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Actualización de madrugada

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Lugar: Cantabria, Spain

jueves, 12 de junio de 2008

FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Isabel San Sebastián, Raúl del Pozo, Erasmo, Carmen Rigalt, Lucía Méndez, Madeleine K. Albright



COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
'La Gobierna'

Pincha para oír en directo a Federico, o su último programa.No iba a ser menos que Carmen Romero, que, asesorada por los ciento treinta mil novelistas del felipato, arremetió contra la gramática española en las sagradas tierras gaditanas -sagradas para los que creen en la nación, claro- y dijo aquello de «jóvenes y jóvenas».

La ministra dizque de Igualdad ha protagonizado un estreno glorioso en esa nadería pomposa que define su cargo: un Ministerio con menos funciones que una Dirección General pero que sale una barbaridad en los telediarios.

Así que, en primer lugar, anuncia una línea telefónica para crear un nuevo «modelo de masculinidad» (qué modelo habrá visto ella en su entorno más cercano, familiar, sociata o flamenco) que no se dedique a asesinar a la cónyuge sino que pueda «encauzar su agresividad». Y en segundo lugar, dice que los «miembros y miembras» del Congreso hagan esto, lo otro y lo de más allá. Se le ven ganas de mandar a Bibiana Aído, lástima que ni sepa ni tenga sobre qué hacerlo. Un día de éstos, cuando la hagan ministra de verdad, de un Ministerio que no sea florero y tirita, adorno y betadine, lo mismo hace de ministra y todo.

Para empezar, Bibiana ha desmentido (y ha mentido) sobre sus dos iniciativas aurorales: ahora dice que el teléfono era para «resolver dudas» en las tareas paternales. Cambiar pañales, supongo, que es algo que ningún varón sabe hacer sin instrucciones: «Para retirar la caca, marque asterisco; para usar la toallita, marque almohadilla», y así. Pero entonces ¿dónde está el «encauzamiento de la agresividad» y «el nuevo modelo de masculinidad»? Mentira podrida. Lo que pasa es que alguien le ha dicho a Bibiana que ha hecho el ridículo y se apresura a sentar plaza de descarada ya que no de inteligente. Y el colmo es que lo de «miembros y miembras» se le escapó porque viaja mucho y en América se dice continuamente. Yo he viajado algo por allí y no lo he oído nunca, pero no es imposible.

No obstante, Dámaso Alonso se pasó la vida dando una conferencia en la que contaba la anécdota del español que quería comprar calcetines en Buenos Aires; no le entendían y no lo atendían, hasta que el atorrante vendedor jefe le dijo al empleado: «Lo que quiere el gashego son unas medias». Y ahí saltó el gallego, o sea, el español, creyendo que lo llamaban travesti. Hoy hubiera pedido una dirección general o un ministerio de juguete, como el de Bibiana.

A mí lo que me molesta de La Gobierna, que es la cuota femenina del Gobierno, es que, con alguna excepción, supone un insulto para todas las mujeres trabajadoras y capacitadas para cualquier cargo, humilladas por estas chiquilicuatras que, de nacer varón, no hubieran llegado ni a concejal. ¿Igualdad, Bibiana? Pues al paro. O a la para.

LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIAN
Las 'miembras' y la 'portenta'
Era su gran día. Su primera comparecencia ante la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados, donde podría demostrar al fin cuan equivocados estaban todos los que criticaron su nombramiento aduciendo su falta de formación y experiencia, por no mencionar a quienes llegaron a cuestionar la necesidad de crear un nuevo Ministerio, con lo que ello entraña de burocracia y gasto, para gestionar unas competencias imprecisas, repartidas entre Asuntos Sociales, Interior y Justicia.

Era su gran día. Bibiana Aído (Cádiz, 31 años, presuntamente experta en flamenco) iba a tener la oportunidad de someter sus planes de actuación a la consideración de los representantes (y representantas) del pueblo (y puebla) soberano (y soberana) en materia de Igualdad. No de igualdad de trato ante la Ley (que se lo digan a Antonio Aguirre, a quien van a juzgar por perturbar el orden interponiendo su entrepierna en la trayectoria de la patada de un energúmeno peneuvista), o de igualdad de derechos en lo referente al disfrute del agua de nuestros ríos, sino de Igualdad con mayúscula. Esto es, de igualdad entre hombre y mujer. La única que parece preocuparle al presidente Zetapé.

Era su gran día. El momento de demostrar que los 43 millones de euros de presupuesto de su Departamento, su Gabinete, Subsecretaría, Secretaría General Técnica y Secretarías, amén del personal subalterno, se habían ganado cada céntimo del sueldo que pagamos con nuestros impuestos los españoles pese a la crisis. La ocasión de anunciar alguna idea brillante para reducir la cifra de víctimas mortales de la violencia machista (entre 24 y 28 muertas en lo que va de año, dependiendo de las fuentes, y cuatro más, en todo caso, que en el mismo período de 2007) o aumentar el número de policías destinados a custodiar a las amenazadas, que en la actualidad es de uno por cada 15 órdenes de protección.

Era su gran día, y la ministra no defraudó las expectativas creadas. Estuvo exactamente a la altura de lo que esperábamos. Acaso influída por el hecho de que la sede provisional de su Ministerio se encuentre situada en el que fuera el emplazamiento de la Comisión Nacional de las Telecomunicaciones, nos desveló su inspiración genial: un número de teléfono puesto a disposición del género masculino. Una línea destinada que los hombres «canalicen su agresividad» (primera versión) o «resuelvan sus dudas» (versión corregida). ¡Magno empeño! ¿Habrá teléfono capaz de lograr tales propósitos? Si lo dice ella, que ha enriquecido nuestra lengua con un término tan bello como miembra, habrá que confiar en que así sea. ¡Qué portento (perdón; portenta) de ministra!

ZOOM
CARMEN RIGALT
'Sex appeal'
Todas las mujeres dicen que les gusta George Clooney, pero es mentira. A muchas les gusta, y a muchas no. Normal. La belleza no siempre constituye un foco de atracción. A veces produce grima. Pero si ninguna mujer puede sentar cátedra en nombre de sus congéneres, con menos motivo un hombre. Cuando ellos se ponen a interpretar nuestras preferencias en materia de sex appeal, normalmente patinan. El mercado (la publicidad, el cine, los mass media), es decir, aquellos sectores que imponen los modelos estéticos, están controlados desde hace tiempo por gays, y a ellos sí les gusta George Clooney. En cambio, no tengo claro que les guste Javier Bardem, un ejemplar que suelta oleadas de testosterona hasta por la pantalla.

Bardem es un tiarrón, Clooney un finolis. Entre medias tenemos a Cayetano Rivera, Mel Gibson o Miguel Angel Silvestre, que no están nada mal, por decirlo educadamente. Los criterios de guapura son variados. De unos gusta la mirada, de otros el óvalo del rostro, el pecho de cemento armado o la densidad del vello. Aunque el hombre oso (cuanto más feo, más hermoso) ya no está de actualidad, a las mujeres nos puede la nostalgia y cada cierto tiempo vuelve el sueño del Yeti. Mal surtido anda hoy el panorama de hombres peludos. Ahora todos se torturan con cera hirviendo para tener el cuerpo como el culito de un niño (craso error: a los 10 días no hay quien les acaricie la espalda porque pinchan como erizos).

Tras un improvisado trabajo de campo he llegado a la conclusión de que las mujeres se mueven en torno a dos preferencias. La mitad se fija en los ojos y la otra mitad, en el culo. Las primeras son hijas de los manuales de seducción y los cromos de Humphrey Bogart. Las segundas son primas de un estilista posmoderno que observa fidelidad a los pantalones envasados al vacío. Yo no miro el culo de nadie sin haberle mirado antes la cara. Los culos tienen autonomía, van a su aire, a su caer o a su sentar. Ciertamente hay culos que hablan solos, pero las caras de esos culos no suelen decir nada.

Ultimamente mi vida tropieza con hombres que no tienen cara ni culo. Son fenómenos de la naturaleza, moles deformes con el mapa epidérmico sembrado de tatuajes barrocos, mamíferos a mitad de camino entre los paquidermos y los primates. No hablan: gruñen. Caminan con el cuello rígido y los brazos despegados del cuerpo. Están hinchados de clembuterol y egolatría, de vanidad y puños. Se alimentan de nocturnidad y gilipollez, de pesas y perico. No tienen currículo, pero están haciendo carrera en la seguridad privada y a las puertas de las discotecas. Aunque no se les supone valor, su éxito se mide por el número de mamporros que son capaces de propinar en tiempo récord. Los mires de frente o de espaldas, no hay por donde cogerlos. Tienen el sex appeal a la altura de los zapatos.

ERASMO
Google
Príncipe de Asturias. Llueve en Oviedo y el asturiano Villa, tal rainmaker: llueven goles en Innsbruck. Sus motores, cual inalcanzables guarismos de astrofísico, a años luz: mil millones de usuarios cada día, etc. Y el mito de dos boys (Brin, ruso, Page, USA: judíos) en pacífica, rentable coexistencia: del ínfimo garaje californiano a los más ricos del mundo. Grande difusor de conocimiento, el órgano creó la función. (Gol)

TRIBUNA LIBRE
MADELEINE K. ALBRIGHT

El fin de la intervención
La respuesta criminalmente negligente del Gobierno de Birmania al ciclón del mes pasado y la reacción del mundo a esa respuesta ilustran tres desalentadoras realidades de nuestros días: los gobiernos totalitarios siguen ahí tan campantes, sus vecinos son reacios a presionarlos para que cambien y la noción de soberanía nacional como algo sagrado está ganando terreno, ayudada no en pequeña medida por los resultados desastrosos de la invasión de Irak por EEUU. De hecho, muchas de las intervenciones necesarias en la década anterior a esta invasión, en lugares como Haití y los Balcanes, parecerían imposibles en el ambiente hoy reinante.

La primera realidad, y la más obvia, es la supervivencia de gobiernos totalitarios en una era de comunicaciones globales y progreso democrático. La junta militar de Myanmar emplea el mismo repertorio de instrumentos utilizados por los epígonos de Stalin para aplastar a los disidentes y controlar las vidas de los ciudadanos. Las necesidades de las víctimas del ciclón Nargis no significan nada para un régimen centrado exclusivamente en mantener su propia autoridad.

La segunda es la nula disposición de los países vecinos de Myanmar a recurrir a su capacidad de influencia colectiva en favor del cambio. Hace una década, cuando a Myanmar se le permitió entrar a formar parte de la ASAO (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático en sus siglas en inglés), dirigentes de la zona me aseguraron que presionarían a la junta para que procediera a abrir su economía y avanzara hacia la democracia. Con escasas y honorables excepciones, eso no ha ocurrido.

Una tercera realidad es que el concepto de soberanía nacional, en cuanto que principio inviolable y fundamental de la legislación internacional, está, una vez más, ganando terreno de nuevo. Muchos diplomáticos y expertos en política exterior tenían la esperanza de que la caída del Muro de Berlín llevaría a la creación de un sistema mundial integrado, libre de esferas de influencia, en el que cicatrizarían las heridas causadas por los imperios coloniales y los de la Guerra Fría.

En un mundo así, la comunidad internacional reconocería como propia una responsabilidad que pasaría por encima de la soberanía en situaciones excepcionales, como impedir las persecuciones raciales o los genocidios, detener a criminales de guerra, restaurar la democracia o proporcionar socorro en casos de desastre cuando los gobiernos nacionales no pudieran o no quisieran tomar las medidas correspondientes.

A lo largo de los años 90 se crearon algunos precedentes. El Gobierno de George Bush intervino para atajar el hambre en Somalia y para ayudar a los kurdos del norte de Irak, el Gobierno Clinton repuso en el poder en Haití a un dirigente elegido democráticamente, la OTAN puso fin a la guerra en Bosnia y cortó la campaña de terror de Slobodan Milosevic en Kosovo; los británicos pararon una guerra civil en Sierra Leona y las Naciones Unidas autorizaron misiones de socorro en Timor Oriental y en otros lugares del mundo.

Estas intervenciones no representaron ningún paso hacia un gobierno mundial. Reflejaban la postura de que el sistema internacional existe para que se impongan unos determinados valores esenciales, entre ellos, el desarrollo, la Justicia y los Derechos Humanos. Desde este punto de vista, la soberanía sigue teniendo una consideración fundamental, pero pueden plantearse casos en los que exista la responsabilidad de intervenir para salvar vidas, mediante sanciones o, en casos extremos, mediante el empleo de la fuerza.

La decisión del Gobierno Bush de presentar batalla en Afganistán a raíz del 11-S no restó fuerza, en modo alguno, a este planteamiento porque estuvo motivada claramente por la autodefensa. La invasión de Irak, con toda aquella palabrería grandilocuente sobre la prevención, era sin embargo, harina de otro costal. Desencadenó una reacción negativa que ha debilitado el apoyo a intervenciones transfronterizas en pos de objetivos encomiables. Los gobiernos, especialmente los del mundo en vías de desarrollo, están ahora decididos a mantener el principio de soberanía, aun cuando los costes humanos de esta actuación sean tan elevados.

Así es como los dirigentes de Myanmar se han librado de las repercusiones de sus atroces decisiones, Sudán ha tenido la posibilidad de dictar las condiciones de las operaciones multinacionales en Darfur y hasta es posible que el Gobierno de Zimbabue se salga con la suya de robar unas elecciones presidenciales.

Los dirigentes políticos de Pakistán han conminado al Gobierno Bush a echar marcha atrás a pesar del incremento de células de Al Qaeda y de los talibán en el indómito noroeste del país, los dirigentes africanos han dicho que no (lo que quizá sea comprensible) a la creación de un mando militar norteamericano para el continente y, a pesar de esfuerzos recientes por introducir dentro de la legislación internacional la doctrina de la «responsabilidad de protección», el concepto de la intervención humanitaria ha perdido predicamento.

La conciencia mundial no es que esté dormida pero, tras las turbulencias de los últimos años, se encuentra en un estado de profunda confusión. Algunos gobiernos estarán en contra de que se hagan excepciones al principio de soberanía porque temen las críticas a sus políticas respectivas. Otros defenderán el carácter sacrosanto de la soberanía hasta que recuperen la confianza en el criterio de los que proponen excepciones.

Lo que se ventila en el fondo de este debate es en qué consiste el sistema internacional. ¿No es nada más que una colección de recursos prácticos encajados por los gobiernos en un ordenamiento legal para protegerse a sí mismos? ¿Es un marco vivo de reglas dirigidas a hacer del mundo un lugar más humano? Sabemos cuál sería la respuesta del Gobierno de Myanmar a esta pregunta, pero lo que necesitamos oír es la voz (y el grito) del pueblo de Birmania.

Madeleine K. Albright fue secretaria de Estado de Estados Unidos desde 1997 a 2001.

NYT Op. Ed.


ASUNTOS INTERNOS
LUCIA MENDEZ
El asedio

Desde el 10 de marzo, Mariano Rajoy ha convertido su despacho en una ciudadela asediada. Para defender el fuerte de los ataques enemigos, ha colocado sacos terreros en la puerta y fosos en los pasillos. Con el fin de impedir el asalto de las tropas invasoras, Rajoy se ha calado una potente armadura de combate cuya cota de malla impide a las flechas llegar hasta su corazón y alrededores. Por si acaso.

El lenguaje que utilizan sus colaboradores es un lenguaje de resistencia numantina a los ataques del interior y del exterior. Los corresponsales de guerra aprecian, no obstante, una cierta desproporción entre los pertrechos que se han instalado para defender la fortificación de Génova 13 y la debilidad del enemigo. El primer debate de la Ejecutiva del PP digno de tal nombre desde hace 18 años puso en evidencia que la potencia de combate del enemigo está muy mermada. Los llamados críticos de Rajoy ni siquiera son un ejército disciplinado, sino más bien tropas irregulares y dispersas, sin orden ni concierto. Cada lanza crítica, por así decirlo, va a lo suyo.

Repasemos las tropas enemigas, empezando por Esperanza Aguirre. La presidenta madrileña es una política extraordinariamente querida y admirada en su terruño, pero cuando sale de las fronteras de la Comunidad de Madrid no es tan popular. Ella, Alejo Vidal-Quadras y María San Gil son los únicos que asaetean la ciudadela con dardos ideológicos, aunque sus disparos son como pinchacitos de una aguja que con una tirita se curan. Están en minoría dentro del partido. A este respecto, resulta muy elocuente que Jaime Mayor Oreja, el inspirador intelectual de este sector, guarde un elegante silencio.

La segunda línea de combate está formada por algunos políticos inteligentes y reflexivos que se han sentido maltratados o directamente no tratados por Mariano Rajoy. Gente de su propio equipo. Gabriel Elorriaga puede ser el ejemplo, pero hay más. La retaguardia del ejército crítico no merece siquiera comentario porque son personas que escasamente se representan a sí mismas. Léase Alejandro Ballestero y otros por el estilo. Cuentan que lo que más apesadumbrado tiene a Rajoy es la línea de combate mediática, pero hasta en eso exagera mucho porque los periodistas, por importantes y poderosos que sean, no tienen ni voz ni voto en el congreso del PP.

El único soldado que se atrevió a espolear su caballo hacia la fortaleza acaba de tirar la toalla porque cuando miró hacia atrás se dio cuenta de que estaba más solo que la una. Juan Costa no ha podido presentarse como alternativa porque no la logrado reunir en torno a él a un grupo de personas de su generación.

Una vez neutralizado el enemigo, a Rajoy sólo le queda reconstruir la fortaleza con materiales duraderos que resistan los asedios del futuro, que sin duda llegarán. Pío García-Escudero ha decidido esconderse detrás de un árbol a ver si así pasa de él el cáliz de la Secretaría General.

Al señor de la fortaleza defenderse le ha sido fácil. Mantener su despacho a salvo le costará más. Y si Rajoy cree que lo que le espera está chupado, se equivoca.

EL RUIDO DE LA CALLE
RAUL DEL POZO
Generación Einstein

Los camiones han llegado al Congreso y al Senado. Mariano Rajoy ha recitado en la Sesión de Control la parábola de la estupidez, al decir que ZP mete, como el avestruz, la cabeza debajo del ala para no escuchar las bocinas de la recesión. Ya no le llama al presidente tonto a secas. Se ha centrado. Mientras espera los avales preñados, lee a Carlo Cipolla y averigua que la estupidez es un poder invisible y devastador también en el Gobierno. ZP ha informado de que hay 25.000 policías con el vergajo en los dientes; no ha contado que son avestruces de acero, no pueden correr ni volar.

En plena feminización y estupidización de la política, cuando no sabíamos que la Huelga General era un strip-tease de camiones, los jóvenes más mimados del mundo van a pasar en unas horas de mileuristas a novecienteuristas, en el instante en que los tornillos se han convertido en gusanos y las autopistas de España son F.I.S.T. Pero la novísima generación del éter, ajena a las huelgas de sus antepasados, saluda a Larry Page y Sergey Brin, que ayer ganaron el Premio Príncipe de Asturias de la Comunicación en medio de la polémica. La Generación Einstein quiere evitar, como el judío vegetariano, que la última guerra sea a pedradas por una jarra de gasofa. Ya están aquí, llegaron ya; no son objetores porque ya no tienen que ir a la mili, se quitaron los piercings, las hoces, dejaron las cucarachas de los okupas, dieron puerta a los kirikis y las crestas punkis, se alistaron al éter, a la Osa Mayor.

Estos sí, y no nosotros, eran los invitados al futuro. Desde que Larry Page y Sergey Brin protagonizaron hace ocho años en la Universidad de Stanford una hazaña que supera a la de los argonautas, conectando la mente individual con la global, ha llegado su momento, con el algoritmo, el segundo descubrimiento de la rueda y el fuego. Entre los nuevos habitantes hay algunos que utilizan la Red como cloaca de injurias, pero la mayoría aspira a ser héroes positivos.

Nosotros, que somos las sumas de contradicciones de los niños de la posguerra, los chupitos baby boom, los capullos X, los moños de La Movida, les saludamos.

Buenos días, chicos Einstein, voy detrás de vosotros con el ratón. Sé que sois héroes positivos porque el otro día un editor de Planeta me proponía, junto a Montero Glez, una novela. Y decía, mirando a Bogart, cuyo retrato estaba en la pared de restaurante: ya no se llevan estos personajes amargados; enganchan los ídolos de la Generación Einstein, héroes positivos. Ya está bien de los zarrapastrosos del realismo sucio, puteros y mal afeitados que comen potaje. Tira el buen salvaje que vive en YouTube y viaja por Google Maps.

Ha llegado la hora de los chicos de Einstein con tres mucamas de 600 euros, en plena ginecocracia, segundo día de la huelga, con la política tomada por el poder devastador de la estupidez.

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