FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Raúl del Pozo, Isabel San Sebastián, Erasmo, Carmen Rigalt, Lucía Méndez, Jonathan Freedland

COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
Autores del 11-M
No es probable que Pedro Jota, Casimiro, Fernando Múgica, César Vidal, Luis del Pino y yo seamos inculpados como autores de la masacre del 11-M, pero tampoco lo descartemos. Con Cándido, Vladivostok y la prima de Gallardón en la vanguardia fiscal y Bermejo el de las bajantes en la retaguardia inmobiliaria, todo es posible. Incluso que juzguen a Alcaraz y Angeles Domínguez, cuyas asociaciones han acogido a la gran mayoría de las victimas del 11-M, con Garzón de juez y asistido por un jurado paritario presidido por Pilar Manjón y con Pilar Bardem como secretaria, o viceversa. El fiero vicecándido Zaragoza, o sea, Vladivostok, que quiere ascender en el zaparrégimen aprovechando las bajantes, salió a las pocas horas del 9-M diciendo que «era la hora» de perseguir a quienes han difundido bulos o mentiras sobre el 11-M. Si así fuera, los primeros en ser inculpados deberían ser Zapatero e Iñaki, que son los que difundieron la patraña de que en los trenes se había encontrado ya algún cadáver de terrorista suicida con tres capas de calzoncillos y delicadamente rasurado a la moda de Bin Laden. Todo era falso, y tras la tensión y la dramatización anunciadas, con asesinato etarra incluido, ahí los tenemos, triunfantes y piafantes, dando clase de ética con el manual de Carrillo y las maneras de Bermejo. Pero la gran ventaja del jurista regre es que está loco por el foco y ahí se pierde. Zaragoza (también le podríamos llamar Faragofa, en homenaje a Matías Prats padre), sólo dos días después de su hombrada a lo Vichinsky, dijo ayer que hay «otros autores» del 11-M, pero que «hay que buscarlos dentro de la investigación». Ah, y añadió que la sentencia es «impecable e histórica». Le faltó añadir «y vale ya». Pero «histórico» lo es todo: Roldán, el GAL, Juan Guerra, Aída, Corcuera, Vera, Bacigalupo, los Albertos o el 11-M, el peor atentado de la Historia europea. Aunque los historiadores regres los borren, en la Historia están. Por histórico lo es ya Chikilicuatre, la mayor aportación cultural regretona desde Torrente. Y tan impecable como la actuación de la Fiscalía y los jueces en el juicio del 11-M. O sea, que los tres autores intelectuales y materiales de la masacre según la Fiscalía han sido absueltos; no hay autores vivos y no se sabe cómo llegaron los muertos a Leganés, porque "Valeyá" cambió el supuesto tiroteo de Zarzaquemada por... nada, pero ahora resulta que entre los nombres de la propia investigación hay «otros autores». Y lo dice el segundo del fiscal general del Estado, que compartió la fallida faena fiscal del juicio del 11-M con Valeyá, perdida entre la cábala y las cabras. Y si los «otros autores» de la masacre estaban ya en la investigación, ¿por qué no les acusó? Yo de Cándido procesaba a Faragofa, por bulos sobre el 11-M y por si acaso. ¡Qué peligro!
LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIAN
El equipo
En un partido político, al igual que en un equipo de fútbol, cada cual tiene su papel: unos reparten juego, otros se desmarcan por las bandas buscando la portería, los más se quedan atrás, dando alguna patada que otra, y uno actúa de último baluarte frente al gol. Todos visten la misma camiseta y asumen el marcador, al margen del papel que hayan desempeñado, porque sin equipo no hay resultados, por sobresalientes que sean las individualidades. Viene esta reflexión a propósito de la avalancha de comentarios y juicios de valor vertida estos últimos días respecto del equipo de Mariano Rajoy. Del que pasa a mejor vida y del que está por venir. Como en España es costumbre muy arraigada hacer leña del árbol caído, se detecta en el ambiente un despiece meticuloso de los dos puntales que han acompañado al líder a lo largo de la legislatura pasada: Angel Acebes y Eduardo Zaplana, como si la derrota fuese imputable a ellos dos y el crecimiento, en cambio, a quienes han permanecido en un segundo plano hasta el momento de la campaña o a los dirigentes territoriales que atraviesan el desierto desde el Gobierno de sus respectivos feudos. Nada más lejos de la realidad.
Sin desmerecer un ápice la tarea de esos barones y baronesa, cuya brillante gestión constituye el más poderoso argumento para votar al PP; sin restar tampoco mérito a los cargos intermedios del partido, imprescindibles para su marcha diaria, lo cierto y verdad es que tanto a Zaplana como a Acebes les ha tocado bailar con la más fea y lo han hecho con eficacia, con valentía y, sobre todo, con lealtad. Desempeñar el papel de malo es algo que a nadie agrada. Poner la cara cada día para recibir las bofetadas dirigidas a las siglas resulta agotador y doloroso. Pero ellos dos lo han hecho sin rechistar, preservando con sus nombres al líder a fin de que éste saliera lo más indemne posible de la contienda cotidiana. Actuando de escudos humanos a veces desde el acuerdo y otras incluso discrepando, pero sin faltar a su deber de proteger al candidato. Han cumplido su tarea a sabiendas del precio que pagarían por ello, y se merecen al menos gratitud y reconocimiento público, por más que estas virtudes resulten completamente ajenas al mundo de la política.
Llega la hora del cambio y hacen falta caras nuevas. Es evidente. La oposición desgasta mucho más que el poder y ejercerla cada día desde la tribuna del Congreso o desde los medios de comunicación supone quemarse a lo bonzo. Acebes y Zaplana dan paso por ello a otro equipo de gente nueva que se enfrenta a grandes retos. Se van. Pero se van habiendo cumplido y con el honor intacto.
EL RUIDO DE LA CALLE
RAUL DEL POZO
El fortín del PP
Los grandes matadores tardan en venir a Las Ventas porque se juegan su esplendor en una sola tarde. El pánico a Madrid en fútbol se denomina miedo escénico y en el toreo, miedo al 7. ZP ha triunfado en la periferia y, como a los toreros que se escabullen de Las Ventas, incluido José Tomás, le falta venir a San Isidro. De su retroceso culpa a la derecha mediática, a la presión de la olla centralista, a la prioridad por resolver el problema catalán, pero el caso es que una vez perdida Madrid se necesitan tres años de guerra y 25 de paz.
ZP se ha quedado como torero solitario en el ruedo ibérico; piensa que Mariano Rajoy no se va a recuperar de la cornada del 9 de marzo, aunque le llevasen la oreja a la enfermería, y espera que la nueva figura de los carteles de la derecha no sea ni Esperanza, ni Gallardón, ni Rato; sospecha que el tapado puede ser Francisco Camps, el nuevo monstruo de las Fallas. Intuye el presidente que su figura es más grata en La Barceloneta que en la Puerta del Sol, sabe que ha de recuperar el fortín del PP.
Decía Luis Carandell que Madrid ha militarizado su callejero; las costanillas y bulevares suelen llamarse Húsares, Mosqueteros y hasta Caídos de la División Azul. La capital se resiste al zapaterismo, no con empalizadas o motines, sino con la fuerza de los votos. Madrid es mucho Madrid; sólo Madrid es corte y no villa de sainete, sino una vanguardia que crece hacia el centro de la tierra y hacia el cielo. Los albañiles son negros, surgen rascacielos en las corralas, no hay viudas de guerra en los estancos; ni siquiera hay estancos. Creen que el kilómetro cero, como creen los periféricos, es la charca de los tiburones de las orgías especulativas y los personajes marrulleros, donde roban los partidos y las carteras son ideas antiguas.
A ZP se le presenta una legislatura menos convulsa que la anterior. Le hemos pagado una beca de cuatro años y ha aprendido. Ni siquiera necesita a los nacionalistas; puede completar la mayoría con partidos berberecho. Poner a Elena Valenciano donde estaba Blanco, a Alonso donde Moratinos, o completar la triada del diablo son cosas que pensará en Doñana durante la Semana Santa. Lo que le preocupa es la implantación de la derecha en Valencia, Murcia y Madrid, donde apenas conoce el barrio del Congreso y de las Letras y las estatuas de Lorca y de Calderón lloran su inmortalidad. Suele sobrevolar la ciudad en helicóptero y la contempla como territorio hostil, con un PP que se ha hecho aún más fuerte.
Hay una luz especial de Madrid que desnuda intenciones, que se come a los reyes, a los toreros y a los presidentes. O reconquista el Foro o en el Foro estallará el tendido del 7.
ASUNTOS INTERNOS
LUCIA MENDEZ
Paco Camps
Con motivo de la crisis de las 48 horas vivida por el PP tras su derrota electoral, y entre mascletá y mascletá, Francisco Camps acuñó una metáfora sobre sí mismo y su organización que le cuadra bastante. Dijo el presidente de la Generalitat que el PP valenciano -o sea, él mismo- era como un elefante que se mueve muy lentamente pero que cuando se mueve tiembla el misterio porque es capaz de aplastar a todos. Y añadió que las organizaciones del PP de «otras» comunidades eran animales más pequeños que se mueven mucho, pero que a la hora de la verdad no llegan a ningún sitio porque se agotan de tanto correr.
Tras haberse asegurado de que tiene las manos libres para hacer lo que le dé la gana, Mariano Rajoy y su mujer, Elvira, celebrarán hoy en Valencia su derrota victoriosa con una vieja amiga, Rita Barberá, y su nuevo puntal, Francisco Camps.
El presidente de la Generalitat valenciana, a quien todo el mundo llama Paco, es uno de esos políticos en los que nadie se fija cuando empieza la película y al final resultan ser los protagonistas que se quedan con la chica y con el dinero a base de movimientos lentos, pero seguros. Paco Camps, el barón que se ha puesto de moda en esta crisis, nunca fue un político brillante, pero sí un buen chico y leal colaborador de sus mayores. Los mayores de Paco -una casualidad- fueron Eduardo Zaplana y Angel Acebes. Este último le nombró secretario de Estado y después Zaplana le designó como su sucesor cuando abandonó la Generalitat para ser ministro de Aznar.
Para sorpresa de todos los que creían que era un mandado, Paco se rebeló contra su padre político que a su vez quiso acabar con él cuando vio que no le hacía caso. La sucesión de Zaplana al frente de la Generalitat culminó en una cruenta guerra civil en el PP valenciano. El sucesor sintió más de una vez el frío de la guillotina en su cuello, pero encargó a sus pretorianos que salieran al camino y lo limpiaran de zaplanistas. El ocaso de Eduardo Zaplana como referente político dentro del PP tiene todo que ver con este combate fratricida. El ex portavoz parlamentario se quemó las pestañas en la lucha contra Camps al sentirse traicionado, empezó a comportarse de forma muy extraña e intentó maniobras imposibles.
Paco ganó la guerra. Zaplana no sólo la perdió, sino que ahora tiene que soportar que su sucesor se haya convertido en el protagonista de la película, mientras él ni siquiera tiene asegurado un papel de secundario en el PP. No le han dado ni agua en la campaña. Esto es lo que hay, que diría Rajoy, nunca hice preguntas sobre el 11-M en el Congreso. Tal vez una persona normal hubiera dado ya un corte de mangas antes de soportar tantos agravios, pero la política es una droga que nubla las mentes. Zaplana y Acebes son los destinatarios de la renovación anunciada por el líder del PP. Casualmente, los mentores políticos de Paco Camps, que se ha puesto a los mandos de la nave en la que viajan los barones regionales del PP. La operación salvemos a Rajoy, paremos a Esperanza ha sido pilotada por él. Pero tranqui-los. Su ambición es limitada. De momento.
ZOOM
CARMEN RIGALT
Salud mental
Hoy me conformo con renovar los ánimos. Ha vuelto la calma tras la tempestad y la vida suena otra vez como antes. Lo pensaba esta mañana mientras desayunaba al compás de Radio 3. Siempre busco refugio en las voces conocidas de la radio porque acortan la distancia. Huyo de los programas sin nombre y de los pentagramas sin letra. Las voces extrañas tienen la frialdad del metal y la música huérfana retumba en la bóveda del estómago. Pero esta mañana, ya digo, sonaba una voz radiofónicamente amiga. He desayunado una tostada y la mantequilla estaba rancia. Creo que he olvidado tomar las pastillas, aunque tal vez ya las había tomado antes, mientras pensaba en el desconchón de humedad que da al cuarto de la caldera, y por eso no me acuerdo. Al salir al jardín para recoger los periódicos he visto que las hortensias habían brotado y me ha dado un subidón a consecuencia del cual he brotado yo también.
Esas sensaciones y otras más las he vivido en unos instantes. El recuerdo y el olvido, los desconchones, la primavera que va y viene intermitentemente, el sabor rancio de la mantequilla, las hortensias, la voz amiga. Las cosas han vuelto para recobrar el papel que siempre tuvieron asignado. He sentido el placer del reencuentro, como el viajero que tras 15 días de ausencia llega a casa y abraza su almohada. Yo no he ido de viaje a ninguna parte, pero también he estado ausente. La emoción de esta mañana tenía pues una naturaleza real y próxima, desmenuzada. Hasta las gatas han notado el acercamiento y daban vueltas a mi alrededor como celebrando algo. Ellas acusan enseguida mi estado de ánimo. Días atrás, la casa estaba llena de electricidad y no se dejaban pasar la mano por el lomo. Hoy todo vuelve a su ser. Hemos recobrado la tibia rutina de los días, las listas del Carrefour y las partidas de literati, el café a la hora en punto, las discusiones nimias, los telediarios aburridos y los políticos como actores de reparto, el sesteo, la radio amable y la mantequilla rancia.
De Erasmo
TRIBUNA LIBRE
JONATHAN FREEDLAND
Hay un ganador de esta batalla demócrata: los republicanos
En fin, éste era el peor resultado posible para los demócratas, pero también para todos aquellos, tanto en Estados Unidos como fuera de ellos, deseosos de un cambio después del fracaso de ocho años de Gobierno republicano. Los resultados de los enfrentamientos del martes 4 de febrero en Ohio y Texas auguran un lento desastre del partido para el que este 2008 debería haber sido un año tranquilo y magnífico. Los demócratas habían marcado con un círculo en el calendario el día 4 de marzo como la fecha en que caía el telón. Barack Obama ni siquiera necesitaba ampliar por mucha diferencia su racha triunfal más allá de los últimos 11 enfrentamientos, sólo lo suficiente para confirmar que el formidable impulso que había cogido a lo largo de febrero, medido en votos, en dinero y en apoyos de personalidades destacadas, era irreversible. Le habría servido una victoria por la mínima en Texas. Bill Clinton prácticamente lo había reconocido al indicar que, si Hillary no ganaba en los dos grandes estados el martes, todo habría terminado. Se habrían acercado los mandamases del partido, habrían dado a Hillary unas palmaditas en el hombro y le habrían dicho que había llegado el momento de hacerse a un lado.
En lugar de eso, Hillary Clinton ha obtenido el 51% de los votos de Texas y se ha llevado Ohio por mucho más; y sobre todo no está dispuesta a hacerse a un lado ante nadie. La pelea va a continuar, lo cual significa que los demócratas se han garantizado a partir de ahora unos cuantos meses más de rencores y discordias, enredados en una pelea de los unos contra los otros. De vez en cuando se tomarán un respiro en esta lucha a brazo partido y, rebozados en el barro, levantarán la vista para contemplar a un John McCain sonriente, dándose un paseo hasta noviembre, y todo porque los republicanos resolvieron su batalla por la candidatura en la noche del martes, precisamente a la vez que los demócratas se aseguraban de que la suya no se resuelva en mucho tiempo. Ante McCain se abre ahora un camino libre de obstáculos. Simplemente le basta con seguir adelante, formulando el debate general sobre las elecciones en los términos que a él le convienen y fijando su oferta antes de que su futuro rival tenga la oportunidad de hacerlo por él.
Los demócratas optimistas ven algún rayo de luz en este folletín interminable de elecciones primarias y asambleas de votantes. En primer lugar, con todo el espectáculo en su bando, la atención de los medios de comunicación sigue centrada en ellos. Por otra parte, dicen los pollyannas [apelativo burlón para designar a los optimistas irreductibles; por Pollyanna, la heroína de los relatos de Eleanor H. Porter (1868-1920)], en realidad es muy saludable que los rivales demócratas se pongan a prueba mutuamente ahora; eso significa que el que finalmente se imponga se habrá curtido en la lucha y se le habrá hecho callo suficiente como para repeler todo lo que McCain y los republicanos le echen encima. Después de todo, si Obama es incapaz de ganar a Clinton (o viceversa), ¿cómo puede esperar alguien que cualquiera de los dos gane a McCain?
Lo que ocurre es que, si se dejan a un lado las gafas de cristal de color rosa, es posible ver las cosas de otra manera. El bando de Clinton ha llegado con toda seguridad a la conclusión de que ganó en Texas porque se pusieron en plan negativo, porque se empeñaron en privar a Obama de su aureola. Clinton le atacó por sus vinculaciones con un poderoso propietario de terrenos en los barrios bajos que en la actualidad está procesado en Chicago y por su doble lenguaje, aparentemente, en relación con el NAFTA (North American Free Trade Agreement o Tratado Norteamericano de Libre Comercio), y, lo más llamativo de todo, con un anuncio en televisión en el que aparecían unos niños durmiendo y en el que se daba a entender que Obama era demasiado inexperto para saber qué hacer ante una llamada recibida en la Casa Blanca a las tres de la madrugada para anunciar una crisis en el extranjero.
Aun en el supuesto de que Obama hubiera tenido una buena réplica al anuncio de televisión (haciendo ver por ejemplo que, cuando sonó el teléfono rojo de Hillary en 2003, con la pregunta de si Estados Unidos deberían invadir Irak, ella se equivocó al dar la respuesta), está claro que perdió los papeles ante la acometida de Clinton y el intenso acoso de la prensa que le cayó encima a continuación. No ha sido una buena noticia para él, pero tampoco ha sido una buena noticia para el partido en su conjunto. El anuncio del teléfono que suena ha sido el típico de tono alarmista que sacan habitualmente los republicanos contra los demócratas, en un estilo similar al anuncio del «oso en el bosque» propio de la Guerra Fría que Ronald Reagan utilizó para machacar a Walter Mondale en 1984. Si Obama fuera designado finalmente candidato, McCain no tendría más que rebobinar la cinta y pulsar de nuevo el botón de reproducción a voluntad. Eso mismo puede decirse de la declaración de Hillary cuando afirmó que tanto ella como McCain tenían un largo historial de experiencia en materia de seguridad nacional mientras que todo lo que tenía Obama era «un solo discurso».
Hasta ahora, Obama ha evitado devolver golpe por golpe pero, en estos momentos en que se está quedando rezagado, es posible que tenga que hacerlo. Eso significa semanas y semanas de pelea cuerpo a cuerpo sobre «ética, revelaciones indiscretas y acuerdos entre despachos de abogados y promotores inmobiliarios», en palabras de David Axelrod, estratega de Obama. Eso significa sacar a la luz el pasado de Hillary Clinton en Arkansas, así como investigar en los orígenes de la fortuna actual de los Clinton. ¿Por qué, por ejemplo, se ha negado Hillary a hacer pública su declaración de la renta? Obama puede empezar a desmontar todos los alardes de Hillary sobre su experiencia a cuenta de los ocho años que estuvo viviendo en la Casa Blanca. ¿Acaso eso mismo capacita a Laura Bush para ser presidenta?
A Obama no sólo le perjudica un estilo tan negativo de campaña, sino que quizás contradice también su afirmación de que personifica una nueva forma de hacer política; también contaminaría todo el esfuerzo del Partido Demócrata. Quienquiera que resulte designado candidato va a terminar pareciendo un producto defectuoso. A los republicanos les habrán ofrecido en bandeja los argumentos de sus ataques en noviembre y, lo que es peor, el Partido Demócrata se habrá sumido en un enconamiento que posiblemente resulte muy difícil de cicatrizar con el tiempo. Sobre lo que puede ocurrir en noviembre se ha producido ya un primer aviso a tenor de las encuestas a la salida de las votaciones del martes pasado: en estos momentos, sólo cuatro de cada 10 votantes demócratas afirman estar satisfechos con el que salga elegido candidato, sea quien sea. Hace un mes eran siete de cada 10. Eso indica que un número importante de los demócratas convencidos abandonarán el campo de batalla cuando llegue el otoño, tristes y decepcionados, en lugar de luchar por el ganador. Si encima se produce una batalla legal prolongada en torno a la situación de los delegados de Michigan y (efectivamente, lo han adivinado) de Florida, excluidos [de la Convención del Partido Demócrata] por quebrantar la normativa del partido pero cuya acreditación favorecería a Hillary, el enconamiento se convertirá entonces en puro veneno.
Pues eso no es lo peor. Es posible que los demócratas tengan que elegir entre una mujer que puede alzarse con la designación del partido como candidata pero no con la presidencia y un hombre que puede alzarse con la presidencia pero no con la designación del partido como candidato. Empecemos por Hillary: es fácil de entender por qué podría terminar como abanderada de los demócratas. En las semanas que vienen podría ganar los delegados suficientes como para que ambos lleguen al recuento muy igualados y entonces ella pondría sobre la mesa que se ha llevado todos los grandes premios, los nuevayorks y las californias, mientras que Obama sólo ha pescado estados menores. Entonces todo quedaría en manos de los caciques del partido, los superdelegados, que controlan los votos decisivos. En un combate de este tipo, en el que hay que retorcer el brazo a algunos y cobrar a otros los favores prestados, los Clinton se impondrían con toda seguridad a un recién llegado como Obama.
Sin embargo, no habrá muchos que apuesten por que Hillary, una vez designada candidata, vaya a ganar a McCain. Efectivamente, ha demostrado una tenacidad a prueba de bomba. Sin embargo, McCain la supera tanto en experiencia como en el tema de la seguridad nacional. Por otra parte, la simple mención de su nombre en las papeletas uniría y movilizaría a los republicanos mucho más eficazmente que todo lo que McCain pueda decir o hacer.
Por el contrario, Obama tendría la posibilidad de reformular de arriba abajo el enfrentamiento, presentando a McCain como un gran héroe, efectivamente, pero de una época que ya ha pasado. Podría vincular a su rival con George Bush, simplemente exhibiendo las fotos, de hace unos días, de la aprobación de la Casa Blanca a su candidatura, calificándoles de socios en la desastrosa guerra de Bush y McCain en Irak. Por otra parte, Obama ha demostrado que es capaz de ganarse a los votantes jóvenes e independientes que viven en las zonas residenciales de las ciudades y que los demócratas necesitan para ganar.
Sólo que para aprovechar esta oportunidad antes tiene que ganar la designación como candidato y eso podría resultarle más difícil que conseguir la propia presidencia. Caer en lo negativo perjudica su mensaje positivo característico; no reaccionar de ninguna forma permite que Hillary le pinte como pasto fácil, en principio, de los lobos del Partido Republicano que le esperan al acecho. Si la situación llegara a un punto muerto que tuviera que ser resuelta por los dirigentes del Partido Demócrata, empezaría ya en situación de desventaja.
Así pues, ésta es la grave situación a la que se enfrentan los demócratas. En un año que debería ser suyo, están atrapados entre una posible ganadora que no parece que pueda ganar y un probable perdedor que simplemente se niega a perder.
Jonathan Freedland es columnista del diario The Guardian
Etiquetas: Firmas





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