
LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIAN
Que pida perdón Zapatero
En un alarde de desfachatez digno de mejor causa, el ínclito Pepe Blanco pretende ahora legitimar los desatinos de su jefe recurriendo a las bombas de ETA. ¡Pero qué cara más dura! Su razonamiento, para consumo de incondicionales e indocumentados, es más o menos el siguiente: los terroristas apuntan a miembros y sedes del Partido Socialista, lo que demuestra que no han cedido. ¡Que pidan perdón los que criticaron al PSOE durante el proceso de paz! Pues no, señor mío.
Que pida perdón Zapatero por intentar engañar a la banda con promesas que no podía cumplir.
Que pida perdón Zapatero por humillarnos a todos con los paseos del hombre de paz De Juana Chaos junto a su novia por las calles de San Sebastián, o por esa imagen de Patxi López departiendo amablemente con Arnaldo Otegi.
Que pida perdón Zapatero por estar dispuesto a vender a los navarros integrándolos en un ente común derivado de la fusión de su comunidad con el País Vasco, que no prosperó por el rechazo de los terroristas a conformarse con tales migajas.
Que pida perdón Zapatero por mentirnos a todos negando que estuviese en curso una negociación política, cuando sus emisarios estaban hablando con los pistoleros nada menos que de Navarra y de esa «mesa de partidos» carente del menor fundamento democrático, que habría de decidir el futuro de los vascos al margen de las instituciones.
Que pida perdón Zapatero por traicionar el Pacto por las Libertades y Contra el Terrorismo, prestándose a dialogar con una cuadrilla de asesinos cuya voluntad de abandonar las armas nunca fue contrastada, y marginando además al PP de ese «proceso» suicida.
Que pida perdón Zapatero por equiparar su actuación irresponsable con la de otros gobiernos de España que jamás se rebajaron a hablar con ETA de política.
Que pidan perdón Zapatero y sus secuaces por intentar silenciar y descalificar con saña a todos los que nos atrevimos a denunciar sus maniobras en la oscuridad, no por afán de ser agoreros, sino porque conocemos a la serpiente desde antiguo.
Que pida perdón Zapatero a sus compañeros del PSE, porque ellos son quienes van a soportar ahora el peso de la decepción etarra. Los terroristas quieren ganar, no «causar daño» como dice Blanco. Y para ganar necesitan negociar, sin otro argumento que «los muertos sobre la mesa» a los que siempre han recurrido.
Que pida perdón Zapatero por devolver la esperanza a la bestia.
ERASMO
De mujeres
La idoneidad aproximada para el empeño público no residirá en el sexo, mas en la aproximada destreza del / la titular. El arrebato fotográfico escamoteará, tras los Armani, la sagacidad o estulticia de la titular. La probada industria de Teresa de la Vega (lúcida hasta para encubrir la patraña hidráulica del trasvase) es ajena a la descarada imbecilidad habitacional de la ex Trujillo. Mujeres y mujeres. (Y hombres).
VIDAS PARALELAS / JOSE MONTILLA / TRAJANO
PEDRO G. CUARTANGO
Agua para el pueblo sediento
Roma ha sido fuente de inspiración y aprendizaje de políticos, escritores y artistas durante 20 siglos. Su cultura sigue irradiando luz desde un pasado lejano. Nosotros mismos hemos tomado ejemplos de su gloriosa historia para comprender el mediocre presente. Hemos visto en Rodríguez Ibarra el remedo del gran Vespasiano por su común afición a las bellotas, hemos percibido en Caldera el mismo gusto por la fastuosidad que Calígula y hemos comparado a la inefable Carmen Calvo con Nerón por su pasión por construir teatros.
Hoy Trajano nos sirve para glosar la figura de su paisano José Montilla, que nació cerca de la Itálica en la que vio la luz el gran emperador.
Montilla y Trajano no sólo comparten el mismo origen: tienen en común una serie de rasgos biográficos que les convierten en almas gemelas. Tal vez el de Iznájar sea la reencarnación del que fuera emperador, cónsul, pontífice máximo y padre de la patria.
Con Trajano, de la dinastía de los Antoninos, Roma alcanza su máxima extensión territorial en el año 117 después de Cristo. Con Montilla, al que se le ha puesto cara de emperador romano, Cataluña atraviesa un momento de prosperidad y esplendor que suscita la envidia de todos sus vecinos.
Pero hay un vínculo secreto que une a ambos personajes: su afición por las obras hidráulicas. Siguiendo el ejemplo de Apio, que llevó el agua a Roma por un gran acueducto que recorría la vía que lleva su nombre, Trajano construyó canales y conducciones para asegurar el suministro a las casas y los palacios.
Trajano estaba tan obsesionado por el agua como Pepe Montilla, que va a trasvasar miles de millones de litros del Ebro a través de una tubería de 60 kilómetros.
Montilla quería también secar el Segre pero no le han dejado, tal vez porque le ha faltado el talento de un Vitruvio que supiera aportar ese toque artístico que el sabio daba a sus proyectos hidráulicos.
El gran éxito de Montilla es visto con envidia por Camps y Valcárcel, que amenazan con una guerra por el agua. Que no se les ocurra desencadenar las hostilidades porque serían derrotados igual que Decébalo, el líder de los dacios, aplastado por las legiones de Trajano, que se anexionó sus territorios.
Los historiadores consideran a Trajano como el mejor emperador romano, ya que obtuvo grandes éxitos militares y pacificó el Imperio tras el convulso periodo de Domiciano.
Montilla, el conquistador del Ebro, pasará a la historia como el mejor presidente de la Generalitat tras la desastrosa herencia de Maragall y el nepotismo de Pujol.
El ex president decía hace unos días que Montilla tenía que ser más catalán. A lo mejor se hace alguna transfusión de agua A positiva. También decían lo mismo al principio de Trajano, protegido de Nerva, y luego le levantaron esa gran columna que todavía existe en Roma.
El historiador Plinio escribe que Trajano devolvió a Roma la libertad perdida. Montilla ha devuelto, al menos, una cierta tranquilidad. Propongo que le hagan una gran fuente en Iznájar, su patria chica, aunque no sé si los andaluces tendrán agua para festejar a su ilustre paisano.
ASUNTOS INTERNOS
LUCIA MENDEZ
Suspense y soledad
Es bastante conocida la definición de suspense según Alfred Hitchcock: «Vemos a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba que va a estallar. El no lo sabe, pero el público sí. Eso es el suspense». Tengo entendido que Mariano Rajoy está pletórico de ganas de comerse el mundo, que transmite optimismo por todos los poros y que se siente más libre que nunca de cualquier tipo de atadura. Dado que los espectadores de la película del PP lo que vemos se parece mucho a la definición de suspense del director de Psicosis, hay que concluir que tal vez el presidente del PP sepa algo que el resto del partido ignora. De ahí sus mensajes llenos de optimismo sobre el futuro del PP. Sus compañeros ven un cielo lleno de nubarrones, mientras él aprecia un espléndido sol en el horizonte. Personas que han hablado con él dicen que se considera un hombre nuevo, con su recién estrenada libertad de esos compromisos y esas complicidades mediáticas que le han traído a mal traer durante los últimos cuatro años.
Mejor así, porque el artefacto que tiene Rajoy debajo de su sillón de mando tardará más o menos en estallar, pero acabará estallando. Si él no consigue canalizar el agua interna que ha comenzado a desbordarse, el PP se acabará inundando, tarde o temprano. En dos meses o en dos años, eso nadie lo puede saber.
La calma de la que presume Rajoy se debe sin duda a que de momento no tiene alternativa a su liderazgo. La única que se vislumbra no es una opción real, sino una auténtica empanada de intereses dispares compuesta por Esperanza Aguirre, diputados descontentos, el alcalde de Móstoles y Francisco Alvarez-Cascos. Tras unos años retirado de la primera línea, el ex general secretario ha querido apuntarse a la juerga precongresual echando una mano a la presidenta de la Comunidad de Madrid. Cascos tuvo su momento de gloria y llevó a cabo una renovación sin contemplaciones que condujo al PP de Aznar al Gobierno. Pero una opción de futuro no parece que sea.
¿Y Esperanza? ¿De qué va? A ella, de momento, le basta con que se agiten las aguas de vez en cuando. Hay quien opina que empieza a equivocarse como su querido enemigo Gallardón, especialista en errores estratégicos. No se sabe, por ejemplo, a dónde quiere llegar la presidenta madrileña disfrazando sus intenciones con la tesis del debate ideológico, que a estas alturas no se la traga nadie.
Rajoy, de momento, prefiere el silencio y la soledad. «La soledad es una tentación a la que al político le resulta difícil resistirse. Estar solo, es decir, ser diferente, escapar al destino común es una necesidad para el político. También una maldición. La soledad es reivindicada como una liberación de cualquier regla. Es un esplendor ficticio, una actitud estéril y casi siempre peligrosa». Lo ha escrito el ex primer ministro francés Eduard Balladur en su último libro. Maquiavelo en democracia. La mecánica del poder.
SABATINA SABATICA
MANUEL HIDALGO
El autobús
Veinte años ya, o no sé cuántos, evitando los autobuses de línea por la claustrofobia que, en teoría, me da, y el jueves tuve que coger uno a la fuerza, para evitar mayores trastornos, entre Coruña y Santiago. Mi tren no podía salir de su estación por un derrumbe en la vía, cosas de las obras del AVE. El AVE, por cierto, es una maravilla. Está cambiando España. Más que el transporte, el país: las relaciones de trabajo, personales, comerciales, económicas, el ocio, el turismo. Todo. Llevo más de un mes viajando en tren por toda España. Da gusto. Quedan los puntos negros de Euskadi y Galicia, un atraso. Ir desde Madrid en tren -y vuelta- hasta Bilbao o Coruña es una pesadez. Y los lerdos de ETA están contra el AVE. Aparte de todo, ETA es la reacción contra el progreso, contra el desarrollo, contra el bienestar. Es quedarse atrás, ir en mula.
Ponen el autobús en la estación de Coruña, un autobusazo de aquí te espero, y resulta que al volante está una chica. Bajita, muy guapa y de voz dulce. Casualidad, me acababan de contar un viejo chiste feminista sobre la conducción, ése de un tío que se pone a hacer un huevo frito, y su mujer no para de darle instrucciones -¡más aceite!, ¡menos sal!, ¡el huevo no se casca así!...- hasta que el tío se harta: oye, que yo sé muy bien hacer un huevo frito. Y ella: yo también sé conducir, imbécil.
Yo no tengo ni carné. Parece ser que los tíos, cuando conducen sus mujeres y van de copilotos, no paran de agobiarlas con indicaciones perentorias.
Me sentí muy tranquilo, la verdad, con la conductora. Por nada en particular. Si una chica conduce un autobús será porque le gusta y está capacitada, y punto. Como estaba midiéndome, antes de arrancar, mi nivel de angustia previsible una vez que se cerraran las puertas, pensé: esta tía seguro que no se ha tomado un carajillo, y seguro que no nos va a dar voces, y seguro que no va a ir protestando de cómo conducen los demás, y seguro que no se va a picar con otro vehículo para adelantarlo o porque le adelanta, y así.
Llovía a mares, y el piso de la autopista estaba muy mojado. Todo fue como la seda.
Al lado de la conductora, se instaló un revisor del tren que íbamos a coger en Santiago. Era un tipo amable y simpático. No paró, en todo el trayecto, de dar conversación a la chica. Yo iba sentado detrás de ellos, en la segunda fila de los asientos. La chica le dijo, en un momento de la conversación, que su ilusión era llevar trailers por toda Europa: viajar, conocer otras ciudades, hablar otros idiomas.
Estábamos llegando ya a Santiago, y la carretera se bifurcaba en dos direcciones para acceder a la ciudad. Entonces el tipo encontró su oportunidad: coge a la izquierda, dijo. Y la chica cogió a la izquierda. Poco después se comprobó que el camino de la derecha era el más corto para llegar a la estación. Daba igual, prácticamente, fueron dos minutos más. En la estación esperaban otros compañeros del revisor. Espié su charla: teníais que haber entrado por la derecha, dijo uno. Y el hombre contestó: eso le dije yo.
EL MUNDO QUE VIENE
ALAA ASWANY
«El terrorismo surge de dictaduras como la egipcia; si los islamistas pudieran gobernar, se moderarían»
'EL EDIFICIO YACOBIAN', SU CUARTA NOVELA, SE CONVIRTIO EN UN FENOMENO MEDIATICO CASI SIN PRECEDENTES EN EL MUNDO ARABE. Y SU NUEVA NOVELA, 'CHICAGO', AMENAZA CON ECLIPSAR AQUEL EXITO. ESTAMOS ANTE UNO DE LOS INTELECTUALES MAS COMPROMETIDOS CON LA EXIGENCIA DE REFORMAS DEMOCRA-TICAS. IGUAL CRITICA AL REGIMEN EGIPCIO QUE A SU PRINCIPAL VALEDOR, ESTADOS UNIDOSJAVIER ESPINOSA
CARGO: Dentista y escritor / EDAD: 50 años / CREDO: Musulmán / FORMACION: Licenciado en Odontología por la Universidad de El Cairo (Egipto) y Master en la de Illinois (EEUU) / AFICIONES: Hacer 'footing', jugar al tenis y otras más singulares como sentarse en un café a mirar a la gente e imaginarse historias / SUEÑO: Seguir escribiendo toda la vida
Aunque Alaa Aswany se expresa en un castellano más que aceptable, el novelista prefiere realizar la entrevista en inglés o en francés, dos idiomas que maneja a la perfección. No en vano, estudió durante 16 años en el Liceo Francés de El Cairo y después perfeccionó el dominio de la lengua anglosajona en Chicago, cuando cursaba un Master en Odontología. La jerga de Cervantes la aprendió precisamente en el instituto de enseñanza que lleva el nombre del insigne autor.
Aswany fija la cita en su consulta, situada en pleno centro de El Cairo. Este brillante intelectual compagina actividades dispares. Durante cuatro o cinco horas matinales ejerce como uno de los escritores más significados de la literatura árabe contemporánea. Por la tarde, se dedica a lidiar con las caries de sus clientes. Y en múltiples ocasiones alterna ambos trabajos con su militancia en el movimiento Kifaya (¡Basta ya!), que intenta promover la democracia en Egipto.
La devoción por la literatura le viene a Aswany de familia. Su padre fue también un notable novelista egipcio que obtuvo el Premio Nacional de Literatura de su país en 1972. Tras más de una década volcado en la literatura sin reconocimiento alguno, la publicación en el 2002 de El edificio Yacobián [editado en España por Maeva] le situó en lo más alto del ranking de superventas. Aunque Aswany había trabajado como dentista en el auténtico Edificio Yacobián -que todavía se puede visitar en la capital egipcia-, la idea de la novela surgió cuando presenció la demolición de un viejo inmueble. El escritor recuerda cómo al observar las habitaciones vacías, a punto de ser derruidas, comenzó a imaginar la vida de sus antiguos inquilinos. De ahí surgió un relato descarnado de la sociedad egipcia, con todas sus carencias, frustraciones y tabúes; sin obviar la crítica explícita a un régimen basado en la corrupción y la coacción.
En cuestión de meses la obra se convirtió en un fenómeno nunca antes visto en el mercado árabe. Terminó siendo traducida a 20 idiomas y llevada al cine en 2006 en la que ha sido la producción más costosa en la historia del cine egipcio.
Pero el éxito de este título podría quedar incluso relegado ante la enorme aceptación que está teniendo su siguiente obra, Chicago, un relato ambientado en la misma universidad americana donde él estudió, que describe los dilemas de profesores y estudiantes egipcios en el EEUU posterior al 11-S.
En esta novela, Aswany deja entrever su animadversión hacia la dislocada política estadounidense en Oriente Próximo y, en especial, su apoyo a estados autocráticos como el egipcio o la dictadura medieval de Arabia Saudí, cuya ideología -el wahabismo- considera uno de los catalizadores del fundamentalismo islamista. «La administración americana ha apoyado al régimen saudí por su petróleo y eso es como tener a un tigre en tu casa», observa.
PREGUNTA.- ¿Le sorprendió el abrumador éxito de ventas de El Edificio Yacobián?
RESPUESTA.- En cierta manera sí, porque era mi cuarto libro. Los tres anteriores no habían superado el millar de copias. Siempre conseguía unas críticas inmejorables, pero los libros no se vendían. Por eso digo que El Edificio Yacobián es mi primer encuentro real con los lectores. Hasta entonces era un escritor conocido sin público. Influidas por la presión del Gobierno, las editoriales se negaban a difundir mis obras más allá de esas cifras puramente simbólicas.
P.- ¿Pero las editoras privadas también están controladas por el Ejecutivo?
R.- En Egipto sufrimos un Gobierno terrible que ha infectado a todo el tejido social. Puedes encontrar a gente corrupta en cualquier posición y las editoriales no son una excepción. Algunos se mostraban entusiasmados con mis libros, pero reconocían tener miedo a apostar por ellos.
P.- ¿Y cómo consiguió que El Edificio Yacobián evadiera el boicot?
R.- Recurrí a un editor privado y activista a favor de la democracia que ya se había significado en su oposición contra el régimen. Desde la primera semana, la novela se convirtió en un fenómeno gracias al boca a boca. Es la obra más vendida de la literatura egipcia en los últimos 40 años. Pero el éxito de El Edificio Yacobián no va a ser nada comparado con las cifras de venta que está registrando Chicago. En su versión árabe hemos vendido 100.000 copias en un solo año; una edición por mes. La versión francesa ha acabado con 50.000 ejemplares en sólo dos meses mientras que El Edificio Yacobián vendió 160.000, pero a lo largo de todo un año.
P.- Usted decidió publicar primero tanto El Edificio Yacobián como Chicago en capítulos distribuidos por un semanario y un diario. ¿Por qué?
R.- Se trataba de recuperar una vieja tradición francesa, los folletines, que popularizó Balzac y a los que también recurrió Naguib Mahfouz. Creo que este recurso sirvió para presentar la novela y quizás para influir positivamente en su espectacular venta posterior.
P.- Uno de los elementos de El Edificio Yacobián que más polémica han desatado en Egipto ha sido su descripción de la relación homosexual que mantienen un conocido periodista francófono y un policía.
R.- Aunque se desconozca en Occidente, la presencia del homosexual en la literatura árabe ha sido una constante durante siglos. Hace más de 1.000 años existía un tipo de poesía en Bagdad lamada golamiat, que viene a significar algo así como el sentimiento homosexual. Gigantes de nuestra historia literaria como el poeta iraquí Abu Nawas eran gays. El homosexual siempre ha sido tolerado en la sociedad árabe, aunque no aceptado. Por ejemplo, en el mundo del espectáculo son legión y no pasa absolutamente nada.
En realidad, la controversia no surgió con la novela, sino con la película, que el Gobierno permitió siguiendo sus cálculos políticos. Al cabo de dos semanas y después de ver que el público abucheaba a los torturadores y a los corruptos se dieron cuenta de que se habían equivocado. Entonces, los mismos personajes que habían alabado el filme en la prensa adepta al régimen lanzaron una furibunda campaña acusándolo de promover la homosexualidad. Un centenar de parlamentarios intentaron prohibirlo porque decían que atacaba a los valores familiares. Pero en mi novela no trato de defender los derechos de los gays, sino de presentarlos, sencillamente, como seres humanos. Es difícil hablar sobre las discriminaciones que sufren sólo los homosexuales en un país como Egipto donde todos los días se detiene a gente y se la tortura.
P.- El sexo en realidad es uno de los principales referentes tanto de El Edificio Yacobián como de Chicago. Usted se refiere en ambas no sólo al mundo gay sino a las frustraciones sexuales de los jóvenes egipcios, de los matrimonios de conveniencia, el acoso machista, los sex-shops y hasta el aborto, todos ellos temas que se podrían considerar como tabúes sociales en Egipto...
R.- El sexo es un componente básico de la vida y la literatura es la vida plasmada sobre el papel.
P.- Algunos críticos comienzan a equipararlo con Naguib Mahfouz, pero, ¿es cierto que en una ocasión recibió una clase magistral del mismo Premio Nobel?
R.- Sí. A Mahfouz lo conocí a través de mi padre. Una vez me lo encontré en un café de Alejandría cuando estaba en medio de una profunda crisis porque no sabía si debía dedicarme a la literatura o a qué. El me dijo: «Si de verdad amas la literatura escribe sin esperar nada a cambio, ni dinero, ni fama». Fue un consejo crucial.
P.- El otro día leí el comentario de una blogger estadounidense que le acusaba de recurrir en Chicago a clichés en su crítica descripción de la sociedad de EEUU. ¿Qué opina?
R.- Yo conozco Chicago tan bien como El Cairo. La sociedad norteamericana, como todas, tiene aspectos positivos y negativos. Hay que aceptar las críticas contra ese entorno al igual que nosotros aceptamos las múltiples descalificaciones que hoy se vierten contra los árabes. Entiendo que una minoría del público de EEUU podría aceptar que estas mismas historias las escribiera un norteamericano pero no un árabe.
P.- ¿Cree realmente que existe un choque entre la cultura occidental y la musulmana?
R.- Siempre me he opuesto a utilizar esa terminología: Occidente y mundo árabe. A mí muchos occidentales me resultan más cercanos que muchos egipcios. Pero hay que dejar claro que gente como George Bush o Nicolas Sarkozy no representan a Occidente sino a las multinacionales. Occidente es la multitud que salió en Londres o en Madrid para protestar contra la Guerra de Irak.
Lo que está ocurriendo actualmente tiene más que ver con la pervivencia del imperialismo, aunque muchos digan que éste es un análisis marxista. Lo que busca Bush con sus guerras es abrir mercados para las multinacionales. No todo el mundo ha perdido en Irak. Las firmas de EEUU han hecho grandes fortunas y la Casa Blanca no tiene problema alguno en apoyar a la dictadura más aberrante siempre y cuando ese país le permita seguir sacando provecho de su mercado.
P.- Usted es también un conocido activista a favor de la democracia y del movimiento Kifaya desde 2004. Sin embargo, no parece que su ideario, laico y liberal, sea el que se esté imponiendo en la sociedad egipcia sino al contrario.
R.- Kifaya planteó lo que todos los egipcios querían decir pero tenían miedo de hacerlo. Hace tres años nadie podía imaginar en Egipto que alguien se atrevería a criticar al presidente. Y, hoy, por ejemplo, se producen huelgas diarias donde participan miles de trabajadores. El año pasado se contabilizaron un millar de huelgas.
Es cierto que los extremismos están floreciendo, pero lo hacen en entornos propicios como son las dictaduras. Es una norma. El terrorismo surge como consecuencia de las atroces injusticias de los dictadores. Por eso deberíamos dejar gobernar a los islamistas, porque el poder los moderaría, como ha pasado en Turquía. Le voy a poner un ejemplo egipcio. En 1949, cuando este país gozaba de una cierta libertad, los Hermanos Musulmanes se presentaron a las elecciones y no ganaron ni un solo escaño. Pero entonces se organizó la dictadura que prohibió todo tipo de activismo izquierdista. ¿Cuál fue el resultado? Que los jóvenes terminaron en los únicos lugares donde podían expresar su descontento y que el régimen no pudo clausurar, las mezquitas. La dictadura es la que está empujando al país hacia los Hermanos Musulmanes y no al contrario.
P.- Si embargo, tanto los democráticos Estados Unidos como Europa no dudaron en apoyar a los militares argelinos cuando interrumpieron de forma sangrienta el proceso democrático en el país norteafricano, aplicaron un devastador embargo contra la población palestina después de que Hamas ganara limpiamente las elecciones del 2006 y no dudaron en condonar los desmanes que cometió el régimen egipcio durante las últimas elecciones cuando vio que los Hermanos Musulmanes podían hacerse con el control parlamentario.
R.- Sí, porque el presidente Bush ha reducido todo a la terminología. Se está equiparando islamista con terrorista y yo conozco una enorme cantidad de islamistas que aborrecen la violencia. Es algo que ya ocurrió con la guerra de Vietnam. Entonces los estadounidenses también se referían al Vietcong como terroristas ¡y eran guerrilleros que defendían su país de la ocupación! La democracia es un principio básico que no permite ningún compromiso. La dictadura es una práctica repugnante, supone la violación política de todo un pueblo.
P.- En alguna de sus entrevistas, sin embargo, he leído que se declaraba admirador de Nasser cuando este dirigente fue un autócrata equiparable a Anuar Sadat o Hosni Mubarak.
R.- Es cierto que guardo un notable aprecio por muchas de las cosas que hizo Nasser, pero también lo es que fue quien dejó preparada la maquinaria de la dictadura a la que después se auparon sus sucesores. Lo que tiene la dictadura es que, una vez puesta en pie, es muy fácil de manejar.
LA CUESTION
- ¿Por qué se registran tan pocos éxitos de venta de la literatura árabe en Occidente?
- Este es un asunto muy importante. Los árabes tenemos grandes literatos que no han sido presentados de manera adecuada en Occidente. ¿Por qué? Porque sus obras fueron introducidas al público a través de los llamados orientalistas, que leían esos textos en base a su interés por la sociología o por el islamismo. No las entendían simplemente como una buena novela, como una creación literaria. Por eso, los relatos quedaban relegados a librerías especializadas. Para las grandes editoriales europeas la literatura árabe es simple 'folclore', le conceden un espacio mínimo que no llega al público. Me siento orgulloso de haber roto ese cliché, de trabajar con una firma tan significada como Harper y poder decir que soy un novelista que además es árabe y no en el orden inverso.
SU PROPIO MUNDO
«Mi consulta es como una ventana abierta a Egipto»
¿Tiene usted algún pasatiempo o afición inconfesable?
- Digamos que tengo aficiones normales, como correr o jugar al tenis, y otras un poco más singulares como sentarme en un café a mirar a la gente e imaginarme historias. Por ejemplo, veo a un señor sentado junto a una mujer, que no creo que sea su esposa y empiezo a preguntarme: ¿qué estará haciendo aquí con ella?
Pese al éxito que han obtenido sus dos últimas obras mantiene su profesión de dentista.
- En Egipto es imposible vivir sólo de la literatura. Mi padre alternó siempre la escritura y la abogacía, y hasta Mahfuz fue funcionario hasta que se retiró. Además, mi consulta es como una ventana a Egipto porque recibo a toda clase de clientes. Le voy a poner un ejemplo: el otro día vino la hija de un alto oficial de la seguridad del Estado, un departamento donde la tortura es norma habitual. La niña estaba muy nerviosa y no dejaba de llorar. Le dolía mucho la intervención. Así que le expliqué al señor que teníamos que recurrir a un sedante. «Una persona sometida a un dolor constante durante largo tiempo puede entrar en coma», le comenté. Y él me replicó: «Sí, ya lo sé». No hacía falta hablar más.
¿Sigue visitando lugares sórdidos para documentar sus novelas?
- Por supuesto. Un novelista tiene algo de investigador. Una vez que diseñas la trama de la obra te quedan huecos enormes que hay que llenar y la única manera es la descripción basada en la percepción personal.
Creo que frecuentar los tugurios de El Cairo le ha reportado algún sobresalto...
- Sí. La primera vez que fui a un bar del centro de la ciudad, lo encontré repleto de personajes que, por su aspecto, cuadraban con el prototipo del criminal propio de cualquier filme. De repente apareció la Policía y comenzó a pedir el documento de identidad, donde aparece la profesión. Los agentes se quedaron perplejos y me preguntaron: «¿Qué hace un dentista en un lugar como éste?». Conociendo el comportamiento de nuestros agentes pensé: si le explico a este señor que he venido a documentarme para una novela el asunto va a terminar fatal, así que simplemente le dije que necesitaba tomarme una cerveza. Y me respondieron: «Un dentista no puede venir a estos sitios, tiene que ir a un hotel de cinco estrellas». Salí de forma apresurada del lugar y mientras me marchaba escuché las bofetadas que comenzaron a repartir entre la clientela. Días después me presenté en la comisaría para explicarle al jefe que estaba escribiendo un libro «sobre el centro de la ciudad» y a partir de entonces cada vez que aparecían los policías por esos bares hasta me saludaban.
LA POLEMICA NACIONAL
VICTOR DE LA SERNA
¿Triunfo feminista o pura mofa de ZP?
Buena parte de los medios españoles e internacionales se extasia ante el predominio femenino en el nuevo Gobierno de Zapatero. Pero el papel de Chacón provoca división de opiniones.
Cuando un acontecimiento político suscita polémica en los medios informativos, los prejuicios tienen mucho que ver, claro: los de izquierdas dicen que se le reprocha injustamente ser mujer, joven ¡y hasta embarazada!; los de derechas, que su incompetencia y su nacionalismo catalán motivan las críticas.
Pero los puros datos que cada uno maneja también influyen. Así, en un debate en Cuatro, veíamos a Victoria Lafora, toda jacarandosa, decir que, que ella sepa, Chacón nunca ha hecho ninguna manifestación catalanista altisonante. Horas antes, en la Cope, Federico Jiménez Losantos recogía grabaciones de la hoy responsable de defender la unidad de la nación española, proclamando la nación catalana. Y EL MUNDO recordaba a la Chacón de hace año y medio, exhibiendo en la camiseta el eslógan Tots som Rubianes para solidarizarse con Pepe Rubianes tras la proclama de éste sobre «este país de mierda»: «La unidad de España me suda la polla por delante y por detrás».
Conclusión evidente y poco sorprendente: Lafora ni oye la Cope ni lee EL MUNDO. En plan más general, aquí cada cual ignora la evidencia que más molesta resulte para sus tesis.
Desde la extasiada izquierda, la socialista Elena Valenciano, en El País, dedica a la neoministra uno de los pocos comentarios que han aparecido en el diario progubernamental: «En estos días es noticia que una mujer inteligente, capaz, joven y a punto de ser madre, Carme Chacón, haya sido designada ministra de Defensa». Pero también en la derecha se sigue la misma línea. Lean a Inmaculada Navarrete en ABC: «Las estadísticas no engañan: hoy, tras el largo trecho que va de Isabel I de Castilla a Carme Chacón de los Ejércitos, la mujer española está mejor preparada profesionalmente que el hombre para gobernar el Estado». En el mismo diario, Tomás Cuesta relativiza: «El caso de Carmeta tiene morbo, y especias, y picante. Pero sería ingenuo acudir al reclamo de la ministra-trampa y darle cuartelillo a Zapatero, que lo que espera es eso, que le den cuartelazo».
Más entusiasmo, éste catalán devenido en españolista-militarista, en El Periódico. Antoni Gutiérrez Rubí vaticina con arrebato un idilio: «La alianza profunda entre los uniformados y la ministra, que a veces viste informal (...), puede dar mucho juego y muchos beneficios al Gobierno, a nuestros ejércitos, al ministerio y... a ella». Se ciñe más a la realidad Imma Fernández, en ese mismo diario, al describir el carácter esperpéntico del nombramiento. Recuerda a Ivà (Ivà el Terrible), el dibujante de Makinavaja, fallecido hace 15 años: «El lunes debió de ser día de regocijo para Ivà. A buen seguro que allá arriba, en el Reino de los Cielos donde habita desde 1993, se desternilló con la viñeta de la muy preñada, progre y catalanista Carme Chacón cuadrando al glorioso Ejército español. Una imagen que, hasta para sus Historias de la puta mili, muchos verían salida de madre».
Está de acuerdo, desde la otra orilla, un lector de ABC, en carta a su director: «¡Viva España! ¡Viva el Rey! Nunca había escuchado esos vivas con tanto énfasis, tanto ardor, tanta fogosidad. ¡Qué manera de transmitir patriotismo a esas tropas...! Y a todos los españoles que hemos tenido la suerte de ver el reportaje. Bueno, como comprenderán, estoy escribiendo con ironía. ¡Qué trabajito le tuvo que costar a esa pobre mujer decir lo que no sentía!».
TRIBUNA LIBRE
ALI LMRABET
Marroquíes en la Península
No es ninguna novedad. Los inmigrantes marroquíes interesan a los políticos españoles. Por diferentes razones. Son, después de los ecuatorianos, los más numerosos; son musulmanes; provienen de otra cultura; tienen mala fama y, para colmo, son ciudadanos de un país que mantiene un persistente, aunque de bajísima intensidad, conflicto territorial con España. Según el último Padrón Municipal de Habitantes (que incluye tanto a residentes como a personas «sin papeles»), el 1 de enero de 2007 había en España 582.923 personas de nacionalidad marroquí. Si la cifra de los «sin papeles» es de solamente 39.202 personas, lo que desmiente en parte la idea de que los irregulares marroquíes son los más numerosos, en cambio otra cifra señala que al 31 de diciembre de 2007, los marroquíes «con papeles» sumaban 648.735, es decir 100.000 más que el año anterior. Este dato que significa, geografía obliga, que la población marroquí en España aumenta y seguirá aumentando, se junta con otro: los servicios públicos de empleo estatal (el antiguo Inem) han señalado el mes pasado que casi uno de cada cuatro extranjeros que percibe la prestación por desempleo (el 22,5%) procede de Marruecos.
Estos números, el aumento de la inmigración marroquí y el paro, interpelan y emplazan a que haya un debate, desapasionado claro, sobre la integración de esta comunidad. Sin velarse la cara, sin escudarse, como lo hace el actual Gobierno, detrás de lo políticamente correcto, pero tampoco sin prejuicios que puedan herir sentimientos o sensibilidades.
La pregunta es: ¿puede una población musulmana llevar a cabo un exitoso proceso de integración en un país europeo de raíces cristianas? Si suponemos que los centenares de miles de ciudadanos marroquíes (y un poco más en el futuro) no van a ser expulsados de mala manera como lo fueron sus ilustres correligionarios los Moriscos, hay que comenzar a pensar en la integración de esta masa humana en un entorno que no siempre es hospitalario, y en un contexto de crisis económica.
La integración de los marroquíes en España es viable siempre y cuando se entiendan y se respeten ciertos parámetros. La sociedad receptora tiene que aceptar el hecho de que la integración no puede ser de ninguna manera una asimilación, que es la pérdida de valores forjados por la identidad propia por otros, ajenos. Salvo contadas excepciones, los marroquíes asentados en España, especialmente ahora que asistimos a una fuerte corriente de reislamización de las comunidades musulmanas arraigadas en el viejo continente, no se asimilan. Tampoco se integran si por ello se entiende cortar lazos administrativos con el país de origen.
El inmigrante de la primera generación no deja de mirar hacia Marruecos; las remesas que envía a su país (ayudas a la familia, compra o construcción de una residencia, ahorros en un banco marroquí que incluye un seguro para pagar el traslado y el entierro en su ciudad natal en caso de defunción) evidencian que quiere guardar un pie en su país de origen. Las primeras generaciones de inmigrantes siempre han tenido este tipo de mentalidad propia del exiliado. Hay que admitir que esta generación, que no deja de ser trabajadora y respetuosa con las leyes del país de adopción, está absolutamente perdida para la integración.
Pero otra cosa son los hijos, los que constituyen la segunda generación, los que han nacido o se han criado en suelo español y que mantienen, si excluimos los sentimientos, una relación superficial con el país de sus ancestros. Hablan mal el idioma de sus padres, se sienten extraños en suelo paterno, y si los marroquíes los consideran con afecto (y algún toque de celo) no están lejos de pensar, con razón, que son diferentes a ellos. Es hacia esta franja de marroquíes, que tiende naturalmente a la naturalización y a la radicación definitiva en España, a quien el Estado español tiene que dedicar una paciente y eficiente política de integración. De ello depende la convivencia entre población nativa española y población de origen inmigrante.
Desgraciadamente, por el momento, si excluimos la vigilancia de las fronteras y algunos acuerdillos de readmisión de inmigrantes ilegales con Marruecos y varios países subsaharianos, España no tiene ninguna política al respecto. Para decirlo coloquialmente, los ayuntamientos y las autonomías tienen que arreglárselas solos con sus moros, sean inmigrantes, recientes o futuros ciudadanos españoles.
Un comienzo de una política de integración sería pues, ya que el Gobierno central se jacta de tener superávit, la promoción de la vivienda social, una de las dos llaves (con el empleo) que abre la puerta a la integración. La vivienda social, que en España solamente existe para los jóvenes, ayudaría a desagregar los guetos que se han creado en diferentes puntos de la península y que han recreado, en miniatura, la vida social del país de origen. El Estado tendría además que esforzarse, como en otros países europeos, en sensibilizar sus fuerzas del orden sobre los derechos humanos y el estigma del racismo. Si no se siente protegido y respetado por el Estado, el inmigrante no confiará en él y llegará el día en que lo percibirá como una entidad hostil. Y por fin, y es el punto más sensible, el Gobierno debería resolver el problema de las mezquitas convenciendo a los ayuntamientos para que cesen las trabas puestas a su construcción en sus términos municipales.
Generalmente, la opinión pública española percibe estos templos como una agresión, cuando en realidad son la mejor respuesta a la proliferación de pequeños e incontrolados centros de culto (en garajes y casas particulares) donde, en muchos casos, se difunde una forma de Islam a años luz de las necesidades espirituales del inmigrante. Pero este esbozo de política migratoria no tendría éxito si no se impulsa otro segmento complementario. El Estado español debe comenzar a fomentar un Islam español y, subsidiariamente, formar sus propios imanes, que más allá de su labor de guías espirituales, podrían ser una útil brújula cívica que permite al inmigrante orientarse en su país de adopción.
Pero hay que advertir que esta política va irremediablemente a chocar con los propósitos del país emisor de esta inmigración, es decir, Marruecos. Rabat no tiene la más mínima intención de aligerar su censo poblacional ni de permitir que se rompa el lazo administrativo que une al inmigrante marroquí (aunque termine naturalizándose) con su país de origen. El Estado alauí no lo hace por altruismo ni por amor al prójimo, lo hace porque la suma de las remesas, un autentico maná financiero, que envían anualmente estos inmigrantes (que sin embargo no tienen representación parlamentaria en Rabat) es superior a los ingresos que genera la exportación de fosfatos, la primera industria exportadora del país. Por eso creó el Consejo Superior de los Marroquíes Residentes en el Extranjero, que es un poderoso instrumento para perpetuar esta dependencia, y que va, inevitablemente, a abocar al fracaso todas las políticas de integración que existen en los países donde reside una importante comunidad marroquí. Este Consejo, que desató una gran polémica en el momento de su creación, fue acusado recientemente por el prestigioso semanario marroquí Le Journal Hebdomadaire de albergar en su seno «agentes secretos» y chivatos de los consulados marroquíes. La reciente declaración de un responsable alauí de la emigración calificando la masa humana marroquí en el extranjero como la «17º wilaya» (región administrativa, Marruecos tiene 16 wilayas) fue tildada por el mismo semanario de provocación al hacer aparecer a los marroquíes como una suerte de quinta columna dentro de Europa.
Allí está la problemática de la integración. Por razones miserablemente pecuniarias, el Estado marroquí no quiere que sus ciudadanos expatriados se integren en sus diferentes países de adopción y terminen cortando los lazos administrativos (nunca sentimentales) con el país de origen. Pero el tiempo apremia. Si no hay una explícita política de integración de la inmigración marroquí, España se enfrenta a futuras convulsiones y problemas de convivencia. El ejemplo de la inmigración magrebí en Francia a partir de los años 50 es un terrible caso de fracaso. Los hijos de los magrebíes, educados como magrebíes en sus casas y como franceses en las aulas, siguen tres generaciones más tarde sin saber si son magrebíes o franceses. Aunque poseedores del pasaporte galo, estos ciudadanos franceses de segunda aún no han hecho la combinación entre la cultura de sus padres y la del país de adopción.
Ni magrebíes en el Magreb ni franceses en el país donde han nacido. Son estas generaciones abandonadas por el Estado receptor las que están detrás de las revueltas que han incendiado los barrios periféricos de las metrópolis francesas en 2005.
Ali Lmrabet es periodista marroquí.
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