. RAMÍREZ
VICTORIOSO VAMPIRO ENVENENADO
Domingo, 23 de marzo de 2008

Si yo fuera Iñigo Urkullu, cuando Zapatero le invite a La Moncloa a concretar su temerario ofrecimiento de pacto de legislatura, acudiría pertrechado de una ristra de ajos, un litro de agua bendita, un espejo lo más luminoso posible y una estaca de madera de rosal o de espino, convenientemente afilada.

No estoy alegando que el vencedor de las elecciones sea tan sanguinario como Gilles de Rais, ni tan morboso como Elizabeth Batory, ni tan sádico como Vlad El Empalador, a cuya imagen y semejanza Bram Stoker entronizó al mismísimo Conde Drácula en el reino de los bebedores de sangre ajena. Pero algo les ha pasado en sus idas y venidas a ese castillo del poder al pobre Llamazares, a los a la postre pánfilos perros ladradores Carod y Puigcercós o a los hermanos separados de EA, que se han quedado a dos velas en Guipúzcoa por primera vez desde su escisión.

Alguien debió haberles prevenido de que, según las leyendas medievales, los vampiros siempre duermen con el ojo izquierdo abierto y de que, desde que el doctor Polidori, médico y amigo de Lord Byron, los incorporara a la literatura contemporánea con un halo romántico y seductor, esas criaturas de la noche adoptan siempre la forma de lo que su estudioso Paul Barber describe como «un villano suave y carismático».

Incluso pertrechado de esa guisa, el líder del PNV debería pensárselo dos veces y preguntarse si la mala cara que a lo largo de la pasada legislatura se les fue poniendo tanto a Imaz como a Ibarretxe, los dos tan pálidos, tan enclenques, tan... chupados, no tendría que ver con los amables agasajos monclovitas que de vez en cuando recibían, con ikurriña a la entrada, aurresku de honor virtual y lo que hiciera falta. No sabemos lo que pasaba luego entre esas cuatro paredes, pero ahí ha tenido que estar la clave de la pérdida de vigor electoral de su partido.

Algo parecido podría plantearse también Artur Mas, todavía convaleciente de aquellas sesiones de Estatuto y tabaquismo tras las que CiU ha vuelto a perder 60.000 votos, aun conservando los 10 escaños hasta los que cayó en 2004. ¡Qué tiempos aquellos de las generales del 93, cuando liderados por el marido de Marta Ferrusola los convergentes obtuvieron casi un millón doscientos mil votos -un 50% más que ahora- y 17 escaños con los que tuvieron a González y a Aznar cogidos por los Presupuestos durante dos legislaturas!

Al menos su socio, el democristiano Duran debería haber advertido a Mas que los casos de vampirismo suelen ser especialmente frecuentes entre los individuos que mantienen actitudes de público desafío hacia la Iglesia. Y todos deberían haberse dado cuenta de que las cejas puntiagudas de Zapatero, la extremada delgadez de De la Vega o de la propia Sonsoles Espinosa, los continuos achaques de Rubalcaba y el mal color de Moraleda delataban prácticas ocultas. Por algo salió huyendo del castillo Miguel Barroso. Qué necios fueron todos al no comprender a tiempo que si en aquella famosa fotografía del presidente haciendo footing en Doñana no se formaba ningún tipo de huella sobre la arena de la playa era precisamente porque los muertos vivientes sólo conservan en sus correrías la apariencia corpórea.

Total, que no era masón, sino directamente vampiro. Valga la broma de esta metáfora -la historia democrática ha dejado notables casos de víctimas de vampirismo político, desde los liberales ingleses de Lloyd George succionados por los conservadores a los verdes alemanes vaciados de votos por el SPD- como uno de los pocos consuelos que nos quedan a quienes deseábamos un cambio en La Moncloa como requisito imprescindible para restablecer el equilibrio constitucional tras cuatro años tan acentuadamente escorados a favor de los nacionalistas.

A propósito de la negociación con ETA y el Estatuto de Cataluña también podríamos alegar con Séneca que «mientras los pequeños sacrilegios reciben su castigo, los sacrilegios a gran escala son la materia de la que están hechos los triunfos». Pero, claro, eso supone reconocer lo que por otra parte es la incómoda verdad: que el pasillo de honor que hace ocho días le hicieron los miembros del Comité Federal del PSOE a Zapatero es lo más merecidamente parecido a aquellos recibimientos apoteósicos que el pueblo romano brindaba en el Foro a su miles gloriosus de turno.

Con el mismo pragmatismo y sangre fría que Adrian Goldsworthy atribuye a César en la cojobiografía publicada por La Esfera, Zapatero ha jugado las limitadas bazas que le proporcionaba su extravagante gestión a través de una campaña electoral casi perfecta. Y digo casi porque su único error de bulto -la confidencia a Gabilondo sobre la necesidad de «tensionar» y «dramatizar»- sirvió para que se le viera el plumero. Pero aun así -y con la indeseable e indeseada ayuda final de ETA- la jugada le salió redonda.

La estupenda cosecha de votos del PP, movilizando a su electorado hasta quedar exhausto, resultó absolutamente estéril porque Zapatero logró obtener la máxima eficiencia de sus dos objetivos estratégicos: disparar la participación y agrupar el voto útil de toda la izquierda y parte del nacionalismo. El que se quedara a sólo tres escaños del pronóstico -172- que escribió dos meses antes de las elecciones mientras me obligaba a mirar para otro lado es el mejor baremo de la pericia de quien sabe lo que está a su alcance, pone los medios para ello y finalmente termina consiguiéndolo poco menos que al completo.

El mérito es mayor si cabe, teniendo en cuenta la escasa materia prima con la que contaba para la demonización de un PP casi siempre moderado, correcto y razonable, como resorte para catalizar el voto del miedo. Con un espantapájaros tan poco terrible como Rajoy hay que ser muy persuasivo para crear la hipnosis colectiva del cuidado, que viene la derecha; y encima, conseguirlo a la vez en Andalucía, pretendiendo que lo que amenaza esa derecha es la igualdad de los subsidios, y en Cataluña, alegando que su victoria pondría en grave riesgo la desigualdad conquistada por el Estatuto.

No queda más remedio, pues, que admitir la destreza en la ejecución del truco -cuando el equipo contrario controla el partido, la grada debe reconocerlo-, lamentar que enfrente no haya habido tanta pericia como honradez, y empezar a preocuparse por las consecuencias.

Lo que distingue a Zapatero de un prestidigitador cínico, dispuesto a reírse de la credulidad del público, es que, además de vencer, le obsesiona convencer. De ahí que ahora su ofensiva de primavera anticipada consista en alardear ante los más sensibles defensores de la unidad nacional de que ha sido él quien, por primera vez en mucho tiempo, ha hecho recular hacia la cueva de lo testimonial a la rugiente hidra Galeusca: al cabo de cuatro años de alarmismo, no sólo España no se ha roto, sino que el avance del PSOE en Cataluña y, sobre todo, en el País Vasco, proporciona una oportunidad histórica de fortalecer los valores constitucionales allí donde han sido más cuestionados.

El problema es que, como bien han planteado las novelas de Anne Rice -incluida la excelente Entrevista con el Vampiro que ella misma adaptó para el cine-, el vampirismo es una carretera de doble dirección y si a través de la sangre la víctima puede transmitir incluso sus tendencias sexuales a su depredador, no digamos nada sus ideas políticas. ¿O es acaso el Zapatero que les ha chupado la sangre a Esquerra, el Bloque, el PNV, Eusko Alkartasuna y CiU el mismo dirigente que ofreció a Aznar el Pacto Antiterrorista, avalaba la línea de Redondo Terreros y se escandalizaba cuando algunos le contábamos que Maragall estaba siendo no ya cómplice sino punta de lanza de la vulneración de los derechos de los padres castellanoparlantes en Cataluña?

Sin duda, lo más grave que ha ocurrido en mucho tiempo y también el punto de inflexión simbólico de la campaña fue el momento del segundo debate en el que Rajoy puso a Zapatero entre la espada del nacionalismo lingüístico y la pared de los derechos de todos los españoles y Zapatero se arrojó sobre la espada, avalando las multas por rotular en castellano y negándose a respaldar una ley que garantice -¡quién nos iba a decir que sería necesaria!- la enseñanza en español en toda España.

¿De qué nos sirve ver retroceder al dragón, si resulta que es San Jorge el que empieza a echar fuego por la boca? Veremos en qué les ayudan los buenos resultados del PSOE a los padres que, con el estupor de tener que pelear por lo obvio y la espontaneidad de la sociedad civil, están saliendo a la calle en Cataluña, Galicia y el País Vasco para hacer frente a las apisonadoras lingüísticas de los respectivos gobiernos nacionalistas. Dos de esos gobiernos están presididos por socialistas y nadie duda de que si algún día regresaran al tercero sería para seguir impulsando el disparate de la imposición del euskara.

El malabarismo de Zapatero ha consistido hasta ahora en defender una cosa a nivel nacional y permitir que en su nombre se defendiera la contraria en los lugares concretos en los que a la sucursal de su partido le resultaba útil. Si en algún momento -como el ya reseñado- la contradicción era insostenible, primaba el principio de rentabilidad electoral: si en Cataluña sólo hubieran estado en juego cuatro diputados, el caso del señor Nevot le habría hecho rasgarse las vestiduras como paladín de la ampliación del derecho a la no dominación.

Y para más muestra, he aquí el último botón. Por supuesto que en este año de Eurocopa y Juegos Olímpicos el Gobierno y su secretario de Estado para el Deporte reiterarán que la representación en las competiciones internacionales le corresponde en exclusiva al Estado. Pues bien, ¿saben de qué partido es la alcaldesa de Gerona que esta misma semana acaba de firmar el convenio con el presidente de la Plataforma Proselecccions Esportives Catalanes para celebrar y sufragar en su ciudad el reivindicativo Dia de les Seleccions? Pues, naturalmente, del PSC.

Pese a tan flagrante doble juego, fielmente reflejado en una política exterior que denuncia la ilegalidad de la declaración de independencia de Kosovo pero contribuye con hombres y tanques a imponerla por la fuerza; y pese a la pasividad dolosa con que el Gobierno ha asistido al deterioro de la situación económica, todavía hay almas benditas en el PP que, sin terminar de caerse del guindo, propugnan que su partido se abstenga en la votación de investidura de Zapatero.

Y ya que invocan una supuesta justa correspondencia con lo que Rajoy dijo que, caso de ganar, solicitaría al PSOE -como si fuera lo mismo el margen de confianza que merece todo nuevo Gobierno con el de rotunda desconfianza que se ha ganado a pulso éste que ahora repite-, espero que despeje sus dudas la evocación de lo que sucedió en marzo de 1996, cuando, entre bromas y veras, Felipe González planteó en el Comité Federal del PSOE que, si Aznar no lograba el respaldo de Pujol, unos cuantos diputados socialistas podían "irse al cuarto de baño" en el momento de la votación, facilitando así su investidura para tenerle como rehén de una legislatura breve, controlada desde la oposición.

Apenas se había esbozado tal hipótesis cuando un miembro de aquella asamblea de notables socialistas, habitualmente silencioso y dócil, saltó como impulsado por un resorte para decir que eso sería una farsa, perjudicial para la democracia, pues el Gobierno estaba para gobernar y la oposición para oponerse. Prácticamente nadie tomó nota de su intervención. Se llamaba José Luis Rodríguez Zapatero.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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