FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Raúl del Pozo, Erasmo, Carmen Rigalt, Martín Prieto, Raúl Rivero, Santiago Gonzalez, Casimiro García Abadillo, Rafa

COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
Abusar del perder
La Historia está llena de fulanos que ganan algo y abusan del Poder. Lo raro es que lo pierdan y abusen de haber perdido. Hay casos en los que un discapacitado por enfermedad o accidente, sea madre o padre, abuela o nieto, abusa de esa discapacidad y chantajea moralmente a sus cuidadores, por vengarse de un destino cruel o destapando una maligna condición humana; pero en política, que es la lucha por el Poder, a veces para defender ideas, valores y principios, casi siempre para disfrutar y abusar de él, eso pasa pocas veces, porque al perdedor suelen despeñarlo los aspirantes a ocupar su sitio y correr su suerte. Mariano Rajoy tiene el dudoso honor de haber cosechado dos graves derrotas electorales como candidato del PP. La primera se debió seguramente al trauma inducido del 11-M, aunque su victoria, de producirse, hubiera sido por escaso margen, ya que en una campaña electoral temblorosa y huidiza, en la que el gran dialéctico que puede ser Rajoy se negó a realizar un solo debate con el entonces peso mosca Zapatero, iba perdiendo a chorros la ventaja que, con la candidatura, le había legado Aznar.
La derrota de 2004 se debió a la invención de los «terroristas suicidas» de Al Qaeda, propagada por Zapatero y la SER, al asalto espontáneo del PRISOE contra el PP en la jornada de reflexión, cuando Polanco, Cebrián, Rubalcaba y compañía ganaron los galones de la ignominia histórica, pero también a la pésima gestión del 11-M por Aznar y al debilísimo liderazgo de Rajoy. Zapatero aprovechó esa debilidad y pese a tener la minoría parlamentaria más exigua y traumática de la democracia no vaciló en aliarse con todos los enemigos de la nación española -incluidos los terroristas, que lo aprovecharon y desdeñaron- para acometer el cambio de régimen diseñado por el Pacto del Tinell, que excluye al PP y a media España del acceso democrático al Poder, según el modelo masónico del PRI en México o el comunista en Europa Oriental antes del 89. La respuesta de la media España excluida del nuevo régimen, con el apoyo de los pocos medios de comunicación empeñados en defenderla, y con ella al régimen constitucional del 78, fue espectacular. Tomó la calle en gigantescas manifestaciones, cuidó entre algodones a un PP sin pulso y esperó a que Rajoy se desperezara y creyese en ganar las elecciones. Pero ha sido perderlas y ponerse a defender su poltrona del PP contra los suyos con fiereza nunca demostrada frente al PSOE. Lo flanquea el aparato del partido, cuya nómina administra, lo escoltan unos líderes regionales que impiden un relevo democrático de Rajoy esperando que el traumático les favorezca, y lo jalean Gallardón, el PRISOE y todos los medios que atacan al PP. Rajoy, sansoncito ciego, mueve las columnas del templo y amenaza a los fieles, mientras el PP, claro, se vacía a toda prisa.
BAJO EL VOLCAN
MARTIN PRIETO
Esperanza Aguirre, en el asador
Cuando Esperanza Aguirre perdía por la mínima las penúltimas elecciones a la Comunidad de Madrid la llamé al móvil para darle ánimos. No sé en qué colegio estaba recontando el último voto y parecía risueña. Luego vino el tamayazo y, aun pudiendo agarrarse al clavo ardiente de una defección socialista, no dudó en que lo decente era repetir los comicios, de los que saldría victoriosa, espantado el electorado de los navajazos en el Partido Socialista de Madrid. Doña Espe tiene buen talante aunque no lo pregone.
Mariano Rajoy ha debido tomar mucho chile en sus largas vacaciones mexicanas porque ha vuelto tronador, más contra sus propias filas que contra el Gobierno. En la segunda parte de la pasada campaña electoral, Rajoy experimentó un subidón y creyó firmemente que iba a ganar las elecciones, a lo que debió contribuir el brujo Pedro Arriola que le dio endorfinas por boca, y no está sabiendo administrar su derrota. Ahora ha dado a suponer que el PP es un partido de bases y que el enfrentamiento entre barones fue la tumba de UCD. Baronías ha habido siempre, como cómitres en las galeras. Ningunear a los barones es suicida y maltratar a Esperanza Aguirre impeliéndola a irse al Partido Liberal (que no tenemos) es una chocarrería. Rajoy ha compartido Gobierno con ella y sabe que se hizo liberal en San Sebastián y con coletas.
Rajoy, pese a su niña, no ha logrado rascar al PP esa cascarilla de partido antipático, hosco, del que Esperanza Aguirre se quejaba en su mitin de ABC. Y mienta a EL MUNDO y a la Cope, que empujaron su candidatura, ignorando que la libertad no consiste en tener un buen amo sino en no tenerlo, como sostenía Cicerón.
El reconcomio de Rajoy -humanos somos- reside en que ganó unas oposiciones a registrador de la Propiedad y ha perdido las elecciones a las que se ha presentado. ¡Cuántas trizas no se hubieran hecho de Esperanza Aguirre si llega a perder la Comunidad de Madrid por un solo escaño!
Esperanza no es inocente pero no se merece que la echen de la política como si fuera responsable de los quebrantos de Rajoy, que se está radicalizando como los radicales libres y liga menos que los gases nobles. Sólo tiene zalemas para ZP.
Aguirre es un lujo nacional. Es una abogada que ha pasado por Educación y la Presidencia del Senado, dejando buena memoria de sí; es inteligente, atractiva, y sabe vestir. Vende muy bien el producto y es un poco ácrata.
En las primarias socialistas (y únicas) convocadas por Joaquín Almunia, se presentó José Borrell con gran alharaca. «Me tiré a la piscina por ver si había agua», dijo el descalabrado. El aparato partidario y El País se encargaron de airear las amistades peligrosas del osado candidato. Rajoy no quiere primarias con sus respectivas alianzas sino cisnes unánimes; un congreso a la búlgara, con una proclamación del ciento por ciento.
Como planea sobre nosotros la cuestión nacional abierta por Zapatero (¿qué es España?) es lógico que la derecha (no la derecha extrema ni la extrema derecha) se cobije bajo la gaviota, a ver si escampa y salvamos los muebles. Pero hay un centro y bastantes liberales a los que molesta el excesivo peso del Estado.
Rajoy, que llevó con donaire su primera oposición, procura ahora un totum revolutum en el que sólo se entiende su voz de mando sobre las masas desfilando. Sólo se apela a las bases cuando se quiere encastillar un poder personal. ¿Tendrá tanto miedo Rajoy a que le defenestren? En mi inocencia pronostiqué que Rajoy no tenía uñas de guitarrero y daría un paso al costado para postular, precisamente, a Esperanza Aguirre.
A la presidenta de Madrid sólo le encuentro un defecto: no es diputada. Y no se puede dirigir la oposición desde la tribuna de invitados del Congreso. O a Rajoy se le ocurre algo mejor que poner en escabeche a los suyos o a Zapatero se le va a caer el pelo en La Moncloa. Y para conjurar eso Esperanza Aguirre tiene más ideas y más tiempo que este agotado Rajoy.
ZOOM
CARMEN RIGALT
¿Y ellos, qué?
Llevamos una semana sabiéndolo todo de ellas. Que si son demasiado jóvenes o están demasiado embarazadas. Que si frecuentan a videntes (Maleni) o no comen ni beben ni fuman (Salgado). Que si tienen un esqueleto fashion (Garmendia) o visten de Zara (ahora no se me ocurre ningún nombre, pero haberlo, haylo). Este tipo de comentarios no se hacían cuando los gobiernos eran mayoritariamente masculinos, pero tampoco hemos de escandalizarnos por eso. Los hombres suelen ir uniformados. Si van de serios, usan traje y soga al cuello, y en vacaciones optan por bermudas con chanclas; y, si la cosa se pone pija, por vaquero a juego con polo de caballito en la tetilla.
El otro día asistí a una despedida de solteros (él y él) con mucha presencia uniformada. A los gays se les supone creativos y descabalados, pero es mentira. Estéticamente repiten sus signos de identidad: cabezas rapadas, musculatura agresiva, camiseta ceñida, deportivas fosforescentes, y en ese plan. Transgredir, lo que se dice transgredir, no transgrede ninguno. Se copian unos a otros.
La variante femenina es seguramente una ilusión óptica, pero funciona. Si en una hilera de hombres grises, surge un vestido rosa chicle, los ojos se desvían hacia él. No es bueno ni es malo. Sucede así y punto. No me escandaliza pues que las ministras sean objeto de comentarios al margen. Yo misma contribuyo a añadir alguno. Por ejemplo: este fin de semana hemos visto a Chacón comiendo abundante rancho en Herat. Se conoce que los cocineros del Ejército están un poco chapados a la antigua y creen que la mujer embarazada ha de comer por dos. Menudos platos le sirvieron a la ministra. Todavía estoy eructando a cuenta del hartazgo que me produjo la foto. ¿Se dejaría comida en el plato? Sinceramente, su situación era harto embarazosa.
Pero no voy a seguir hablando de ministras, que ya tienen bastante con lo suyo. Ahora les toca a los ministros. ¿Qué pasa con ellos? ¿Aprovecharán que el foco está centrado en sus compañeras para escabullirse? Siempre ha habido ministros tontos, unos por exceso y otros por defecto (por exceso de tontería o por defecto de listeza), pero sólo en casos excepcionales han sido coronados con los adjetivos que adornan a las chicas. Como ellos no visten de rosa chicle, pasan inadvertidos. Yo no pienso contribuir a que se mimeticen con el paisaje, así que ahora mismo señalo a mis preferidos.
Uno es Bermejo, ese señor de voz atiplada y andares huecos que ejerce de perdonavidas en Justicia. El otro, Bernat Soria, se cargó su aureola de investigador nada más llegar al Gobierno y ahora nadie sabe muy bien a qué se dedica. Las competencias de Sanidad están transferidas y, encima, Garmendia se ha quedado con la investigación biosanitaria. El ministro está aburrido. Su salida natural es seguir haciendo realismo mágico en el currículo.
ERASMO
De fútbol
Torneo de geómetras en El Sardinero. Botas blancas no ofenden en su porfía tras el gol, tal sobresalto efímero, insuficiente para rapsodas atropellados que exigen cada weekend un cantar de gesta por su pay per view. Juegan con diez, cual púgil con una mano atada a la espalda, ganan y: son increpados. O Barça (asaltado), tan razonable mas poco afortunado. De triángulos: gloria, pasión y energúmenos
A CONTRAPELO
SANTIAGO GONZALEZ
Llegó la crisis
A Rajoy le ha pasado con la política lo mismo que a Zapatero con la economía: que ha visto cómo en un momento la desaceleración se transformaba en crisis. La diferencia, a favor de los socialistas, es que la crisis que gestionan ellos es a escote, mientras la crisis política de los populares es personal e intransferible. Da la impresión de que la derecha española, sin un liderazgo enérgico que le aporte una cierta cohesión, se deshilacha por las taifas y los personalismos.
Con el aldabonazo del sábado en Elche, Rajoy ha tratado de afirmar ese liderazgo, aunque el resultado parece escasamente estimulante para su clientela potencial. No por culpa suya solamente, claro. Después de una derrota como la que experimentó el PP el 9 de Marzo, lo más lógico habría sido dejarle gestionar el resultado y pactar la renovación del partido de aquí al congreso de Valencia, en vez de convertir este tiempo en una batalla por las primarias, ni siquiera declarada por una de las partes, pero igualmente encarnizada.
Deberían tomar nota de la experiencia del PSOE. Hicieron unas primarias que ganó Borrell y, a la vista del éxito, no volvieron a convocarlas. No parece que de este tiempo vaya a salir un proyecto político centrado capaz de ilusionar a esos dos millones de votantes socialistas que quiere atraer Rajoy. Si el congreso se resuelve bien, puede que el Partido Popular esté en disposición de ganar las elecciones de 2016.
Zapatero ha demostrado su capacidad para gobernar durante una legislatura mediante un pacto de aislamiento al principal partido de la oposición. Lo más notable es que, después de fracasar en sus proyectos clave, haya vuelto a ganar las elecciones con la estrategia contraria, ofreciendo pactos al PP. Ha conseguido convencer a la opinión pública de que la clave de los fracasos macro no está en la acción del Gobierno, sino en la actitud de la oposición. El éxito en este empeño ha sido tal que los populares han interiorizado la falacia. Como si creyesen que su oposición era un elemento de crispación, se muestran dispuestos a alcanzar acuerdos donde en los cuatro años anteriores no pudieron, dando la razón retrospectivamente a las acusaciones socialistas ante la opinión pública.
En consecuencia, y mientras el Gobierno surfea sobre la crisis económica con ministras y cuidados paliativos, los populares han colgado el cartel de las familias no reciben, al tiempo que han pedido pista y focos para depurar sus responsabilidades. Se han convertido en ruiseñor de sus desdichas y eco de la mala suerte, como diría aproximadamente Miguel Hernández. Mientras, Zapatero forma un Gobierno a su imagen y semejanza cuya tarea fundamental no es tanto la gestión de los problemas como hacer pedagogía, es decir, para que nos vayamos enterando. Le ha faltado en realidad un poco más de audacia revolucionaria, porque en el fondo no puede sustraerse a su condición socialdemócrata: si se hubiera atrevido con un gabinete compuesto exclusivamente por ministras, salvo él mismo, habría blindado la gestión de la acción de gobierno a cualquier crítica, que sería inmediatamente descalificada por machista y sus autores, quizá imputados en alguno de los supuestos que contempla la Ley contra la Violencia de Género.
El PP está en crisis y, en vez de modular como oposición, se va a embarcar en un debate ideológico. Y en un juego político distinto: ya no es verdad universal que la derecha se una por intereses y la izquierda se divida por ideología. Ahora son los de derechas los que parecen trotskistas.
A FONDO
Chacón o el 'macguffin' de Zapatero

Zapatero consiguió su propósito. La imagen de Carme Chacón pasando revista a las tropas en su toma de posesión fue portada de todos los periódicos españoles y dio la vuelta al mundo.
El nombramiento de una mujer al frente de Defensa era el colofón mediático a uno de los grandes pilares sobre los que el presidente ha construido su Gobierno.
La medida ha despertado la simpatía de la mayoría de las mujeres y ha generado una polémica política y, sobre todo, periodística que, a medida que desgrana sus argumentos, beneficia más a Zapatero.
No sé si, conscientemente o no, Zapatero ha hecho de Chacón su particular macguffin político. El término macguffin fue inventado por Alfred Hitchcock para definir un recurso efectista que consistía en atraer la atención del espectador hacia un elemento secundario para despistarle. El maestro del suspense lo utilizó en muchas de sus películas. El macguffin más conocido de su filmografía fue el inexistente espía George Kaplan en Con la muerte en los talones, historia protagonizada por un siempre magistral y ya maduro Cary Grant.
En puridad, al margen de que el objetivo del presidente haya sido más bien espúreo, el nombramiento de Chacón es impecable. ¡Una mujer en Defensa! ¿Y qué tiene de malo? ¡Una mujer embarazada al mando de los ejércitos! ¿Acaso las mujeres no ejercen cualquier profesión mientras están embarazadas? ¿Cuál es el problema?
El macguffin de Zapatero ha tenido la virtud de desatar un debate público que revela la pervivencia del machismo en muchos de nuestros comportamientos. Los que cuestionan la idoneidad de Chacón para ser ministra de Defensa por ser mujer y estar embarazada no sólo están atacando una decisión políticamente correcta, sino que están poniendo de manifiesto una concepción anticuada y retrógrada sobre el papel de la mujer en la sociedad.
Si se circunscribe el debate sólo al caso Chacón, Zapatero siempre llevará las de ganar.
A Carme Chacón habrá que juzgarla por su gestión, como a cualquier ministro. Conociéndola, seguro que se esfuerza mucho más que si fuera un hombre, aunque sólo sea por demostrar que ella no ocupa ese puesto sólo por el hecho de ser mujer. Como muestra de ello, su viaje relámpago a Afganistán para visitar a las tropas españolas (¡y eso con un embarazo de siete meses!).
El problema no es Chacón, sino el objetivo pedagógico que Zapatero ha pretendido trasladar a la sociedad con su Gobierno. Predicar con el ejemplo, por regla general, es bueno. Pero hacer del Gobierno un escaparate ideológico, convertir las carteras ministeriales en referente de una política de cuotas y, además, tener la osadía de crear un Ministerio de Igualdad es revelador de la concepción conductista de la política que tiene el presidente. No elige a los mejores para cumplir una función específica, sino que decide quién la cumplirá en virtud de un criterio de género previamente establecido que debe dar como resultado final una mujer más que el número total de hombres.
Lo criticable de Zapatero no es si Chacón es o no idónea para su cargo, sino esa concepción de la política en la que la propaganda, la imagen, priva sobre todo.
Esperanza Aguirre, con un olfato que para sí quisieran muchos dirigentes del PP, no cayó en la trampa y valoró la incorporación de mujeres al Gobierno como «una de las mejores cosas que ha hecho Zapatero. «Este es el siglo de las mujeres», remachó.
Para que quede claro. Lo malo del presidente del Gobierno no es que haya nombrado a nueve mujeres ministras. Si lo hacen bien, la decisión habrá sido un acierto y habrá que aplaudirla. Lo cuestionable es que Zapatero venda como un éxito en sí mismo el hecho de nombrar a nueve mujeres ministras.
En esa idea de la política como ingeniería para modificar conductas es donde radica el peligro del nuevo Ministerio de Igualdad.
¿Cuál será su contenido? Se dice que, en principio, se ocupará fundamentalmente de las políticas sobre violencia de género. El Gobierno, hasta ahora, ha fracasado en ese asunto. Las cifras de maltrato y de víctimas causadas por el comportamiento machista son cada día más alarmantes. Hay una ley consensuada por todos los partidos que ha supuesto un endurecimiento de penas para sus infractores. Parece que el fallo no radica tanto en la norma como en los medios habilitados para aplicarla. Es decir, que faltan más policías, más psicólogos, métodos más sofisticados de aviso, etcétera. Y también, más ayudas económicas para que las maltratadas puedan abandonar sus hogares.
Cualquier propuesta que vaya dirigida a mitigar esa lacra será bienvenida por la inmensa mayoría de la sociedad.
Lo preocupante es que el Ministerio de Igualdad quiera hacer honor a su nombre y pretenda imponer la filosofía que ha inspirado a Zapatero para conformar su Gobierno en el ámbito privado. Es decir, que se tenga la tentación de regular por sexos quiénes deben ocupar los puestos directivos, por ejemplo. De hecho, la Ley de Igualdad ya contempla un trato discriminatorio para las empresas que no cumplan las cuotas establecidas en sus consejos de administración.
Según los datos que Eurostat hizo públicos este año en la víspera del Día de la Mujer, en 2006, en España el 31,8% de los puestos de responsabilidad en las empresas los ocupaban mujeres (la media de la UE es el 32,6%). El porcentaje es todavía bajo, pero lo importante es la tendencia. Por ejemplo, según la misma fuente, en la Administración Pública las mujeres ocupaban en 2006 el 33% de los puestos de nivel superior. Sin embargo, en 1999 ese porcentaje era tan sólo del 17%.
Es decir, que en siete años el número de mujeres con los máximos niveles en la Administración se ha duplicado.
La igualdad de oportunidades y no las políticas de discriminación positiva es lo que explica ese fenómeno. En muchas facultades ya estudian más mujeres que hombres. En la Administración -que, por norma, no discrimina a sus funcionarios por sexos-, en no mucho tiempo habrá más mujeres que hombres ocupando los máximos niveles.
Si el Gobierno quiere aplicar una política que fomente de verdad la igualdad, tendría que hacer mucha más incidencia en las medidas que impidan la discriminación y dejar en segundo plano las ordenanzas que imponen la discriminación a la inversa. Por ejemplo, debería ocuparse (con la colaboración de empresarios y sindicatos) de impedir que las mujeres, a trabajo igual, cobren menos que los hombres. La tasa de ocupación femenina (55%) es mucho más baja que la masculina (73,2%). La inversión pública en guarderías gratuitas o de bajo coste hará mucho más en favor de la igualdad de la mujer que toda la propaganda oficial (incluidas fotos con ministras en la escalinata de Moncloa).
Nos queda mucho camino por recorrer. Pero resistirse a la evidencia es tan ridículo como inútil. En las sociedades abiertas y democráticas, en las que se juzga a las personas por lo que valen y no por su origen, raza o religión, las mujeres no deben tener ningún impedimento para ocupar los puestos de máxima responsabilidad. Parafraseando a Bono, un mundo con más mujeres al mando sería bastante mejor que éste.
casimiro.g.abadillo@elmundo.es
TINTA RAPIDA
RAUL RIVERO
Sobras escogidas
Mijail Gorbachov, casi octogenario y con su ajada corona de laureles bajo la chapka de piel de oso, se inscribió esta semana en la enorme lista de personajes que no pueden soportar ni un minuto de comunismo en su país, pero que consideran que el pueblo cubano se merece y necesita vivir bajo esos hados fatales.
Es un inventario de acólitos y bárbaros. Una plantilla que cobra en euros, en especies o en suspiros y certificados. Tienen en común una posición discriminatoria que se presenta sin complejos con este mensaje: nosotros estamos hechos para vivir en democracia y con todos los privilegios de una sociedad libre, pero aquellos indios y negros del Caribe tienen que ser felices bajo las estructuras de un sistema que fracasó en Europa.
El señor de la glasnot y de la perestroika, el promotor de las primeras corrientes de libertad en Rusia, después de más de 70 años de controles y agobios para los ciudadanos, dice ahora que Cuba es un país independiente. Sale a defender las conquistas sociales de la educación y la salud pública alcanzadas por su «destacado y talentoso» amigo Fidel Castro, quien, según Gorbachov, «respondió a los intereses del pueblo».
Un hombre lúcido, un individuo que llegó a dirigir la ingeniería tramposa en la que se basa el totalitarismo, no puede pedir con ligereza respeto para que la nación cubana elija sus propias opciones bajo un régimen incapaz de permitir elecciones libres en los últimos 50 años.
Gorbachov se muestra comprensivo con las reformas anunciadas por el Gobierno de La Habana. Explica su gesto porque cuando era una joven promesa del Kremlin, en su ciudad natal (Krai de Stavropol), recibió en una ocasión a Raúl Castro, y porque, durante su mandato en la Unión Soviética, se entrevistó en varias ocasiones con el hermano mayor.
No menciona, no quiere recordar los avatares de su última visita a la isla como líder comunista, en 1988, cuando tuvo que huir de salón en salón, negándose, en medio de una perreta pública, a que lo condecoraran con las mismas medallas que le habían dado ya a Leonid Breznev, Todor Yivkov y a Nicolás Ceaucescu. Pero aquello ya se olvidó. Este es otro tiempo.
Gorbachov se muestra contrario al embargo de Estados Unidos al Gobierno cubano. Muy bien. El problema es que no dedica ni una palabra al cerco que el régimen le impone a los habitantes del país con medidas (en su época, él fue un experto en ellas) diseñadas para regular hasta la intensidad de la tristeza.
Hace muchos años, este hombre pidió para Rusia esta fórmula: «La instauración de la democracia en toda su plenitud y la reinstauración del sistema político con partidos independientes».
Los habitantes de la isla quieren lo mismo. Lo van a conseguir y un día romperán, sin odios, esa nómina que firmó ahora también Mijail Gorbachov.
TRIBUNA LIBRERAFAEL NAVARRO VALLS
El viaje más urgente para Benedicto XVI
En vísperas de la independencia americana, las 13 colonias -excepto Rhode Island- que constituirían Estados Unidos dictaron leyes discriminatorias contra los católicos. De hecho, los 34 presidentes que precedieron a Kennedy en la Casa Blanca fueron protestantes.
Cuando en la campaña electoral de 1928 un católico -Al Smith- se presentó a la Presidencia, los ataques más duros contra su candidatura vinieron de los sectores protestantes y el Ku Klux Klan. Han pasado los años y, hoy, cinco de los nueve jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos son católicos, seis de los precandidatos que comenzaron la carrera electoral de 2008 para la Presidencia también, y nadie se extraña de que el oponente más fuerte que tuvo George W. Bush en sus aspiraciones presidenciales fuera el católico John Kerry. De hecho, casi 70 millones de estadounidenses son católicos.
Esto explica que con este nuevo viaje de Benedicto XVI, Estados Unidos sea, junto con Polonia, el país más visitado (nueve ocasiones) por los Papas. Así pues, el primer objetivo de la visita que ayer concluyó el Pontífice ha sido pastoral: alentar a los católicos y hacerles tomar conciencia de su responsabilidad como fermento en el país más poderoso de la Tierra. Entre ellas «difundir con valentía la cultura de la vida». Las concentraciones en el Nationals Stadium de Washington y en el Yankees Stadium de Nueva York han ayudado a lograrlo.
Al comprobar el lleno hasta la bandera del aula de plenos del palacio de vidrio de las Naciones Unidas, los cinco minutos de aplausos de los asistentes y la repercusión del discurso de Benedicto XVI nadie diría que, hace unos años, una serie de ONG interesadas en el control de natalidad vía aborto desataran una campaña contra la Santa Sede para despojarle de su estatuto de observador permanente ante las Naciones Unidas. Pero ratifica el hecho de que, en julio del 2004, la misma Asamblea General a la que Benedicto XVI acaba de dirigirse aprobara por unanimidad una resolución que, no sólo confirmó, sino que reforzó la presencia de la Santa Sede en la ONU. Precisamente por ello, el inicio de su mensaje ha sido manifestar «su estima» por una organización que debe cada vez más ser un «signo de unidad entre los estados e instrumento al servicio de toda la familia humana».
Esa universalidad de la ONU ha sido la condición propicia para que Benedicto XVI insista en la en la fundamentación de los derechos humanos: «Estos están basados y plasmados en la naturaleza trascendente de la persona, que permite a hombres y mujeres recorrer su camino de fe y su búsqueda de Dios en este mundo». Su respeto continúa siendo la estrategia más efectiva para eliminar las desigualdades entre países y grupos sociales y para aumentar la seguridad mundial. Con esa fundamentación universal -en mi opinión- el Papa ha querido salir al paso de quien considera que, al ser las grandes declaraciones de derechos humanos de inspiración grecolatina y judeocristiana, no tienen en cuenta otras concepciones del hombre. Al desconocer esos derechos -dicen- no violan algo universal, sino algo sectorial, con lo que crean una coartada para no sentarse en el banquillo de los acusados.
Naturalmente, en el elenco de derechos humanos, el de libertad religiosa aparece radicado en «la primera de las libertades». Por eso mismo ha insistido el Papa Ratzinger en que «es inconcebible, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos -su fe- para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos». Una clara advertencia para los regímenes o los gobiernos que quisieran relegar a los cristianos o a los católicos a las catacumbas sociales.
Se esperaba que hiciera alguna referencia al tema de los abusos sexuales de una minoría de clérigos. Pero ha sorprendido que por cuatro veces aludiera a ese escándalo. La sorpresa arranca de que, en realidad, esta cuestión hunde sus raíces en los años 50 y estalla a principios del 2000 en sus repercusiones patrimoniales. Algo, pues, que pertenece al pasado. Sin embargo, con su insistencia, el Papa ha querido, de una vez por todas, pasar de la página de la «vergüenza» a las páginas de la «esperanza» y la «purificación», como ha subrayado el portavoz de la Santa Sede al comentar el encuentro que mantuvo Benedicto XVI con víctimas de esos abusos.
Naturalmente, en una sociedad multicultural -melting pot- como es la estadounidense, han sido inevitables los encuentros interreligiosos. Con una nota de color: sólo faltó la comunidad sij porque, por tradición, en sus reuniones solemnes acuden siempre con el puñal ceremonial famoso. El Servicio Secreto de EEUU les ha prohibido llevarlo y los ha dejado fuera: ¡cosas de América!
En esos encuentros, el Papa ha subrayado la necesidad de defender la verdad objetiva, por encima de la fragmentación a que tiende la conciencia humana. Según me ha parecido entender, es la implícita idea de que cuando «se vive en la verdad» se puede cambiar lo que en la Historia parece inmutable. De ahí su grito de alarma a los líderes cristianos de Nueva York: «El laicismo radical arruina la verdad de la trascendencia». Buscando siempre los puntos de unión, en una sinagoga de la ciudad de los rascacielos, ha subrayado con elegancia el hecho conmovedor de que «Jesús, siendo joven, escuchó las palabras de la Escritura y rezó en un lugar como éste».
Con los jóvenes -como ocurría con Juan Pablo II- Benedicto XVI ha hablado a corazón abierto. Alertándoles sobre las amenazas que se ciernen en torno a las vidas vacías, no ha dudado en hacerles la sobrecogedora confidencia de que también sus años de adolescente «fueron arruinados por una ideología: la del nazismo».
Pero no todo han sido discursos. Probablemente, el momento más conmovedor de la visita ha sido su bajada al punto más profundo de la Zona Cero de Nueva York, el llamado bed-rock, donde se encuentra el cráter en el que antes estaban las Torres Gemelas, destruidas por el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001. Allí se ha encontrado con un reducido grupo de parientes y víctimas de la tragedia y ha rezado -profundamente emocionado- una sencilla oración pidiendo «la sabiduría y el coraje para trabajar incansablemente por un mundo en donde reinen la paz verdadera y el amor entre las naciones y en los corazones de todos». El simbólico flash de tristeza ha contrastado con la alegría desbordante de las miles de personas concentradas en el Yankees Stadium.
Esta visita ha coincidido con dos aniversarios muy personales del Papa: su 81 cumpleaños y el tercero de su elección como pontífice. El primero lo inició en la Casa Blanca, en un encuentro en el Despacho Oval con Bush, el presidente de la nación más poderosa del mundo. Un momento interesante, si se piensa que el Papa es, a su vez, la primera autoridad moral de la Tierra. Bush ha sido consciente de eso. Al día siguiente celebraba el presidente un desayuno de oración con católicos y subrayó el privilegio que supuso para él poder conversar con el Santo Padre en el Estudio Oval. Desveló algo de la conversación al definir a Benedicto XVI como un líder «valiente en la defensa de las verdades fundamentales; alguien que comprende que cada persona tiene valor y que cada uno de nosotros es deseado, cada uno de nosotros es amado y cada uno es necesario».
El segundo aniversario lo comenzó rodeado de más de 3.000 obispos, sacerdotes y religiosos de toda América. El Papa es consciente de que cada vez le queda menos tiempo. De ahí su petición de oraciones: «Como Pedro, yo también tengo mis defectos y mis límites: ayudadme a ser un buen Papa en este momento histórico». Por eso pidió a un grupo de enfermos y discapacitados: «Rogad por mí: el tiempo vuela».
¿Cuál ha sido el balance de esta visita? Sólo con perspectiva histórica podrá hacerse con rigor. Recién concluida, cuando el avión del Papa vuela del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy al de Fiumicino, podemos decir que éste ha sido un viaje de urgencia. Un viaje que probablemente -por su edad y como se ha recordado- no podrá repetir Benedicto XVI. En ese contexto urgente se me ha venido a la cabeza aquella memorable frase de Alexis de Tocqueville referida a EEUU: «El despotismo puede prescindir de la fe; la libertad, no». El propio John Adams decía que la Constitución americana «está hecha para un pueblo moral y religioso».
Una síntesis del mensaje radical del Papa en EEUU podría ser el que hace años Ratzinger dejaba por escrito en un libro, precisamente en referencia indirecta al gran país que acaba de abandonar: «Apartarse de las grandes fuerzas morales y religiosas de la propia historia es el suicidio de una cultura. Cultivar las evidencias morales esenciales, defenderlas, protegerlas como un bien común sin imponerlas por la fuerza, constituye una condición para mantener la libertad frente a todos los nihilismos y sus consecuencias totalitarias».
Rafael Navarro Valls es catedrático de la Universidad Complutense y autor del libro sobre el Vaticano y EEUU Del poder y de la gloria .
EL RUIDO DE LA CALLE
RAUL DEL POZO
Madrid es culpable
La verdad es molesta y no existe mayor peste en la política que la adulación y la lisonja. Mariano Rajoy, después de la derrota, se ha echado en brazos de un séquito de oligarcas locales y figurillas de falla que, desde el coche oficial, como dogmáticos perrunos, piden que el presidente del PP se suceda a sí mismo en un congreso teatral. Qué digo teatral, sería más correcto decir de títeres, de los que un día no quedará uno con cabeza. Hasta el mono del maese Pedro acabará huyendo entre las barracas por la albufera donde el propio Blasco Ibáñez decía lo de arroz y tartana y trampa adelante.
Dos meses antes de la mascletá, Don Cristóbal ha sacado la cachiporra y le ha dado en la croqueta a la seña Rosita diciendo: «Que esconda el rabo la zorra /porque le doy con la porra». Callad para que el silencio se quede más clarito. Los muñecos son accionados por hilos desde la parte superior del escenario. Hay 700.000 espectadores silentes, aturdidos con el arte de marear, observando que el Tío Vivo se queda.
Recuerdo el mejor discurso de Rajoy. Tronó contra el combo regionalista en la Puerta del Sol, entre Carlos III a caballo y Esperanza Aguirre de pie. Nos dijo que somos una nación de personas, que nuestra Constitución es todo el pueblo. Pero desde la periferia y desde Moncloa ha estado sometido a un bombardeo de ablandamiento que al final ha tenido éxito. Le han comido el coco sus adversarios, que ahora lo jalean en sus medios. Los cuentacuentos le han llevado a entrar en una extraña alucinación que consiste en comer tórtola con arroz los fines de semana, alabando en sus mítines la aldea y menospreciando la Corte. Ese espejismo ya lo sufrió Gil Robles cuando se dio cuenta de que había que ir a por los 300 en las provincias. El gran hórreo de votos de Rajoy está en Madrid, que ZP ve como olla neofascista, además de en Valencia y en Murcia. Pero en el Foro, Esperanza, la más votada en la Historia de Madrid, pide un congreso democrático. Y por eso le están dando con la cachiporra.
Decía Unamuno que los gallegos salen de la charca y llegan a Madrid a ser ministros. No es así. Madrid ya no es una ciudad para pícaros y provincianos logreros, pero escribe EL MUNDO un editorial con el que estoy de acuerdo: Mariano Rajoy, en su discurso de Elche, acudió al populismo anticapitalino como un demagogo de campanario. Bramó contra los que confunden las 25 personas de Madrid con España y lo dijo metido en el aparato, controlado por él mismo y por menos de 25 personas organizadas en una casta, como las termitas.
Madrid es de todos los sitios de España donde mejor se dice gilipollas. Está a punto de decírselo a los guiñoles de Génova, 13.
Etiquetas: Firmas





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