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Actualización de madrugada

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Lugar: Cantabria, Spain

miércoles, 11 de junio de 2008

FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Arcadi Espada, Erasmo, Pedro G. Cuartango, Raúl del Pozo, David Torres, Angeles Pedraza



COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
Orden Público

Pincha para oír en directo a Federico, o su último programa.No pasaba nada. Tan poca cosa pasaba que apenas podía recordar Rubalcaba un pequeño incidente: «Una pedrada a un camionero, creo», dijo con ese estilo tan suyo de perdonavidas. No pasaba nada pero la mitad de las gasolineras de Cataluña y de Galicia se habían quedado sin combustible el primer día de huelga salvaje. Pero, claro, cómo va a ser salvaje lo que casi no es ni huelga. Los puertos de mar, las autopistas, los mercados y las gasolineras, tomadas a viva fuerza, pero no pasaba nada. Bueno, sólo pasaba una cosa: que la policía, a las órdenes de Rubalcaba, había desertado del lugar de los hechos. Todo, absolutamente todo, menos abrir los telediarios con una carga policial contra un piquete violento, si es que alguno no lo es, porque entonces podría darse la posibilidad, remota, sí, pero no descartable del todo, de que los antiguamente llamados españoles, entre gol y gol de Villa, pensaran que estábamos ante una crisis económica muy seria y no ante una desaceleración que se acelera un poco cuesta abajo. Sucede que cuando se abandona el mantenimiento del Orden Público, no vaya a pensar alguien que Zapatero disfruta pegando a los piqueteros, la violencia se desmanda en un sentido y en otro, porque cada cual hace de su capa un sayo. Ya tienen un muerto, en el asalto a un camión por las bravas, y ya en la forma de dar la noticia parece que la culpa la tiene el camionero que trató de seguir en vez de dejarse atrapar por el piquetero a través de la ventanilla; y luego, en un accidente desgraciado, que no fue provocado por el camionero sino por el agresor, cayó sobre una medianera de la autopista y se mató.

Si el piquetero hubiera visto a la policía de Rubalcaba garantizando la libertad de los trabajadores que se niegan a seguir la huelga, seguramente no se hubiera atrevido a colgarse de la ventanilla del camionero. Y si el camionero hubiera visto en todos los telediarios cómo la policía de Rubalcaba detenía a los que obligaban violentamente a los trabajadores a secundar sus órdenes, se hubiera detenido y luego hubiera presentado una denuncia. Pero Zapatero, neopríncipe de la Paz, no puede aparecer en los medios como un vil represor, él, o sea, El, felicísima síntesis de Gandhi y Santa Teresa de Calcuta. Allá Sarkozy con sus flics. Aquí, donde hemos declarado pacifista al Ejército, ¿cómo va a dar un policía un porrazo a un vándalo? Sin embargo, la realidad suele vengarse de esta clase de demagogos blanditos. Si no hay, ni se espera que haya, Orden Público, su lugar lo ocupa un violento forcejeo para imponer un orden privado dentro del desorden promovido por el Gobierno con su inacción, su cobardía y su demagogia. No sabremos nunca si hubiera muerto accidentalmente el piquetero de haber estado cerca la policía. Lo que sí sabemos es que no estaba, que ayer no pasaba nada y ahora pasa un entierro.

ZOOM
ARCADI ESPADA
El señuelo
A pesar de mi carácter vivo rodeado de mujeres. La mayoría de ellas entre los 40 y los 50 años. Todas trabajan, y con éxito. Hasta tal punto que en determinadas épocas ha recaído sobre ellas la parte sustancial del negocio familiar. Casi todas han criado hijos sanos, algunas con más de un marido. Votan a la derecha o a la izquierda y tienen intereses sociales o culturales diversos. Pero todas se muestran crecientemente molestas con el carácter de señuelo que está adquiriendo su sexo en los proyectos políticos del Gobierno Zapatero. La otra noche, cenando con una de ellas, más lista que el hambre y sin embargo más buena que el pan, examinábamos la posibilidad (bien es verdad que yo la azuzaba) de un manifiesto de cuarentonas cabreadas. Nunca su lucha por abrirse camino, personal y profesionalmente hablando, había sido tan abaratada como con este Gobierno. Los varones observan la peripecia con mayor distancia. Es cierto que tuvieron un momento de desconcierto cuando, tras el eslogan de la crisis del macho (y aquellas películas tan dolorosas de Ferreri y Oshima) se pasó de quererlos internar en el psiquiátrico a querer meterlos en la cárcel, como medida preventiva ante su naturaleza delincuente. Pero la costumbre es letal y los hombres han pasado de la inquietud a la sonrisa satisfecha cuando comprueban que entre los proyectos gubernamentales está la definición de una nueva masculinidad, y además por teléfono. Pero con las mujeres es diferente. Al fin y al cabo, y aunque muchas de ellas se resistan a las premisas y a las conclusiones de género, no pueden evitar sentirse interpeladas cuando la estupidez se dicta (lo haga el Gobierno o el Tribunal Constitucional) en su propio nombre. Yo creo comprender muy bien su malestar, catalán como soy y por lo tanto pisoteada sinécdoque acostumbrada a las blandas y húmedas manos del ventrílocuo.

Desde el punto de vista político las grotescas ceremonias como las que practicó ayer la ministra Aído en el escenario de la soberanía popular están ya desenmascaradas. El presidente Zapatero se limita a utilizar a su ministra de señuelo y la ministra a utilizar de señuelo a las mujeres. Es la respuesta a la crisis, a la quiebra del modelo de negocio español y a las acusaciones de inactividad. Pero como tantas otras veces el problema se adentra en territorios estrictamente morales. Porque el Gobierno Zapatero no sólo instrumentaliza frívolamente lo que gusta en llamar el género (nunca mejor dicho, mercancía), sino su parte más dramáticamente vulnerable: los miles de personas, en su mayoría mujeres pobres y extranjeras, sometidas a la violencia familiar; mujeres que se sobresaltarían confusas ante los abalorios léxicos, necios aunque elitistas, de la ministra y demás miembras. Que se sobresaltarían, si desde su penumbra la oyeran.

(Coda: «Sobre todo no tratéis de saber si este género mantiene alguna relación con un sujeto de observación real del mundo conocido con el nombre de mujer.» André Lapied, La loi du plus faible.)

ERASMO
Pringles
F.J. Baur (89), diseñó la cilíndrica lata de papas «Pringles». Se fue. Sus cenizas, en tres partes: en una urna enterrada en Springfield (Cincinnati) Y otro tercio para su nieto. El resto, inhumado en un envase de Pringles. Del tan fidedigno orgullo ante la propia obra (bien hecha), a la deformación profesional en su más hilarante, arrebatada y negra exaltación. De los Simpson: sonría. Diga Pa-ta-ta. (Un muerto en porciones).

A DIESTRA Y SINIESTRA
DAVID TORRES
Línea caliente

Bibiana Aído, ministra por bulerías, ha anunciado la inauguración de una línea caliente para que los hombres a punto de caer en la tentación se arrepientan a tiempo y canalicen su agresividad a través del desguace de electrodomésticos, por ejemplo. Se darán instrucciones para que, en lugar de emprenderla a navajazos con la señora, el maltratador siga un cursillo telefónico de bricolaje y se desahogue a martillazos contra la lavadora.

Se barajan varios candidatos mediáticos que atiendan la avalancha de llamadas: el padre Mundina daría consejos de jardinería, el doctor Rosado de primeros auxilios, y Arguiñano podría dictar recetas de cocina mientras convence al verraco de turno para que descargue su mala hostia sobre un lomo de cerdo como sustituto provisional de su cónyuge. Aunque bien podría ocurrir, tal y como está Telefónica, que el aprendiz de cocinero entienda mal la receta, le machaque a su señora unos ajos en el cráneo y la policía encuentre el cadáver adornado con perejil. Rico, rico.

Si hay una línea caliente para suicidas, es lógico que haya una para homicidas. Un teléfono de la esperanza exige a gritos un teléfono de la desesperación o de la desesperanza. La propuesta es francamente genial, sólo falta llevarla a la práctica, es decir, idear el modo en que los candidatos a asesinos se decidan a coger el teléfono antes que el bate de béisbol. Pero la iniciativa de Bibiana puede hacer época. Habrá una línea de atención personal para terroristas arrepentidos en el último momento, con instrucciones para desactivar bombas, y un teléfono gratuito para violadores donde una voz pícara y ronroneante (por ejemplo, Nicole Kidman) les vaya insinuando el modo más placentero de masturbarse sin tener que calzarse unas medias en la cara.

No está muy claro si la ministra ha sacado su inspiración de Gila, de Rousseau (aquel humorista que hablaba del «buen salvaje» mientras abandonaba hijos en la inclusa) o bien de una serie de conferencias impartidas al alimón por Espinete, Don Pimpón y los Teletubbies. A Anthony Burgess no lo ha leído, desde luego, porque entonces sabría que la violencia no es un pin pegado al género masculino sino una bestia prendida al corazón humano con uñas y dientes.

Nicole Kidman puede salir muy cara, pero quizá la ministra podría sustituirla al otro lado del teléfono y así conseguiríamos tarifa plana: más plana imposible. No parece que esta pobre mujer tenga mucho que hacer al frente de ese ministerio salvo chistes. Miguel Aguado, candidato del PSOE a la alcaldía de Tres Cantos, cree que fue Galileo quien demostró que el mundo es redondo, así que Bibiana bien puede creer lo que le venga en gana. Por ejemplo, que la gramática puede adaptarse a sus ideas de bombero y entonces dirigirse a sus subordinados como «miembros y miembras». La próxima sesión de la Academia de la Lengua intentará dilucidar si se refería a las membranas o al clítoris.

TIEMPO RECOBRADO
PEDRO G. CUARTANGO
Aquellas pequeñas cosas
Estaba haciendo zapping el otro día y aparecieron en la pantalla las imágenes de Dos hombres y un destino, cuando Butch Cassidy y Sundance Kid atracan bancos en Bolivia mientras se escucha la música de Burt Bacharach.

La escena culmina en una cena en la que los tres actores -Paul Newman, Robert Redford y la super-atractiva Katherine Ross- brindan con champagne en un lujoso restaurante, vestidos de etiqueta, a la luz de las velas.

Su reflejo les ilumina el rostro, bromean, son jóvenes y no presienten el destino trágico que les aguarda. Es pura ficción, pero la cámara muestra la plenitud de un instante de felicidad que pronto se desvanece ante la realidad.

La película se estrenó en 1970 y yo la vi cuando estaba estudiando en los jesuitas de Burgos. Han pasado 38 años y el mundo ya no tiene nada que ver con lo que era entonces. Muchas de las personas con las que yo conviví en aquella época han muerto. Otras han envejecido, otras han desaparecido de mi vida. Pero ahí siguen eternamente jóvenes los tres personajes de la película. Ellos no cambian ni tienen arrugas.

Newman ha cumplido ya los 83, Redford tiene 71 años y Katherine Ross es algo más joven. Pero Cassidy, Kid y Etta Place permanecerán para siempre en el recuerdo, en el esplendor de esas imágenes que nunca envejecerán.

La gran magia del cine y la literatura es que crean personajes eternos, que nos transportan a nuestra adolescencia y que nos permiten sentir la falsa impresión de que el tiempo ha dado marcha atrás.

Todo es un espejismo, pero no importa. Lo que importa es esa capacidad de las imágenes y de las palabras de parar el reloj del tiempo, de hacernos volver al pasado, de rememorar instantes de felicidad.

Creo que lo esencial de la vida no es alcanzar grandes metas sino ser capaces de valorar esas pequeñas cosas, esas conexiones de la memoria que «nos aguardan en un rincón, en un cajón» y «que te tienen a su merced como hojas muertas», como dice la canción de Serrat.

Nunca se sabe, pero de cualquier sensación, olor o sabor puede surgir el pasado como una fuerza tan intensa como desestabilizadora. Eso es lo que le sucedió a Proust al paladear la famosa magdalena de Combray.

La memoria es una caja de sorpresas que está a nuestra disposición y en la cual nos da miedo buscar porque no sabemos qué podemos encontrar.

Mirar hacia el pasado supone la posibilidad de volver a disfrutar las nieves de antaño pero también el riesgo de sufrir ese doloroso vértigo de comprobar que ya nunca será lo que fue hace 38 años.

TRIBUNA LIBRE
ANGELES PEDRAZA

A la sociedad: «Han matado a mi hija y no sé qué hacer»
Mi nombre es Angeles Pedraza. Cuando el 11 de marzo de 2004 llegué a casa al final del que sin duda ha sido el peor día de mi vida, sólo pude sentarme y escribir en el ordenador: «Han matado a mi hija y no sé qué hacer».

Recibí repuestas de muchas partes del mundo. Más de cuatro años después, vuelvo a sentir la misma necesidad de aquel día. En esta ocasión, en vez de en el ordenador escribo en las páginas de un periódico y, en vez de lanzar mi petición de auxilio al ciberespacio, os la lanzo a vosotros, a la sociedad española, a todos los que me estáis leyendo: han matado a mi hija y no sé qué hacer.

Cuatro años después y sigo sin saber quién decidió que la vida de mi hija Miryam terminara aquella mañana maldita junto con la de otras 190 personas.

Alguien me dejó para siempre con la duda de si supe decirle a mi hija lo que la quería, lo que la necesitaba, de si supe demostrarle lo mucho que significaba para mí. Nuestra historia en común debería haberla interrumpido mi muerte, no la suya. Pero alguien decidió que no fuera así. Y la perdí en el mejor momento, con una sencilla despedida, como la de cualquier otro día, como si todavía nos quedaran muchos ratos juntas por delante. Sin saber que la próxima vez que la besara estaría fría como el mármol. De haberlo sabido la habría abrazado tan fuerte... de haberlo sabido le habría dicho tantas cosas, todas ésas que por darse por sabidas nunca se pronuncian... Pero alguien quiso que el silencio reinara en mi vida desde aquella mañana.

Yo tenía puesta mi fe en el sistema judicial. Pensaba que, para honrar la memoria de todas las personas inocentes asesinadas y heridas el 11 de marzo de 2004, todos los engranajes del Estado se pondrían en marcha. Que los culpables de idear y ejecutar aquella monstruosidad quedarían al menos apartados del resto de la sociedad, que responderían por lo que hicieron.

Pero no ha sido así.

La sentencia del juicio celebrado hasta la fecha desecha la autoría intelectual propuesta por la Fiscalía. Es decir, que no sabemos quién fue.

Quién arrebató tantas vidas y sembró tanto dolor en aquellas estaciones de tren. Porque para mí, es tanto o más culpable el que idea los asesinatos que el que los ejecuta.

Tras esa sentencia yo esperaba un clamor popular. Soy española, andaluza para más señas, y sé que el pueblo español es por encima de todo solidario.

Sé que el pueblo español es, «en el buen sentido de la palabra, bueno».

Esperaba un grito preguntando «¿Quién ha sido?» por cada calle, por cada plaza. Y sólo he encontrado el silencio. El silencio y mi desesperación.

¿Es posible que la sociedad española, que todos vosotros, los que estáis leyendo estas líneas, os resignéis a no conocer al culpable?

¿Es posible que quien ideara la muerte de Miryam pueda en el futuro sentar en sus rodillas a unos nietos que yo, porque él lo quiso así, ya no tendré?

Lo he pensado mucho y, finalmente, me he decidido a escribiros. Porque he llegado a la conclusión de que en realidad ha sido el veneno de la política el que nos ha paralizado, el que ha paralizado a España entera. Nos han hecho creer que el posicionamiento con respecto al 11-M es, a la vez, un posicionamiento de valores. Pero os han engañado.

El valor es el de la vida, el del amor que muchas personas sentían por aquellos que quedaron destrozados en un segundo. Y en defensa de esos valores, hay gente de todas las tendencias políticas. Y viceversa: hay también quienes anteponen el poder a cualquier otra cosa en todas las tendencias políticas.

Cualquiera de vosotros, ciudadanos, sea cual sea vuestra tendencia política, vuestro color, sois inocentes de los atentados del 11 de Marzo. Y quien lo ideó, sea cual sea su tendencia política o su color, es culpable. Eso es lo que importa.

He sentido decepción y, por qué no decirlo, en ocasiones hasta asco por ciertos miembros de todos los aparatos del Estado que han manipulado y mentido sin decoro. Y también he sentido decepción y asco por muchos políticos, de todos los partidos sin excepción, que han intentado utilizarnos a las víctimas para sus propios fines.

Pero también he conocido a quienes han antepuesto la verdad y la Justicia a sus propios intereses particulares. Y gracias a que también he visto esa cara noble del ser humano, tengo que deciros que todavía creo en vosotros.

Creo en la sociedad española, creo que me ayudaréis, que nos ayudareis a todas las víctimas a recuperar aunque sólo sea una pequeña parte de la paz que nos arrebataron unos asesinos y sus inspiradores.

Sé que el camino de la verdad será largo. Y necesito que me acompañéis.

Necesito que, todos juntos, dejemos de lado la política y sus intereses y nos guiemos tan sólo por la búsqueda de la Justicia. No penséis que conozco el camino; ya os he dicho al principio que no sé qué hacer. Pero sí que sé que no podré morir tranquila sin saber toda la verdad sobre el 11-M y que, paso a paso, no cejaré en mi empeño.

Se lo debo a Miryam. Se lo debo a todas las víctimas. Creo que se lo debemos todos.

De momento, me encuentro a la expectativa de sucesos que tendrán lugar en fechas próximas: el fallo del Tribunal Supremo sobre los recursos presentados a la sentencia de la Audiencia Nacional, el juicio conocido como del ácido bórico y alguna otra cuestión pendiente.

No es un respiro; en mi vida ya no los hay. Pero quiero dejar una puerta abierta a la independencia judicial, porque el día en que definitivamente deje de creer en ella, no sé a qué podré aferrarme.

Después, seguiré adelante con el que se ha convertido en el principal objetivo de mi vida: saber quién decidió que aquella gris mañana de marzo Miryam y otras 190 personas dejaran su vida en los vagones de unos trenes de cercanías.

Me despido de todos vosotros de la misma forma en que empecé, con una petición: por favor, ayudadme. Han matado a mi hija y no sé qué hacer.

Angeles Pedraza es vicepresidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT).

EL RUIDO DE LA CALLE
RAUL DEL POZO
Los tiene bien puestos
Para hacer el último Gobierno, Zapatero navegó por internet; así fichó a Beatriz, a quien nombró ministra de Vivienda, y a Bibiana, a la que hizo ministra de Igualdad. Las dos son bellas, inteligentes y blogueras. Las miran de reojo los próceres retratados en los Pasos Perdidos del Congreso cuando pasan refulgentes en las sesiones de control. Beatriz, que tiene manos de madera, se afilió al PSOE por correo electrónico; Bibiana, que convirtió la marisma en un blog, era observada por el presidente desde hace muchos meses desde su ordenata secreto. Ahora las dos quieren cambiar el mundo, y como eso lleva tiempo, se dejan arrastrar por ese viento doncellil que cruza el siglo. Hoy sería impensable lo que ocurrió después de la papisa Juana: para evitar que una mujer se sentara en la silla de Pedro, sentaban al papa en una silla que en medio tenía un agujero; por allí metía el camarlengo una mano y palpaba si el elegido era varón o hembra. Después se levantaba solemnemente y anunciaba en latín al cónclave: «Los tiene bien puestos y le cuelgan hermosamente». Ese perfil, en este siglo, sería negativo hasta en el Vaticano.

Desde hace unos años, algunos políticos cayeron en la guirigaya de eludir el supuesto lenguaje machista, encasquetando el femenino a palabras masculinas. Yo siempre he pensado que ni la igualdad ni la belleza tienen sexo, que no hay más sexo que el género humano, pero Ibarretxe, que usa la palabra como cebo electoral y provocación pública, se dirigió a sus víctimas en una jerga oportunista, usando esa jaculatoria jesuítica de vascos y vascas, todos y todas. Enseguida los agitadores de la izquierda plagiaron la manía. Ahora vivimos una Babel gramatical. Las mujeres protestan porque los sustantivos suelen tener doble uso; el masculino marca a trabajos y cargos de los dos sexos; y en ésas estábamos cuando Bibiana Aído llegó al Congreso por primera vez y armó el taco. Fuera por lapsus o provocación dijo eso de «miembros y miembras» que tanto se presta al cachondeo. Pudo decir mangués y fandangos, o pichas y papos, como se dice en Cádiz, pero dio una patada al masculino con su pierna de bayadera, en la misma yema y en el lugar donde cada día se ensucia al idioma castellano con vicios léxicos y sintácticos, desórdenes verbales, pedanterías y barbarismos.

Luego ha llegado el segundo acto. Nosotros, los tertulianos, erigidos en pandilla de los arcigogolantes, nos hemos puesto la sotana de Torquemada y el sayón de Nebrija para encender la hoguera en un auto de fe. (Se llamaban arcigogolantes a los arbitristas de la época imperial, aquellos cascarrabias y dogmáticos). Antes a los arbitristas los tenían por zumbados; ahora nos dan espacio, aire y tribuna para que dictemos arbitrios sobre la huelga de camioneros, la pederastia o el Euribor, mientras las ministras de Su Majestad dan patadas a la Gramática y a los contribuyentes en semejante parte.


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