FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Arcadi Espada, Erasmo, Pedro G. Cuartango, Raúl del Pozo, David Torres, Elie Wiesel

COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
La doctrina Ortiz
Yo creo que a Telma Ortiz y a su pretensión de censura judicial previa a los medios que quieran publicar imágenes suyas les perjudican dos cosas: la primera es la Constitución, que se compadece poco con esa censura; la segunda, a mi juicio mucho más grave, es que viene tras la querella de su hermana y su cuñado, los Príncipes de Asturias, contra la revista El Jueves, saldada con una multa a la astrosa publicación que tuvo la dudosa virtud de resucitarla. Jorge de Esteban explicó diáfanamente este verano en EL MUNDO el disparate de esa sentencia, anticonstitucional de cabo a rabo, ilegal de arriba abajo, revocable a poco tardar. Y, más sutilmente, subrayó lo absurdo, si no siniestro, de esa pulsión liberticida en una institución que encuentra en la imagen pública su verdadera fuerza popular. El flash entra en el sueldo de la Familia Real. Es más: no habría sueldo sin flash. Y eso no hay tribunal que pueda revocarlo ni revolcarlo. Pero la causa de las libertades, que incluye, faltaría más, el derecho de las personas a su intimidad y a no ser atropelladas por esas paparahordas de periobárbaros que enfangan a diario el hecho y el derecho informativo en las empresas telebasurientas, puede perder, por un planteamiento equivocado, la razón que, a mi juicio, sí asiste a su demanda judicial. O mejor: el derecho que subyace en esa demanda aunque se haya planteado de una forma absurda y al cabo contraproducente para esa razón que invoca. Yo creo que tanto las empresas de comunicación como los periodistas y periocafres -especies emparentadas, como la del hombre y el orangután, pero que convendría no confundir- debemos asumir que más tarde o más temprano tiene que cambiar la actual forma de acosar salvajemente a los famosos y a sus familias sin la menor consideración ética o estética. Hay hipocresía, sin duda, en esa gente que quiere carne o carnaza para el chisme pero censura los abusos de los fotógrafos que atropellan al gremio pantojil, pero la hipocresía no da derecho a atropellar al hipócrita. El Estado de Derecho debe garantizar el derecho a la información y a la opinión, siempre esenciales y más si cabe en la sociedad actual, pero no puede respaldar la grosera caricatura que de la libertad de expresión hacen a diario las paparahordas. Más tarde o más temprano, los jueces van a entrar a saco en esos abusos y, con cuatro garzones y cinco valeyás, acabarán de paso con unos derechos que no son de los periobárbaros sino de los ciudadanos. La doctrina Ortiz nace inútil, pero sería útil si abriera un camino no transitado aún por los jueces: las multas disuasorias a los medios que compran y, por tanto, garantizan ese acoso brutal a famosos y familiares. No multitas que resucitan, como la de El Jueves, sino multazas a la altura del beneficio empresarial. Ese, no la censura previa, es quizás el único camino.
ZOOMARCADI ESPADA
D(r)ama Ortiz
Naturalmente yo no sabía quién era Telma Ortiz hasta que ha aparecido en los periódicos para exigir que la saquen de ellos. Su petición al juez es concreta: quiere que el mundo la olvide. A primera vista el drama Ortiz es fácil de imaginar. El drama de una chica normal. A veces, a las chicas normales las hacen princesas y otras veces cuñadas. Una gran injusticia, pero así va el mundo. La hermana de la princesa quiere intimidad, que dejen de fotografiarla y de escribir sobre ella. Bueno, no es cualquier cosa. El blindaje de la intimidad de los personajes públicos supondría una catástrofe mediática, y por lo tanto económica, importantísima. El negocio se constituye a partir de una cesión de la intimidad (como la democracia se constituye con una cesión de la soberanía) que implica infinitos grados, diversamente acompasables con la ética y la legislación. El drama Ortiz persigue el cierre del negocio y no sólo porque atañe a la fracción biliosentimental. Es impracticable que para justificarse la hermana de la princesa argumente que es un personaje privado. No hay otro estatus del personaje público que éste: público es el personaje que decide el público.
ERASMO
Belloch
En Madrid (con José Bono). Tan formidable metamorfosis, una resurrección. De biministro, oruga improbable, los años peligrosos del «Caso Roldán», el «cochero de Drácula» (sic), a espléndida mariposa multicolor, apacible alcalde de consensos, hombre feliz (ánimo y silueta: M. Cruz Soriano), inventor formidable de Expo Zaragoza, paralela, grandiosa mutación urbana. Belloch: agua que piensa. Skol. (Con vino).
A DIESTRA Y SINIESTRA
DAVID TORRES
Haraquiri
La descomposición del PP empieza a parecerse a una de esas películas de zombis y vampiros donde el supuesto héroe corre para salvarse de la plaga mientras no deja de acuchillar monstruos en su huida. Génova se va llenando de cadáveres mientras el tren político avanza hacia el congreso de verano como el Transiberiano hacia el pánico y a nuestro héroe ya le asalta la duda de si, entre tanta sangre y tanta estaca, no lo habrán infectado por el camino.
Es una duda más que razonable porque, después de dos elecciones fallidas a sus espaldas, nuestro héroe, Mariano Rajoy, mira mosqueado por encima del hombro, como si alguien le hubiera escrito «Nacido para perder» en el cuello de la chaqueta. Rajoy se fija en los espejos de González y Aznar, que también perdieron dos elecciones generales antes de alcanzar la gloria, pero no acaba de caer en la cuenta de que ninguno de los dos líderes llevaba el desgaste político que carga él encima, los largos años en que fue ministro y vicepresidente y que le cuelgan encima como ristras de ajos. Rajoy ya huele y no a rosas precisamente sino al aura de fracaso que lo acompaña allá donde va. Sólo cinco años lo separan de Zapatero pero ese lustro, en su barba, parece una época.
Rajoy se mira al espejo como la Cenicienta, para que le diga quién es el más guapo del PP, pero el azogue sólo le devuelve el vacío, la nada gélida que envuelve a los vampiros. No hace falta ningún sexto sentido para comprender que la niña que buscaba como loco en la última campaña ya le ha dicho 20 veces lo que le decían al pobre Bruce Willis: que lo malo de los muertos es que no saben que lo están. Algunos hasta se empeñan en creer que han ganado unas elecciones perdidas.
Obcecado, alucinado, Rajoy sigue en pie como el monstruo de Frankenstein, hecho con pedazos de votantes, otro zombi que se aferra a la ilusión de una derrota triunfal cuyo epitafio fue grabado a fuego en el 11-M y corroborado cuatro años después en las urnas. Se resiste a morir, a hacer compañía a los demás zombis del pasado (Zaplana y Acebes, acuchillados en sus respectivos ataúdes) y lo malo es que, en su lucha contra la realidad, el castillo encantado de Génova ya arde por los cuatro costados y hay víctimas inocentes (como María San Gil) que ensangrientan los pasillos.
Nada está más cerca del horror que la risa. Cuando en las películas de terror hay exceso de muertos y vampiros, entonces el espectador suelta la carcajada. Como en esas profusas peleas de la Hammer, donde el Hombre-Lobo mordía a la momia y Frankenstein zarandeaba al Conde Drácula, el PP está pagando los platos rotos de un candidato requemado que ya no vale para actor principal sino sólo como cadáver político al que no le queda otra salida honorable que un limpio y expeditivo haraquiri.
TIEMPO RECOBRADOPEDRO G. CUARTANGO
La segunda Transición
Dice el proverbio chino que cuando alguien señala la luna, sólo los necios miran hacia el dedo.
Lo que me parece esencial en la renuncia de María San Gil no es tanto su decisión de abandonar la ponencia sino la forma cómo se ha producido, que ilustra sobre el funcionamiento interno del PP.
María San Gil fue designada por la Junta Directiva del partido para redactar la ponencia política en el próximo congreso de Valencia. Junto a ella, José Manuel Soria y Alicia Sánchez Camacho.
Ellos tres eran los teóricamente responsables del contenido de esa propuesta que debería guiar la acción política del PP en estos próximos años. Lo que ha sacado a relucir la retirada de María San Gil es que los tres eran simples monigotes porque quien dirigía la redacción de la ponencia era un señor llamado José María Lassalle, nombrado a dedo por Rajoy.
Comprendo perfectamente que San Gil, que se juega la vida todos los días para defender unas convicciones, se haya negado a interpretar el papel de comparsa en esta comedia.
El episodio no es una simple anécdota en el funcionamiento del PP sino que refleja los hábitos autoritarios y antidemocráticos con los que opera este partido desde la etapa de Aznar. Es tan fuerte esta cultura que ni siquiera muchos de sus militantes y dirigentes se habían dado cuenta hasta ahora.
Pero la historia reciente del PP nos ofrece numerosos ejemplos de esta falta de transparencia interna y culto al liderazgo que se han convertido en señas de identidad del partido.
El precedente más clamoroso es la propia designación a dedo de Rajoy como sucesor de Aznar, pero podemos hablar también de cómo se elaboran las listas, de cómo se elije a la dirección del PP y de cuáles son los mecanismos de asunción de responsabilidades.
Esa cultura que transmite las decisiones de arriba hacia abajo queda plasmada en «la elección» de compromisarios para el congreso, proceso dedocrático dirigido desde el aparato.
Rajoy -que ayer recomendó a sus dirigentes que «no se metan en líos»- fue aplaudido unánimemente por todos y cada uno de los miembros de la Junta Directiva Nacional del PP el pasado 11 de marzo cuando anunció que se presentaba para candidato en el 2012 después de haber eludido la menor autocrítica. Ese día tuvo el feo gesto de distanciarse de su equipo en la justificación de una derrota en la que no reconoció responsabilidad alguna.
Este es el PP y éstos son los partidos que tenemos en España, que, por cierto, se financian en más de un 70% con cargo a las subvenciones que reciben del Estado.
La segunda Transición pendiente no es otra que la democratización interna de los partidos, cuyas cúpulas se han bucrocratizado y no quieren oír hablar de nada que disminuya su poder o sus privilegios.
TRIBUNA LIBREELIE WIESEL
Reflexiones sobre Israel: 60 años de sueños, pesadillas y esperanza
Para el niño judío que hay en mí, Israel representa un llamamiento irresistible a la esperanza y Jerusalén una intensa canción de amor. En mi pequeña localidad rumana, encaramada en los Cárpatos, yo paseaba a menudo por las calles y me imaginaba a mí mismo sentado en un banco de un lugar cualquiera de Judea, atento a un maestro que explicaba el misterio de las palabras, la fuerza de los recuerdos y la sed humana de milagros.
Con mi abuelo, un fervoroso hasidim [una secta judía], yo hablaba en yidish. A él le encantaba enseñarme cancioncillas hasídicas y, por encima de todo, ver cómo yo me enfrascaba en el estudio del Talmud [1]. Su sueño era vivir lo suficiente para que todos nosotros nos fuéramos juntos a la Tierra Santa y allí diéramos la bienvenida al Mesías.
De hecho, yo soñaba más con el Mesías que con un Estado político judío.
Entonces ocurrió lo que ocurrió.
¿Dónde estaba yo el 14 de mayo de 1944? Aún en el gueto. Yo tenía 15 años. El primer porte hacia lo desconocido, organizado con prisas, estaba listo para partir o justo acababa de hacerlo.
Para nosotros, el destino llevaba puesta la máscara de la muerte, a la que el enemigo había convertido en su salvador.
14 de mayo de 1948.
París. Israel está a punto de nacer. Apátrida, yo había vivido ya tres años en Francia.
Al ser liberado de Buchenwald por el Ejército norteamericano en 1945, un oficial me preguntó dónde quería ser repatriado. Como la inmensa mayoría de mis amigos, le respondí que quería ir a Palestina, pero la orden británica sobre inmigración, en vigor en aquella época, nos había cerrado las puertas. Al final, la OSE (Oeuvre de Secours aux Enfants u Obra de Socorro a la Infancia), una organización franco-judía excepcional de ayuda humanitaria, nos llevó a 400 de nosotros a Francia.
Recuerdo.
Es un viernes. David Ben-Gurion lee la Declaración de Independencia del Estado judío; la difunden emisoras de radio de todo el mundo. Por la noche, me acerco a la sinagoga. Júbilo. Unos extraños entre sí comparten los mismos sentimientos. ¿Cómo? ¿Un Estado judío? ¿Tres años después de la peor catástrofe de la historia de los judíos? Me resulta difícil concentrarme. Un anciano con barbas, de ojos febriles, me sermonea: éste es el fruto de la oración, que es más importante que la política. Me gustaría decirle que estoy de acuerdo con él, que es también la oración lo que nos permite ser testigos del cumplimiento de una antigua promesa, pero soy demasiado tímido y guardo silencio.
Mis pensamientos vuelan hacia mi abuelo. ¿No se merecía él, mucho más que yo, haber disfrutado de este momento glorioso? Mi padre, mi madre... mis sentimientos vuelan hacia ellos, a los que se llevó un torbellino de fuego y cenizas. ¿Tendré que incluir palabras de gratitud por la existencia del Estado judío en la Qadish [2] dolorosa que rezo por ellos?
¿Podrá ser verdaderamente este momento brillante la respuesta a los tormentos de nuestra noche? ¿Israel como compensación a Auschwitz? No recuerdo con exactitud lo que pensé en aquel momento, pero confío en que ya entonces rechazaría esas teorías. Son crueles, simplistas, absurdas y, por encima de todo, indignas.
Luego creció el niño que yo era. Me convertí en un adulto que terminó de sentir el auténtico peso de la edad.
¿Qué ha cambiado?
Primero en París y luego en Nueva York, durante más de 20 años fui corresponsal de un diario vespertino de Israel, el Yedioth Ahronoth (Ultimas Noticias). Me hacía una ilusión enorme mientras seguía al tanto de los acontecimientos en Tierra Santa. Para mí, aquello no había sido una guerra de conquista sino una restitución, una liberación. Después de 2.000 años de penalidades, de vidas pasadas en una continua marcha de un exilio a otro, de una situación de peligro a la siguiente, las víctimas de su propia debilidad habían conseguido superarla al fin, habían conseguido llegar a ser los autores de su autodeterminación y habían adquirido, por tanto, un poder inesperado.
El Estado soberano recién nacido estaba dispuesto a vivir dentro de las estrechas fronteras definidas por el plan de partición de las Naciones Unidas. Entonces, sin embargo, aquella joven nación, que carecía de armas y de un Ejército consolidado y estructurado, fue atacada, no por uno sino por cinco países árabes bien armados.
En aquella época, yo no era plenamente consciente del hecho de que, en las vidas de los hombres, al igual que en las de las naciones, el sueño de uno puede convertirse en un instante en la pesadilla de otro.
La gran pregunta: ¿qué habría ocurrido si los dirigentes palestinos de aquel tiempo hubieran seguido el ejemplo de Israel con una declaración de constitución de un Estado palestino independiente? ¿Por qué los dirigentes palestinos «no han perdido nunca la oportunidad de perder una oportunidad», por decirlo en palabras del desaparecido Abba Eban?
Recuerdo mi primer viaje a Israel en 1949. Me embarqué en un pequeño barco, abarrotado hasta arriba de inmigrantes, en su mayor parte jóvenes sionistas, en Marsella. Al llegar a Haifa, vi en el horizonte el majestuoso Monte Carmelo, que me trajo a la cabeza sus profetas jóvenes y errantes. Recuerdo lo mucho que me emocioné al ver los primeros policías judíos, los primeros funcionarios de aduanas judíos y los primeros soldados judíos.
Mi primera visita a Jerusalén. Vagué sin rumbo fijo por la ciudad con la sensación de que ya había estado allí con anterioridad. A los ojos de mi mente, yo había estado allí en incontables ocasiones. Aún así, siempre que visito Jerusalén ahora tengo la sensación de que es la primera vez.
En 1967, Egipto ordenó a las fuerzas armadas de las Naciones Unidas que se retiraran del Sinaí y de este modo provocó la guerra. Recuerdo aquel mes de junio. Con la guerra todavía en todo su apogeo en el Sinaí y en los Altos del Golán, aprovechaba cada hora que tenía libre para rezar ante el Muro de las Lamentaciones, que recientemente había sido liberado. Un día, cuando caminaba por las estrechas callejuelas de la Ciudad Vieja, me encontré con un grupo de niños árabes que me miraron de una forma rara. De repente caí en la cuenta: estaban atemorizados. Yo les daba miedo porque era judío. Eso me preocupó enormemente. Como judíos, tenemos una larga historia de haber pasado miedo. Ahora, ¿niños aterrorizados por un judío?
No tengo ningún problema con ninguna religión. Sin embargo, no soporto a los fanáticos, de cualquier religión que sean, incluida la mía. Esos terroristas suicidas que respiran odio y practican el culto a la muerte son una plaga para todas las naciones. Hago a sus jefes responsables de los males que causan.
Soy consciente, por supuesto, de que también cabe plantear interrogantes sobre los dirigentes israelíes. Durante años y años de derramamiento de sangre, ¿han hecho ellos algo por aprovechar todas las oportunidades de poner fin a las hostilidades?
En el plano personal, me pregunto a mí mismo por qué no me he trasladado a vivir a Israel. Al final de la guerra, muchos de mis amigos de juventud culminaron su aliá [3] ilegalmente, vía Chipre, mientras que yo me quedé en Francia, con la intención de ir viendo qué pasaba y de juntar unas palabras con otras. ¿Por qué?
Sesenta años más tarde, todas esas preguntas y muchas otras más continúan sin respuesta. Sé que hay quienes me acusan de haber hecho demasiado y sé que hay otros que me culpan de no haber hecho lo suficiente, sobre todo, por vivir en Estados Unidos, tan lejos de Israel y de sus innumerables problemas.
¿Qué hay de la esperanza? ¿Es necesario renunciar a ella de una vez por todas y aceptar la realidad? ¿Tenemos que decirnos a nosotros mismos que tenemos que vivir día a día, con nuestros miedos permanentes y nuestras alegrías fugaces?
¿Cuál debería ser el papel del escritor, del profesor, del testigo o simplemente del judío que hay en mí, que no vive en Israel pero que debe a Israel adhesión y lealtad, y quizás también, por qué no, su gratitud sencillamente por existir como tal judío?
Por supuesto, yo, y como yo muchos judíos que viven en la Diáspora, siento la necesidad de cooperar con la independencia de Israel y con la superación del aislamiento en el que «las naciones del mundo», por emplear la expresión talmúdica, tratan con frecuencia de encasillar a nuestro país. Cuando hablamos de Israel, muchos de nosotros sentimos que es nuestro deber subir de nivel el debate.
¿Se trata con ello de proponer que guardemos silencio sobre los palestinos, sobre esos hombres, mujeres y niños, especialmente niños, que viven en la miseria, en el miedo, en el sufrimiento, y que echan la culpa de todo ello a Israel? Por supuesto que no. Además, me consta que el Gobierno de Israel y la mayoría de la población creen que, si hay una solución, se sustenta en dos estados que convivan el uno junto al otro y que opten por la paz.
Para un judío como yo, con mi pasado y mi compromiso, cooperar con Israel significa algo más que la simple ayuda material. Yo estuve, como también el rey Abdulah II de Jordania, entre los que pusieron en marcha la primera reunión de verdad entre el primer ministro de Israel, Ehud Olmert, y Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina, en nuestra Conferencia de Petra de 2006. En esta extraordinaria parte del mundo, bendecida por Dios y maltratada por el hombre, la paz sigue siendo la prioridad que más nos apasiona.
Ahora bien, ¿cómo conseguirla?
A mediados de los años 70, publiqué una carta dirigida «a un joven árabe palestino». En esa carta le decía que el hombre que yo soy, el judío que yo soy, le comprende mejor que nadie. Comprendo su sufrimiento, e incluso su rabia. Le decía que estaba dispuesto a hacer un esfuerzo por ayudarle a construir sobre las ruinas, como los judíos hemos hecho una y mil veces, La diferencia es que cuando nosotros hacemos frente a nuestros problemas, nunca optamos por la violencia.
Si tuviera que escribir hoy esta carta, añadiría que, si renunciara a sus tácticas, a la violencia absoluta del terrorismo suicida, yo y muchos otros haríamos nuestra su causa de manera inmediata. Ahora bien, ¿cómo voy a apoyar a nadie, hombre o grupo, que predica o incluso tolera una doctrina cuyo objetivo declarado es la aniquilación de una comunidad de seis millones de judíos que viven en su tierra ancestral, que es también la mía?
¿Por qué no resido en Israel ni soy ciudadano israelí? Principalmente porque, durante muchos años, pensé ingenuamente que yo era más útil a mi pueblo fuera de Israel. También, lo reconozco, porque no estaba preparado. Incluso hoy me resulta difícil distanciarme de la Diáspora y sus ansiedades, de sus recuerdos y de sus retos. Por ello mismo, si bien es cierto que no vivo en Israel, tampoco podría vivir sin Israel.
[1] El Talmud es el tratado que compendia la legislación civil y religiosa de los judíos (con apostillas y comentarios incluidos) no incluida en el Pentateuco.
[2] La 'Qadish' (habitualmente, con mayúscula) es la oración diaria que se recita en la sinagoga.
[3] La 'ahyá' o 'aliá (literalmente 'ascenso' en hebreo) es el término usado para llamar a la inmigración judía a la tierra de Israel.
Elie Wiesel es ganador del Premio Nobel de la Paz y ha sido distinguido recientemente con la Medalla de la Libertad del Congreso de Estados Unidos, es autor de más de 40 obras, entre ellas, su mundialmente aclamada autobiografía
Night (La Noche, editorial El Aleph). 2008 Elie Wiesel
EL RUIDO DE LA CALLE
RAUL DEL POZO
Génova 13
Un lector y amigo me envía por móvil un mensaje: «Deja de hacer la columna neomudéjar, vuelve a Marx». Marx, el materialismo, el poder, pero ¿y el azar, la suerte y las brujas, querido Javier? Marx se sabía Macbeth de memoria. He ahí el ruido infernal de Génova 13. Una cábala dice que, cuando muere el propietario de las colmenas, el notario debe leer el testamento ante las abejas para que éstas reconozcan al nuevo dueño. En Génova 13 no hay dueño. Rajoy, como buen gallego, ya se golpea, desesperadamente, la cabeza contra la estatua imaginaria del maestro Mateo. El 13 tiene un valor negativo desde Judas, lo comprobé ayer. Mientras José Manuel Soria, de unas Canarias que piden el Estado asociado, y la senadora por Gerona Alicia Sánchez Camacho presentaban los 25 folios y 236 puntos de la ponencia política, Mariano, refugiado en su despacho de la séptima planta, creía ver a Hernández Mancha sorbiendo salmorejo, a Fraga invocando la queimada en su despacho impoluto y a José María Aznar dibujando jeroglíficos en su cuaderno azul.
La conjura sube y baja por ese ascensor de los magreos, donde Esperanza y Gallardón pusieron la chispa que incendió Génova. Ayer, rodeados de cámaras, los dos ponentes explicaban el proyecto que se va a debatir en Valencia. Es un texto consensuado en el que, según ellos, no se varía la idea de la España que otros en el PP ven decrépita, con ciempiés regionalistas y leyes viejas.
Lo peor que ocurre en el PP es que nadie sabe quién va a ganar, cuando el éxito vuelve a tener 1.000 padres y el náufrago gallego carece de puerto. Han llegado para él los días aciagos, las horas menguadas. Los conspiradores utilizan la táctica de Talleyrand cuando en la Revolución de Julio escuchó las campanas que anunciaban el fin de los disturbios. Talleyrand se dirigió a uno de sus ayudantes y dijo: «Ah, las campanas, vamos ganando». «Quiénes, mon prince?» Talleyrand respondió: «Le diré quiénes somos mañana».
Camba compara al político vencedor con los chacales y al vencido con el león cansado al que el domador ayuda a rugir soplando, entre bastidores, dentro de un tubo de quinqué. Rajoy pensaba que Cataluña rompió el empate y no Zapatero, al que considera un tonto solemne. Lo dijo un miércoles en las Cortes: «Yo soy, modestia aparte, mejor que usted en todo». Luego, derrotado por la ferocidad territorial, ha decidido ser amable con los nacionalistas. Ha pasado, repentinamente, del 'España se rompe' al dominó provinciano de aquella CEDA lerrouxista, blasquista, católica y agricultora.
Cuando los españoles padecen insomnio no cuentan ovejas sino autonomías y nacionalidades. ZP entró en ese laberinto; salió vivo, aunque sin matar al minotauro: pactó con él. Mariano ha perdido el hilo, la soga, el ovillo, la contraseña que tenían María San Gil y los aznaristas. Sus remeros se le transforman en serpientes. Ahora, no encuentra el camino de salida.
Etiquetas: Firmas





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