FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Luis María Anson, Raúl del Pozo, Erasmo, Fernando Sanchez Drago, Pedro Martínez Montavez

COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
Sin coartada
Afortunadamente, yo no soy Mariano Rajoy, pero si lo fuera nunca habría dejado pasar la oportunidad de que Juan Costa fuera el ninot indultado de la falla búlgara. Casi lo único que separaba la democracia interna del PP de la democracia orgánica del franquismo, es decir, de Fraga, era la posibilidad de una oposición más o menos tolerada aunque jibarizada y que no tuviera posibilidad alguna de ganar. Más o menos, como si Franco hubiera dejado que se le opusiera Cantarero del Castillo. Pero es tal la debilidad de fondo de ese liderazgo tan aplastantemente avalado por las bases (sólo el 3¿4% de la militancia ha votado) que ni siquiera ha permitido la coartada para sobredorar la descascarillada peana del caudilliño. Ahora, los anfitriones búlgaros tendrán que obligar a un número suficiente pero insignificante de compromisarios para votar en blanco o no a Mariano. Lo que no sé es si se van a dejar los compromisarios. En Bulgaria era casi imposible conseguirlo. Por simple estética, a los fautores de la dictadura comunista les parecía mejor que al menos una centésima parte del cuerpo electoral del Partido Unico fingiera oponerse a la aplastante hegemonía del comunismo, pero no había forma humana de convencer a cualquiera de los insignificantes dentro de los fieles, o de los significativos dentro de los fidelísimos, para prestarse a votar contra su líder natural, que es como se llama a sí mismo Gallardón reeditando la famosa «mayoría natural» del Fraga de Alianza Popular (que nunca fue mayoría, naturalmente).
Si el búlgaro designado para el no o el sí, pero era un recién llegado al Partido, no quería que su vida política quedara manchada desde el inicio por oponerse al luminoso liderazgo del Gran Timonel Rojo, fiera cual fuese. Imaginaba que siempre habría forma de registrar su desvío de la inmensa masa asertiva y que, si cambiaba el capataz de la cosa, siempre le podrían reprochar con pruebas en la mano que entró en el partido para cargárselo. En cuanto a los líderes importantes, todavía les apetecía menos correr ese riesgo, que siempre utilizaría otra facción para cuestionar su ortodoxia y condenarle al destino de Lin Piao, delfín de Mao: una huída que pareciera un accidente. Mortal, claro.
Total, que el único que se podía permitir votar no era justamente el dictador que reeditaba su égida despótica. Pero, ay, su disidencia no llegaba al 0¿01% (la cifra, según Valcárcel, de la oposición a Rajoy). Y al final, debían trucar los resultados porque en las urnas sólo salían síes.
Como a Rajoy le convenía la coartada Costa, supongo que Gallardón no ha dejado que el que debe calentarle la silla hasta septiembre del año que viene pierda un adarme de su poder. La coartada era rajoyesca, no gallardonesca.
CANELA FINALUIS MARIA ANSON
El tenis de Santana a Nadal
Rafa Nadal es ya un fenómeno sociológico. Ha desbordado el ámbito deportivo para ceñirse la corona del orgullo nacional. La televisión ha potenciado su figura, su simpatía, su aire de pillete de barrio.
En los años cincuenta, España perdió contra Italia en la Copa Davis por 5-0. El encuentro se jugó en Madrid, en Puerta de Hierro. Ese era el nivel de nuestro tenis. Dos gorditos Cuccelli y Del Bello y uno que se llamaba Sirola o algo parecido, y que era alto y desgarbado, barrieron a Ferrer Salat y Martínez, capitaneados por Bartrolí. En esa época los aficionados al tenis en Madrid no pasábamos de dos centenares. Olózaga era el campeón, Titín Fleitchner brillaba, Maqua reinaba en el Apóstol Santiago, donde jugaba Lizarriturri que era el simpático antiestilo. Gallardo entrenaba en Puerta de Hierro y Ayuso en el Apóstol Santiago. Destacaban Sánchez-Prieto y Trapiella y, sobre todo, Emilio de la Torriente que hizo una brillante carrera de arquitectura. Entre las chicas las mejores era Mercedes Solsona y Pilar Barril. También Rosina Alarcón y la guapa Nori Argüelles. Después llegaron Ana Mari Estalella y Carmen Hernández Coronado. Nos conocíamos todos. Vi ganar a Couder el campeonato de España contra Gimeno -en Barcelona y tras perder los dos primeros sets y 4-1 en contra en el tercero- y apenas nos desplazamos desde de Madrid ocho o diez aficionados.
Y llegó Santana. Como ha dicho Manuel Adrio, el mejor aficionado y el crítico que más sabe de este deporte, Santana es el tenis en España. El lo popularizó y abrió el camino para los que vinieron después. Era un dios sobre la pista. Nadal está todavía lejos de Santana, que ganó cuatro slam: dos Roland Garros, un Forest Hill (abierto de Estados Unidos) y, sobre todo, un Wimbledon. Sin Wimbledon cualquier biografía tenística queda coja. Con Santana, los Alonso, Gomar, Massip, se difuminaron en la historia de nuestro tenis. La fiera de mi niña, Arancha Sánchez Vicario, cuatro gran slam, Premio Príncipe de Asturias del Deporte, y Conchita Martínez,vencedora en Wimblendon, desbordaron a la mítica Lily Alvarez, con la que tuve amistad.
A Santana le complementaron con los años, nuestros nombres grandes del tenis: Gimeno, Orantes, Bruguera, Corretja, Moyá, Ferrero, Ferrer... En el año 2004 escribí una canela para vaticinar, desde mi permanente afición al tenis, que el único tenista que podía emular a Manolo Santana era un jovencito que empezaba: Rafael Nadal. «No sé -escribí entonces- si mantendrá ese juego fulgurante, pero, si es así, conseguirá vencer en los torneos del gran slam. Santana jugaba de otra manera, con menos potencia y más versatilidad, pero Nadal no le va a la zaga en calidad de juego, en instinto matador, en genio de campeón».
Me alegra infinito no haberme equivocado en el pronóstico. Nadal, tras su cuatro victorias en París, ha cruzado, además, la raya incierta del deporte para instalarse en la sociología. El gran campeón es ya mucho más que un deportista. Se ha convertido en una figura nacional. Manolo Adrio, con su pluma zumbona, podría escribir: «Muy bien por Federer que consiguió hacerle cuatro juegos a Nadal».
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
ERASMOHillary
Esplendor majestuoso del We the people. Meses interminables, California o Maine, Indiana o North Carolina: On the road. Esta Hillary, descabezada por la mala cabeza de Bill, tal husband. «Toda nuestra energía, pasión, nuestra fuerza para apoyar la elección de Barack etcétera». Dice. Ejemplo impagable para ese partido opositor y su «centralidad», consorcio de «imbéciles» (sic: Felipe González dixit). Y a Rodham (Clinton): Chapeau
TIEMPO RECOBRADO
PEDRO G. CUARTANGO
James y Jan
Todos conocemos un montón de historias de amores imposibles. Rara es la persona -sea un rey o un indigente- que no ha cometido alguna vez una locura o una imprudencia por amor.
Cuando Napoléon volvía derrotado de Rusia en 1812 y decenas de miles de soldados de la acosada Grand Armée perdían la vida en la helada estepa rusa, el emperador francés se empeñó en desviarse unos kilómetros de su ruta para visitar a una condesa polaca de la que estaba enamorado.
Que el amor lo puede todo o casi todo lo prueba el caso de la escritora de viajes Jan Morris, de 81 años, de la que leí hace años una maravillosa recreación de Venecia. Lo que yo no sabía es que Jan se llamaba en realidad James Humphrey Morris, ex oficial del IX Regimiento de Lanceros de Su Majestad, condecorado por su valor, y miembro del servicio secreto británico durante la II Guerra Mundial.
James Morris inició una brillante carrera periodística en 1945 y cubrió como corresponsal de The Times la hazaña de Hillary y Tensing cuando lograron conquistar el Everest.
Morris se casó en 1949 con Elizabeth Tuckniss, hija de un plantador de té en la India, que había alquilado un apartamento junto al suyo en Londres. Tuvieron cinco hijos. En 1972, James decidió cambiar de sexo y se fue a operar a Marruecos.
James tuvo que divorciarse de su mujer por imperativo legal y, a partir de entonces, se inscribió en el registro como Jan. Pero ambos siguieron viviendo juntos en una mansión rural llamada Trefan Morys, situada en un idílico lugar de Gales. Jan Morris describe esa casa como una gran choza con vigas de madera, llena de libros, donde con frecuencia acuden sus hijos a pasar largas estancias.
El pasado 14 de mayo, Jan Morris y Elizabeth Tuckniss fueron al Ayuntamiento de Pwllheli, un pequeño pueblo de Galés, y se casaron de nuevo mediante la fórmula de unión civil, exactamente 60 años después de conocerse.
Ambas han manifestado que quieren ser enterradas juntas en una pradera cercana a su casa. La lápida fue labrada hace 30 años y tiene la siguiente inscripción: «Yacen aquí dos amigas: Jan y Elizabeth Morris».
Jan Morris escribió, dos años después de su operación, un libro titulado Conudrum, en el que describe su sentimiento desde la infancia de que siempre había deseado ser mujer, lo que no le impidió no sólo enamorarse de su esposa sino quererla profundamente.
Habrá quien quiera extraer conclusiones morales de la extraordinaria historia de Jan Morris, pero yo sólo veo en su singular peripecia el triunfo del amor por encima de cualquier circunstancia, incluso de la muerte.
En un mundo tan miserable y ruin como el que nos ha tocado vivir, es reconfortante saber que todavía hay gentes como Jan y Elizabeth que nos permiten creer que la humanidad no está del todo perdida mientras exista el amor.
TRIBUNA LIBREPEDRO MARTINEZ MONTAVEZ
Los agentes de Oriente Medio mueven ficha en los conflictos
El año 2008 está resultando particularmente doloroso para los árabes, dentro de una larga secuencia cronológica que no se distingue precisamente por sus satisfacciones, calmas y alegrías. La inevitable rememoración de aquel nefasto 1948, de la primera catástrofe (al-nakba), que significó la usurpación y la pérdida de Palestina, gravita como una pesada losa agotadora e insostenible y reactualiza permanentemente la insoportable carga de un pasado aún próximo -60 años-, a lo largo de los cuales las derrotas, las decepciones, las incomprensiones y agresiones exteriores, los desgarros internos y las incapacidades propias no han ido sino creciendo y acumulándose. Sesenta años que se disponen en una primera fase de ascenso y voluntad de reafirmación, hasta los últimos años de la década de los 60 de pasado siglo, y una segunda más larga de descenso y progresiva debilitación. Vengo repitiendo una y otra vez que resulta fácil sintetizar su historia última afirmando que el espacio árabe, y especialmente en su subespacio oriental, ha pasado de tener un país de máximo dolor, Palestina, a tener tres: Palestina, el Líbano e Irak.
Yo no sé si ese espacio ha entrado o no en una nueva fase, y me parece sumamente imprudente y arriesgado hacer afirmaciones tajantes al respecto, pero es indudable que acaban de producirse algunos hechos que nos sitúan en coyunturas nuevas y diferentes que pueden llegar a generar cambios profundos y radicales. Voy a referirme estrictamente a dos de ellos, que no dejan de estar además parcialmente relacionados entre sí, y a los que si quisiéramos poner una etiqueta común sería la de la actuación protagonista y decisiva de los agentes regionales. En concreto, a dos de ellos: la mediación qatarí para la solución de la crisis interna libanesa, y la mediación turca en el establecimiento de conversaciones de paz entre Siria e Israel, que podrían llevar a las negociaciones directas entre ambas partes. No por azar ni incomprensiblemente, Siria está presente en ambas iniciativas, aunque sólo en una sea también protagonista. Se pone así en evidencia lo que no cabe ignorar: que Siria es una pieza estructural clave en la laberíntica edificación política de la región.
Puede parecer en principio sorprendente, paradójico y hasta inexplicable que un minúsculo emirato del Golfo esté jugando un papel tan relevante para la posible solución final de un problema tan enrevesado, deteriorado y grave como es la crisis libanesa. No es así, y existen causas que contribuyen a explicarlo, al menos parcialmente. Hay una realidad básica y creciente: la progresiva emergencia protagonista de toda la región del Golfo (al-Jalich) desde hace algún tiempo, no sólo en su dimensión económica sino en su presencia y actuación políticas y estratégicas también. Quizá resulte desproporcionado el descollante papel desempeñado en esta ocasión concreta por un pequeño Estado como Qatar, de muy reciente constitución -no llega aún a los 40 años- y de extensión similar a algunas comunidades autónomas españolas uniprovinciales, como Asturias, Murcia o Navarra. Pero es otra nueva demostración del buen tejido de relaciones que Qatar mantiene, sujeto a las naturales variantes en intensidad, ritmo y nivel de desarrollo, con la gran mayoría de los países implicados en la tupida e intrincada trama de conflictos, intereses y estrategias concurrentes en la región: con Irán y EEUU, por ejemplo, aunque pueda parecer casi imposible, y excelentes con Siria, a nivel personal además entre sus respectivos jefes de Estado. Han alcanzado así mismo un buen nivel con Israel, especialmente en el terreno económico.
Un editorial de al-Quds al-arabi mencionaba nada menos que seis causas del éxito de la mediación qatarí. En una de ellas se precisaba que, a pesar de las preferentes relaciones que Qatar mantiene con los dirigentes de la oposición libanesa, no ha interferido jamás en la lucha interna que mantienen los dos grandes bloques radicalmente enfrentados en aquel país. En otro punto se recordaba así mismo, muy oportunamente, que la conciliación entre Arabia Saudí y Qatar, conseguida con anterioridad y tras superar diferencias nada insignificantes, había contribuido al éxito de la iniciativa de mediación qatarí y a la conclusión de un acuerdo.
Este aspecto de la cuestión reviste una importancia especial dado el protagonismo muy destacado que Arabia Saudí ejerce en la zona y en la gestión de la inmensa mayoría de las cuestiones, problemas y asuntos que en ella se plantean, aunque sea casi siempre con una actuación discreta y voluntariamente alejada de los brillos escenográficos habituales. Conviene leer, respecto a todo este tema, el artículo que la conocida académica de la Península Arábiga -como parece que ella prefiere identificarse-, muy crítica con el régimen monárquico saudí, Madawi al-Rashid, escribió en el diario citado con el título de «¿Por qué ha triunfado Qatar y fracasado Arabia Saudí?».
La analista explica detalladamente los porqués del fracaso saudí, y de su exposición se deducen precisamente los porqués del éxito qatarí. Hay algo que queda sumamente claro: la permanente, estrecha y extensa asociación saudí-americana, que arrastra con frecuencia a la monarquía árabe a una inevitable dependencia y subordinación a la unilateralidad de la otra parte asociada y, en definitiva, decisoria. Con Qatar parece no ocurrir lo mismo. Quizá habría que preguntarse en algún momento si en realidad es definitivamente así, y por qué.
La exitosa mediación qatarí ha propiciado algunas frases de fina ironía e ingeniosas, que acompañan de vez en cuando al complicado juego diplomático. El mismo emir de Qatar, acogiéndose al encomiable lema de «sin vencedor ni vencido», ha subrayado que, en el caso libanés, «el vencedor ha sido el Líbano y la vencida, la sediciosa guerra civil» -lo que puede decirse en lengua árabe, y hasta algunas cosas más, con una sola palabra: al-fitna. Así mismo, el secretario general de la Liga de Estados Arabes ha hecho un ingenioso juego de palabras al afirmar que «si la lluvia comienza con una gota (qutra, qatra), ¿qué pasará con Qatar? -el nombre de este país procede de la misma raíz árabe que significa gotear-.
Este protagonismo singular de los agentes regionales ha resultado en gran parte inesperado y sorprendente, aunque lo sea también por razones diferentes en cada caso. Turquía es indudablemente, y desde siempre, un actor muy destacado en la región, pero la tónica y dimensión de sus relaciones con los países árabes en su conjunto no contribuía a pensar que llegara a adquirir el rango de importancia que ahora ha conseguido. Pero sí sirve para confirmar, por otro camino, la nueva imagen de elemento moderador y modulador que ha alcanzado y va desarrollando, dentro de la turbulenta encrucijada política e ideológica en la que toda la región se encuentra.
La intervención turca no es sin embargo cosa nueva, y empezó a fraguarse hace ya algo más de cuatro años -como ha recordado, por ejemplo, la prensa israelí- con motivo de la visita oficial que hizo a Ankara el presidente Al-Asad, primera que un líder sirio efectuaba a Turquía desde la independencia de Siria el año 1946. El paso actual es sumamente importante y significativo, aunque todavía presente -como ocurre en el caso libanés- numerosas dudas, recelos, ambigüedades, puntos oscuros, y hasta bastantes y grandes dificultades para su puesta en marcha y realización. En un análisis de «las posibilidades de paz entre Siria e Israel» publicado recientemente en el diario Al-Hayat, el prestigioso especialista en las cuestiones de Oriente Medio que es Patrick Seale considera a su vez que «tal vez el único rayo de esperanza que traspasa hoy el opresor estancamiento de las relaciones entre Siria e Israel sea la firme decisión del presidente turco de reunir a todos los países», e insiste acertadamente en el hecho de que el desarrollo del proyecto está indisolublemente vinculado a que siga el proyecto de paz entre Palestina e Israel.
En todo caso, como digo, es muy posible que la situación haya comenzado a cambiar estructuralmente, y que la aparición protagonista de los agentes regionales en la posible solución de los conflictos de la zona sea su más evidente manifestación. En este sentido, un colaborador del diario Al-Ahram se pregunta si «lo que ha ocurrido es un indicio de que se intenta llenar el vacío por parte de los estados pequeños, como Qatar, a costa de los grandes». Algo de eso es lo que he tratado de abordar aquí, aunque está claro que quedan muchos puntos sin sugerir: por ejemplo, cuál puede ser la reacción de Egipto al respecto, o de Irán, que tendrá mucho que decir seguramente. Otro aspecto de la cuestión que queda no menos claro para mí es que este nuevo planteamiento afecta muy directamente y en raíz al indudable, pero aún no definitivamente diseñado, plan de la Administración estadounidense para la zona; plan que quizá se encuentre ahora en un momento de necesaria liquidación o transformación radical. Sería lo menos que se merece y algo absolutamente necesario.
He tratado aquí solamente un aspecto de la cuestión, sin entrar en otras consideraciones, preferentemente de carácter interno en cada caso, que son no menos importantes y decisivas. Para ello he tenido en cuenta no sólo la relevancia del aspecto que aquí he suscitado, sino el hecho de la escasa difusión y tratamiento que ha alcanzado en los medios españoles y la insignificante repercusión que ha tenido en la opinión pública. Como ocurre con frecuencia, lamentablemente.
Pedro Martínez Montávez es arabista y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid.
EL LOBO FEROZF. SANCHEZ DRAGO
Fiesta Nacional
Vuelve a serlo: nacional. Nadie añada connotaciones políticas al adjetivo. Es, sólo, definición geográfica. El toreo se había encunado. La Fiesta no lo era ya de la nación, sino de la afición. Eso terminó el jueves, cuando José Tomás, cautivo y desarmado el ejército de sus detractores, entró en Las Ventas. Madrid, 5 de junio, Día de la Victoria y de la Concordia. Estaba allí el Rey, por más que otro monarca, al que no rindió pleitesía, anduviera en el coso. Eso sí que es torear de poder a poder: sobraba el brindis. No soy republicano (ni monárquico), pero me gustó el gesto. Más taurino, imposible. La Fiesta, decía, vuelve a ser nacional, porque no hubo rincón en el país al que no llegara el oleaje de la proeza, e incluso internacional. En Singapur y en Sol no se hablaba de otra cosa. Al día siguiente, unánimes, las portadas de los periódicos y las voces de la radio y de la tele lo demostrarían. No hubo quien no acudiese a la muleta. Lo hicieron los de El País y los de EL MUNDO, los de la Cope y la Ser, los de Esperanza y Gallardón, Federico y Sabina, Aquiles y Héctor, los aqueos y los troyanos. Zafarrancho de reconciliación nacional. ¿Nacional? Pues sí, porque en cualquier nación que merezca ese nombre caben todos: los taurinos y los antitaurinos. Estos no son de ahora. Siempre los hubo, y no pasó nada. Tengamos la Fiesta en paz. Hoy es, para el lector, martes, pero yo escribo en la madrugada del viernes, insomne, porque en la noche del jueves tocaba no dormir. Confusión en mi confesión: la de las emociones. Insisto: Fiesta Nacional, fiesta de todos. En Las Ventas, al término de la corrida, mientras flameaban 20.000 pañuelos, 20.000 gaviotas, 20.000 palomas de vuelo popular, se cruzaron los móviles de medio país. Mensaje de Santonja: «Me rindo, y además sin condiciones». Lo mismo diría unas horas después, en EL MUNDO, Javier Villán. Correo de Rafa Martínez Simancas: «Al ver a Tomás con los pies quietos me di cuenta de que eso es una candidatura y lo de Rajoy una estupidez. Tomás es España: trágica, heroica, imprevisible y vertical. A su lado todos los demás son monosabios». Salí de Las Ventas. Hablé con Ignacio González. Cogí el metro. Hablé en uno de sus vagones con Javier Rioyo y Chus Visor. Cené con Isabel Linares, Silvia Camacho, Gómez-Angulo, José Luis Garci, David Gistau... Todos pensaban lo mismo. Estábamos en Casa Ciriaco. Frufrú de consenso y asombro en las mesas. ¿Excepción? Una. Ruiz Quintano, antitomasista furibundo después de haber sido idólatra tomasista, no quiso verlo torear y se quedó acodado en el bar del 9. Podía beber gratis y llevarse la caja, porque los camareros estaban en el tendido. Era, lo suyo, otra forma de rendirse. Hay gente pa' tó. Barbeito: «Tomás y bebed de mí». Yo (y Angel Expósito): «¿Tomás o too much?». ¿Juegos de palabras? No. Fiesta Nacional y Edad de Oro del toreo. Morante, Cayetano, Perera, Castella , Ponce, El Cid... Les jours de gloire sont arrivés.
EL RUIDO DE LA CALLE
RAUL DEL POZO
El mudo
El presidente de honor del PP lleva su sigilo como aquel endemoniado del Evangelio en Gerasa. Recuerdo cuando Aznar hablaba de la biblioteca de su familia. Aunque le jodía que se le recordara que Prieto había llamado «perillán» a don Manuel, amigo de Pla ante el pelotón de fusilamiento, reconocía que había leído los libros de su abuelo.
El Congreso de Valencia, donde el aparato del PP ha trazado un espantoso cerco alrededor de la meditación democrática, necesitaría que Aznar dejara por unos minutos de ser insonoro y les recordara, a los que les dejó en herencia una mayoría absoluta, que la democracia es el derecho que la inmensidad otorga a la minoría, el más noble grito que ha sonado en todo el planeta. «Era inverosímil -escribe Ortega, por cuyos libros gateaba Aznar- que la especie humana hubiera llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural. Por eso no puede sorprender que la misma especie decida abandonar, cuando menos se piense, esa generosidad».
El PP del 1996-2000, antes del despropósito de Irak, había superado aquella aberración del sufragio censitario, la restricción del voto, la mayoría natural de la Foca del Cantábrico. De pronto, otra vez la derecha nos devuelve a la época en que los políticos se llamaban don Melquíades. En España la democracia ha llegado hasta el sorteo de los toros y sin embargo, los partidos no son transparentes en sus elecciones. Tampoco la izquierda española es un espejo. Siempre dijeron que eso de las primarias no estaba en la tradición de los partidos obreros; luego tuvieron que hacer unas, una vez que estuvieron en peligro de muerte.
Recuerdo la noche del 2 de abril de 1998, cuando el periódico me envió a Life-Line de Móstoles, una discoteca macarrilla donde Borrell, el candidato del PSOE, ofrecía condones gratis a la basca. Le anuncié que le iba a devorar el aparato y él contestó que entre el azar y la fatalidad siempre hay un espacio para la voluntad. Lo hubo, deslumbró, después lo arrojaron por el acantilado, pero el ensayo de la comedia gustó mucho; en el reestreno salió Zapatero, que ahora sugiere: Valencia será la Guadalajara del PP.
Ha sido hermoso el himno de las primarias en EEUU. Ha confirmado que en América la fe en la opinión pública es una religión. El Congreso de Valencia será un escándalo porque se celebrará unas semanas después de esas primarias. Cuando los jefes de las campañas norteamericanas pierden aceptan un trabajo como camareros en el Lily's de San Francisco. Uno de los candidatos reconoció que a las once y media de la noche electoral te tiras desde un acantilado. Si pierdes puedes gritar en la caída, pero te estrellarás en el abismo y no volverán a elegirte ni presidente de tu comunidad de vecinos.
Así que salga como Charlot del cine mudo antes de que la piara se arroje por el precipicio de Gerasa.
Etiquetas: Firmas





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