FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Arcadi Espada, Erasmo, Pedro G. Cuartango, Raúl del Pozo, David Torres, Sergio Romano

COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
Dilación fluvial
Acaba de llegar Corbacho del Bajo Llobregat, cuenca de rancia prosapia proletaria, y ya se ha convertido en el Pasmo de la Corte. Una concepción gallinácea de la política, como la que padecemos en la capital de la extinta España, aconsejaría a Corbacho que, como ministro de Trabajo e Inmigración, no se meta a opinar en lo del trasvase del Ebro, que es cosa de Zapatero el Embustero y Montilla el Mentirijilla, demagogos ebrones a cuenta de los aragoneses, que hacen en las urnas el trabajo sucio del nacionalismo catalán. Pero yo comprendo a Corbacho y alabo su valor. Nunca creyó que llegaría a ministro y, el tiempo que dure, quiere disfrutarlo. Es como los futbolistas del Barça antes de la segunda Copa de Europa: tenían hambre de títulos porque ninguno de ellos había ganado nada y metían la pierna sin miedo y sin piedad, a diferencia de los galácticos del Madrid que habían ganado tanto que no se jugaban el tobillo por un título más. He leído que Corbacho, aunque docto en bachillerías filesias, no tiene el título de Bachillerato. Pues aún me gusta más. Para empezar, es dificilísimo mantener hoy ese estado semialfabetizado que lo acerca al de buen salvaje urbano, algo así como 'Tarzán' en Nueva York, porque en esto que por pereza seguimos llamando España se nace con un título universitario bajo el brazo y te regalan un master en la esquina más próxima. Para seguir, Cabrera y Garmendia pueden darle por el INBAD y la UNED cualquier carrera sin moverse del sillón antes de que acabe esta legislatura. Y para concluir: ¿cómo no va a arriesgar Corbacho y a tener hambre de títulos si no tiene ni el de Bachillerato?
Corbacho es, sin duda, un talento natural. Como Pepe Montilla, está donde está porque es lo que es. Cuando yo daba clases en el horario nocturno del Instituto de Santa Coloma de Gramanet tenía alumnos, más cerca de los 40 que de los 20, que, tras plegar en la fábrica, estudiaban para mejorar cultural, social y económicamente. Aún recuerdo a los hombres cetrinos a la luz macilenta de los fluorescentes y a aquellas mujeres levemente arregladas y profundamente ojerosas que sobre sacar adelante a los niños, con o sin marido, se sacaban adelante a sí mismas. Pero ninguno ha llegado a ministro. Luego Corbacho no erró en su holganza académica: sólo invirtió en futuro político. Ahora le falta cambiar la jerga politiquera por una culta latiniparla. Decir que el trasvase del Ebro son «aportaciones puntuales de agua» está bien para un empleado de la Caixa B, la de Narcís, pero no para un ministro. Diga «transferencia líquida», si sigue por lo bancario; «dilación fluvial» si prefiere cantar por gongorinas; «mojado periplo», «hilo de charco», «marisma de paso», «perplejo cauce», «humedad recta», «delta largo»; o, en justo homenaje a sí mismo, «celestineo acuático». ¡Animo, Celestino! ¡A por ellos, oé!
ZOOMARCADI ESPADA
Tabloides
La victoria de Berlusconi es una desgracia para cualquier persona razonable. La pregunta inmediata es por qué hay tan pocos italianos razonables. Algo difícil de contestar desde fuera, porque la inmensa mayoría de la prensa internacional se dedicó a explicar por qué no debía (y no por qué podía) ganar Berlusconi. Entre las razones que lo hacen políticamente detestable están su demagogia y su populismo, su tendencia a poner el Estado a su servicio, sus alianzas con lo peor de Europa, que es el nacionalismo, y un desprecio de la inteligencia característico de la derecha iletrada, que en este punto se diferenciaba, hasta hace poco, de la izquierda equivalente. Hay algo más en Berlusconi, especialmente desagradable, que es la extravagancia. En el arte, donde tanto se prodiga, la extravagancia es una pesadez insoportable; en la política es un peligro.
Aunque no el único, la extravagancia es el principal rasgo que comparten Berlusconi y Zapatero. Los dos son más parecidos de lo que su distancia ideológica o generacional harían sospechar y mucho más de lo que la neolengua de la izquierda (a la extravagancia la llama audacia) estaría dispuesta a asumir. Berlusconi es también imprevisible e impredecible y con desesperada frecuencia ha sustituido la acción de gobierno por el eco de sus ocurrencias. Cuando recomienda a los americanos que inviertan en Italia, dados los muslos portentosos de las secretarias italianas, no está haciendo nada demasiado diferente del Zapatero que nombra ministra de un concepto a una chica de 31 años o convierte en comandante a una embarazada de siete meses. Berlusconi, con su zafiedad, destruye la higiene de la incorrección política; Zapatero convierte su antípoda (la corrección) en una caricatura. El rudimentario mecanismo de sus ideas consiste en euforizar varias octavas aquello en lo que creen. En el caso de Zapatero hay un ejemplo deslumbrante del exceso. Lo que en la legislatura pasada fue una ocurrencia íntima, que creímos (¡ay infelices!) levemente tocada por la ironía: «Sonsoles, no sabes cuántos españoles podrían ser presidente del Gobierno», se ha convertido cuatro años después en real decreto: entre sus nombramientos está el de un hombre que confiesa que viene a aprender cuando creíamos que le pagaríamos por venir ya aprendido. La extravagancia (hija de un narcisismo adolescente que también se puede cultivar a los 71 años) no sólo distrae al público. Lo peor es que distrae de sus ocupaciones rígidas, aburridas e imprescindibles a los narcisos. Así la Italia centrifugada que dejó Berlusconi en su primer mandato; así la floreada y vacua España de Zapatero.
Es cierto que yo debería ahora responder por qué los votan. Pero para ser sincero tampoco sé por qué compran tabloides.
(Coda: «La extravagancia es una distorsión de la vida psíquica, cuya pérdida de unidad, incomodidad y malestar conducen a rodeos extraños o fantásticos que dan la impresión de una búsqueda barroca, de una serie de paradojas caprichosamente encadenadas». Henri Ey.)
ERASMOGEO's
Treinta años (1978: tan arduo Martín Villa en Interior). Superpolicías, tras el embozo anónimo del pasamontañas, escalan, nadan, tan calladamente hercúleos, tan circenses. Sus tests del chaleco antibalas: se tirotean unos a otros con fuego real. Y 40 comandos, 444 secuestrados liberados. Incorporados al afán cinematográfico de los californianos precursores de los 60'. La policía imita al cine.
A DIESTRA Y SINIESTRA
DAVID TORRES
La igualdad
Se ha descubierto una correlación entre los niveles de testosterona y las jugadas afortunadas en la Bolsa. Si esto, además de científico, fuera cierto, supondría un grave varapalo a la teoría de la igualdad en general y a la remodelación del Gobierno socialista en general. Todas las nuevas ministras tendrían que inyectarse hormonas para volver a igualar las apuestas. Además, les cambiaría la voz, les saldrían bíceps en las mandíbulas y Bono tendría que habilitar una sala de musculación al lado del Congreso. Menos mal que sabemos que estas chorradas estadísticas sólo valen para que algunos laboratorios universitarios no los cierren y en su lugar instalen una bolera.
Berlusconi no es que sea un científico precisamente pero, siguiendo la línea tradicional de supremacía masculina, ha comentado que el Gobierno de Zapatero es «demasiado rosa». En su Gobierno, en cambio, son todos muy machos. Por eso mismo, el pueblo italiano ha decidido encomendarle un tercer mandato, porque no hay dos sin tres, y también porque saben que, detrás de su sonrisa de poliuretano, Berlusconi conjuga a Mastroianni con Totó, es decir, un conquistador irresistible para las mujeres y un cómico devorador de espagueti. Berlusconi dijo hace poco que «las mujeres de la izquierda son feas» y este pensamiento tan profundo brotó en su caletre a pesar de que el suyo no es el sexo débil.
En el otro extremo de la tabla periódica se encuentra Isabel Coixet, quien declaró ayer mismo que «cuando los hombres van, ella ya ha ido y vuelto 10 veces». Diez veces por lo menos. Será por eso que cuando cocinó su película Mi vida sin mí no sólo sacó el título de un manual de ortografía escolar sino que plagió el argumento de un episodio de los Simpson. En su película, la protagonista, enferma terminal, decide hacer una lista de los 10 deseos que le quedan por cumplir, igual que Homer Simpson un día que va a un restaurante japonés y se tapiña un fugu. Da pena comprobar que Coixet fue y volvió 10 veces sobre el mismo camino que un personaje machista y elemental ya había trazado años antes, pero quizá la diferencia radique en que Homer, gracias a Dios, no lleva gafas de pasta de colorines.
Al igual que Berlusconi, Coixet se da golpes de pecho con la lista de sus amantes, empezando por un profesor de la Facultad al que se merendó cuando acababa de estrenar la mayoría de edad, y con quien, de paso, hace un repaso de la mentalidad del macho en decadencia digno del doctor Rosado. Coixet y Berlusconi son tal para cual: lástima que no compartan las mismas ideas políticas porque juntos podrían formar un Gobierno de coalición o una pareja de moda, al estilo de Sarkozy y la Bruni, sólo que con las alturas físicas y mentales más igualadas. Va a ser verdad eso de que los extremos se tocan.
TIEMPO RECOBRADO
PEDRO G. CUARTANGO
¡Viva la Premier League!
Dice el diccionario que el fútbol es un deporte que se juega con los pies. Yo creo que se juega con la cabeza y, sobre todo, con el corazón.
El único país europeo donde ahora se juega al fútbol es Gran Bretaña y, más concretamente, en la Premier League inglesa, cuyos partidos retransmite TVE los fines de semana.
Ver los encuentros de la Premier mientras uno se toma una ginebra Bombay con tónica es un verdadero placer reservado a los dioses. El domingo pasado pudimos disfrutar de un Manchester-Arsenal que mostró la grandeza de este deporte. El partido fue extraordinario, pero mejor todavía resultó la eliminatoria de la Champions entre el Liverpool y el Arsenal, que pasará a la historia del fútbol.
This is Anfield, dice el cartel que los jugadores del Liverpool atraviesan al saltar al campo. La leyenda marca carácter porque sus futbolistas, como los del Manchester, el Chelsea o el Arsenal, luchan los 90 minutos hasta la extenuación y se dejan la piel en el campo. Juegan para ganar, jamás especulan con el balón. No hay pérdidas de tiempo ni se fingen lesiones. Lo único que cuenta es la victoria.
La Armada británica ha dejado hace muchos años de gobernar los mares, pero no hay la menor duda de que el fútbol inglés gobierna Europa con la misma majestuosidad que ejerce sus funciones la reina Isabel.
Muchos de los jugadores que triunfan en la Premier League son extranjeros -ahí está el ejemplo de Fernando Torres-, por lo que no cabe pensar que el éxito del fútbol inglés sea atribuible sólo a los jugadores nativos.
Creo más bien que existe una tradición y una manera de hacer que han sabido transmitir hombres como Sir Alex Ferguson, el veterano entrenador del Manchester, y que han asimilado técnicos extranjeros como Wenger y Benítez.
No hay duda de que el fútbol inglés refleja las mejores -y algunas de las peores- virtudes de esa gran nación que supo resistir los embates de Hitler cuando tenía todas las de perder.
Un pundonor churchilliano, amor propio, entrega a los colores y otras muchas cualidades constituyen la esencia del fútbol británico. Y, sobre todo, ese sentido pragmático que está en el origen del empirismo de Hume y Locke y que impregna el carácter nacional.
Alemania es un país de filósofos y músicos, Francia es tierra de cocineros y perfumistas, España es cuna de soldados y pintores y Gran Bretaña, de historiadores y de futbolistas, dos actividades en las que hay que dar patadas y en las que los hechos refutan siempre las teorías.
TRIBUNA LIBRESERGIO ROMANO
Italia ha dado un nuevo paso hacia su 'Tercera República'
Para superar una crisis a la vez constitucional y económica, la mayoría de los italianos eligió, por tercera vez en 14 años, a Silvio Berlusconi. Pero fuera de Italia, los observadores se preguntan, desconcertados, por qué la elección recayó sobre un hombre que a muchos europeos les parece el síntoma más evidente del malestar italiano. ¿Qué soluciones puede poner en marcha un político empresario que mantiene un clamoroso conflicto de intereses, que ha sido investigado y procesado en varias ocasiones por los tribunales de la República, que gobernó con mediocridad el país durante los cinco años de su último mandato y que hizo aprobar en el Parlamento, al final de su Gobierno, una ley electoral que ha dejado coja a la democracia italiana durante los dos años del Gobierno Prodi?
Hay circunstancias en las que los vicios y los defectos de Berlusconi se convierten en triunfos. Por ejemplo, supo transformar su empresa en un partido político. Concedió representación, tras la muerte de la Democracia Cristiana, a la voz de los electores moderados. Habla un lenguaje híbrido, unas veces agresivo y otras culto o populachero, que tanto gusta a muchos de sus compatriotas. Consiguió crear coaliciones que aglutinan al partido antimeridional del norte y a las viejas fuerzas clientelares del sur.
Cuando Berlusconi declara que sus adversarios son comunistas está diciendo a la vez una verdad y una mentira. Se trata de una mentira, porque el Partido Democrático de Walter Veltroni pertenece a la constelación europea de las izquierdas reformistas. Y se trata de una verdad, porque Italia es el único país de Europa occidental en el que los socialistas, tras el final de la Guerra Fría, se fueron al exilio y los comunistas, al poder.
Berlusconi sabe que muchos italianos nunca votarán a un ex comunista y no duda en utilizar abiertamente este argumento. Además, Berlusconi venció porque Italia, gracias a su entrada en la política, se fue tornando cada vez más bipartidista y dispone ya de un sistema en el que el elector, si quiere proporcionar gobernabilidad al país, se ve obligado a elegir el mal menor. Y el mal menor, para muchos italianos, se llama evidentemente, guste o no, Silvio Berlusconi.
Su retorno al poder tiene lugar, sin embargo, en una situación política y parlamentaria al menos diferente de la de las elecciones de 2006. La ley electoral sigue siendo la promovida por Berlusconi al final de su último mandato, pero los dos mayores partidos, el Democrático de Veltroni y el Pueblo de la Libertad de Berlusconi, han conseguido utilizarla de una forma más racional. Rechazaron el método de las grandes coaliciones heterogéneas, buenas para ganar pero pésimas para gobernar, y fueron a las urnas en pequeñas coaliciones más compactas y menos incoherentes.
Ambos candidatos no han hecho promesas maravillosas y han mostrado, en sus declaraciones programáticas, un mayor pragmatismo. El candidato perdedor, Walter Veltroni, reconoció su derrota y felicitó al ganador. Y uno de los vencedores, Gianfranco Fini, dijo que la relación entre la mayoría y la oposición podría ser diferente a la de las legislaturas anteriores. Es una novedad no pequeña en una Italia que, en los últimos años, se movió siempre entre peleas y tensiones permanentes.
En un Parlamento simplificado, del que desaparecieron muchos partidos menores, mayoría y oposición podrían, pues, dejar de considerarse enemigos irreconciliables. Ahora le toca a Berlusconi demostrar que ha entendido que hay reformas necesarias para un país que tiene que salir del estado de postración en el que parece haberse sumido. Reformas que sólo pueden realizarse en un clima de colaboración.
Son las reformas constitucionales, necesarias para modificar una Carta Magna envejecida, que no garantiza al primer ministro los poderes de sus colegas europeos y que alarga los tiempos parlamentarios, asignando a las dos cámaras las mismas funciones. Son las reformas sociales, desde la del sistema de pensiones a la del mercado laboral, que Berlusconi y Prodi realizaron en los últimos cinco años de forma insuficiente. Son las reformas de la Administración Pública, una enorme casta burocrática que sólo ha absorbido parcialmente los beneficios de la revolución informática y que cada año consume una cuota mayor de dinero público. Son las infraestructuras que el país necesita urgentemente para no aislarse del resto de Europa.
Hoy, gracias a la simplificación del panorama parlamentario, tal vez se den las condiciones para que la mayoría y la oposición se pongan de acuerdo sobre algunas grandes reformas, especialmente las institucionales, de interés común. Pero hay al menos dos obstáculos que podrían zancadillear, una vez más, a la democracia italiana. En primer lugar, Berlusconi venció con la ayuda determinante de un partido -La Liga Norte de Umberto Bossi- que representa ya al 20% de la parte más rica del país. Su triunfo refleja la indignación de las regiones que no quieren a Roma, al sur, a la burocracia y que perciben la política impositiva como doblemente injusta. Primero, porque les priva de recursos necesarios para su desarrollo y, segundo, porque sirve para alimentar la maquinaria del asistencialismo meridional.
La Liga será mucho menos xenófoba de lo que se dice (el norte necesita trabajadores inmigrantes), pero será ciertamente federalista y, sobre todo, querrá el federalismo fiscal, es decir un sistema de reparto de la renta nacional que permita a la región del norte administrar por sí misma la mayor parte de las rentas que produce. Se trata de una petición legítima. Pero, en un país donde el norte y el sur parecen pertenecer, a veces, a dos planetas diferentes, el federalismo fiscal está destinado a enriquecer a las regiones ricas y a empobrecer a las pobres.
Será necesario crear, pues, un fondo común de solidaridad nacional que permita mitigar las desventajas de las regiones menos favorecidas. Pero lo peligroso, como suele ser habitual, está en los detalles y Berlusconi deberá demostrar que es capaz de mediar entre las exigencias nordistas de la Liga y la representación de la zona meridional del país.
Tampoco Veltroni lo tendrá fácil. Tuvo el mérito de crear el Partido Democrático y de conducirlo a las urnas sin la embarazosa presencia de la izquierda radical y maximalista. Ha perdido, pero puede sostener legítimamente que le ha dado a Italia un partido reformista mucho más creíble que la heterogénea coalición que Romano Prodi había aglutinado para ganar las elecciones del 2006.
Pero Veltroni también tiene un aliado incómodo, que podría hacerle más difícil su trabajo. Se trata de Antonio Di Pietro, el fiscal milanés de la época de los procesos de Manos Limpias, y fundador de un partido justicialista, la Italia de los Valores, que nunca dejó de considerar a Silvio Berlusconi como una desgracia nacional.
Mientras Berlusconi tiene que mantener a raya a la Liga e impedirle que sea demasiado nordista, Veltroni tendrá que asumir la tarea no menos complicada de explicarle al ex magistrado Antonio Di Pietro que el código penal no es suficiente para gobernar un país.
Gracias a estas elecciones, Italia ha dado otro paso hacia su Tercera República. Pero el sistema político sigue siendo frágil, imperfecto, expuesto a los cambios de humor de la opinión pública. Y así seguirá siendo, hasta que mayoría y oposición no consigan ponerse de acuerdo en la reforma constitucional que el país tanto necesita.
Sergio Romano fue embajador de Italia y es analista del Corriere della Sera
EL RUIDO DE LA CALLE
RAUL DEL POZO
Casa de apuestas
Ser presidente no le hace a nadie inmune a los ultrajes. Il Cavaliere, que ha roto el cuore rosso de Italia, ha regañado con mucha simpatía a ZP diciéndole que su Gobierno es demasiado rosa. Rosa es el color de los socialistas portugueses, el símbolo de los dedos del PSOE. Seguramente Berlusconi quiso decir fucsia, violeta o gay. Rosa no es insulto, sino colocar a ZP en el triángulo de la igualdad de géneros. Aquí le dicen cosas peores. Que yo sepa, sólo juega al mus y le llaman ludópata por su incontrolable necesidad de aceptar riesgos. Ha urdido un Gobierno en el confín de la carne y el sueño, con damas, perlas, comodines y copas de descuadernada. Si no deja de posar pronto, se va a deshilachar antes de 100 días.
Parecía que el desenlace de las elecciones iba a sosegar al personal, pero ha ocurrido lo contrario: han recibido al Gobierno a guantazos; una atmósfera fóbica, la sequía, la crisis y el odio de siempre configuran un cuadro de ansiedad. En Santomera de Murcia un asesino cortó a su madre la cabeza y la paseó por las calles envuelta en un trapo. Hay orestiadas, linchamientos y puñaladas todos los días y, como ocurre en tiempos de depresión, la gente tiende a evadirse y jugar a todo.
Los levantamuertos, esos que cobran fichas que no han puesto, los jornaleros, los que juegan con la lógica, se congregarán, a partir de hoy, en La Castellana, enfrente del estadio Bernabéu, donde se abre una casa de apuestas. La mafia llegará más tarde, cuando se inauguren 70 locales más en la Comunidad de Madrid.
Es una pena no encontrar a Bukowski bujarroneando en el hipódromo de la vida, pero los puntos podrán apostar al fútbol, al baloncesto, a la Fórmula 1, a las motos, al ciclismo, a las carreras de caballos y a los galgos. El Estado y los empresarios del juego, sociedad mixta de truhanes, aplicarán el pensamiento de Robert de Niro en Casino: cuanto más dinero apuesten, más dinero pierden y al final nos lo vamos quedando todo.
Han acertado. Los españoles, junto a los rusos y los chinos, son los más viciosos de la Tierra. Ya en el siglo XVII los españoles se jugaban los muebles, las esposas y los criados. En Madrid había 378 caballeros tahúres que iban tanto a las leoneras como a las misas, aunque sabían que allí se picaban, se arqueaban y se marcaban las cartas con las uñas. El capellán del rey de bastos, que tenía por sota la sotana, según el Caballero de las espuelas de oro, vivió en la ley del juego y murió en la del naipe, loco y ciego, cuando el orinal estaba debajo de las mesas donde se burlaba al cuco y al matacán y desollaban vivos a los desdichados.
Muchos años después, ciudadanos ávidos, intranquilos, codiciosos, apostarán los dedos cuando pierdan las cejas.
Etiquetas: Firmas





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