Esta imagen entrañable de un español que ama apasionadamente a nuestra América y que se siente tan criollo como peninsular se impone a la historiografía parricida y marxista que ha intentado, infructuosamente, a lo largo de los siglos y desde el nacimiento de las repúblicas, distanciar los corazones de la madre patria de -citando a Rubén Darío- los mil cachorros sueltos del León español.
Ante un aniversario más de la Hispanidad y ad portas del bicentenario de la independencia de América Latina urge reconsiderar ciertos tópicos que trascienden la demagogia ramplona con que suelen adornar sus discursos los políticos. No son los lazos comerciales ni los intereses fenicios los que unen indisolublemente a España con Latinoamérica. No. La presencia todopoderosa de las empresas ibéricas al otro lado de Atlántico y la diplomacia de las cumbres iberoamericanas -tan estéril como pintoresca gracias a Hugo Chávez- no pueden equipararse a la Historia compartida, al idioma de Cervantes y a la cruz del cristianismo. Pese a la enorme y creciente influencia de Estados Unidos y también de otras comunidades que han enriquecido nuestra cultura con tradiciones tan milenarias como respetables, seguimos rezando en castellano. Y estamos orgullosos de ello.
Víctor Andrés Belaunde, el diplomático e intelectual peruano que presidió la Asamblea General de la ONU en 1959, acuñó un término acertado para definir la esencia de nuestros países: «síntesis viviente». Y, en efecto, eso somos, la síntesis viviente de varias culturas, la hispana y la indígena de manera preeminente, pero también, la mixtura de tantos y tantos pueblos que han venido a morar en medio de nosotros. Una síntesis inacabada, majestuosa, en perpetuo devenir, que recoge las mejores tradiciones de cada nación y también, por qué no -lamentablemente-, las taras y vicios de la condición humana.
Sin embargo, la inventiva latinoamericana y la enorme capacidad de nuestros pueblos para el trabajo han sido más que validadas por las comunidades de inmigrantes que han transformado los países en los que se han asentado. Ni Estados Unidos son la misma nación desde que el exilio cubano y mexicano acampó bajo su bandera, ni España y la Unión Europea volverán a ser las mismas sociedades tras el vendaval de la inmigración. Y todo ello, por supuesto, para bien. Llevamos con nosotros el ímpetu de los exploradores y la ilusión de crear una sociedad mejor.
Con la misma valentía con la que sus antepasados recorrieron el sendero inverso, los inmigrantes emprenden odiseas marcopolescas y empresas colosales. Y se produce, entonces, el bendito mestizaje, la síntesis viviente de culturas y valores que apuntala la prosperidad de las naciones, la grandeza de los ideales y la renovación de las ciudadanías, eternizando la hermandad entre los pueblos de buena voluntad. Por ello, precisamente por ello, perturba contemplar cómo los partidos políticos instrumentalizan la inmigración, convirtiéndola en moneda de cambio de programas coyunturales y cortoplacistas.
Paradójicamente y, casi dos siglos después, estamos a años luz de la Constitución de Cádiz, que consagró, por ejemplo, la igualdad de derechos de peninsulares y americanos y una única y grandiosa nacionalidad. Hoy, por el contrario, tenemos que soportar medidas exacerbadas que provocan el resentimiento de Latinoamérica, como la recientemente aprobada Directiva europea de la vergüenza sobre el retorno y las barreras para la reagrupación familiar de los inmigrantes, sin ir muy lejos. Enfangados como estamos en un contractualismo posmoderno que pretende regular las relaciones jurídicas entre naciones gemelas, olvidamos que, cuando media la sangre, estorba la ley. O, lo que es lo mismo, parafraseando a Cicerón, silent leges inter fratres. Entre hermanos, ¡por favor!, que callen las normas abusivas.
La diáspora latina, que reclama un lugar de preeminencia en el demos [ciudadanía con derechos] político español, poco a poco abandonará los guetos periféricos y se incorporará a la vida pública, liderando cambios e implementado propuestas. Así ha ocurrido en Estados Unidos y así ocurrirá también en Europa. Si los políticos dan los pasos equivocados, si sucumben a la oscura tentación del facilismo electoral, España puede convertirse, una vez más, en el chivo expiatorio de Latinoamérica. Las ofensas, que nadie lo dude, tardan mucho tiempo en olvidarse. Ni merecemos algo así ni, para ser justos con nostros mismos, españoles y americanos podemos permitírnoslo.
Hay una síntesis viviente que juntos podemos construir en tierras ibéricas. Es un reto fabuloso, una utopía indicativa por la que vale la pena apostar. Dos millones de latinoamericanos que viven y sueñan en España han llegado para quedarse, a pesar de los programas de retorno y las promesas fariseas de los ministros de turno. España se ha convertido, para nosotros, en la última frontera de un mundo cada vez más ancho y ajeno. Porque estamos en casa y nos sentimos españoles -tanto como el conde de Lemos se sentía americano-, aspiramos a una vida plena y a una sepultura digna, si no en los santuarios indianos que refulgen con la plata inagotable de los incas, sí aquí, confundidos con la gente, en un solo abrazo, sintiendo el ruido inmenso de Hispanoamérica, ese fragor eterno de un solo corazón. Creemos en una hispanidad cosmopolita y queremos que España enarbole con orgullo los nobles estandartes de una veintena de países hermanos.
Martín Santiváñez Vivanco es director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas y miembro correspondiente por Perú de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España.
CARGO: Geógrafa y especialista en nuevas tecnologías / FORMACION: Licenciada en Geografía y Cartografía por la Universidad de París 1 / EDAD: 46 años / CREDO: ¿Por qué separar las ciencias humanas de las ciencias puras? / AFICIONES: Teatro, pasear, escribir / SUEÑO: Ganarse la vida con libros apasionantes Françoise de Blomac (Limoges, 1962) ha pasado a limpio sus reflexiones sobre la sociedad de la vigilancia y del miedo. Que es la nuestra, como lo demuestran de manera visiblemente invisible las telecámaras alojadas en los pasillos y andenes de la Gare de Lyon. En la estación hemos encontrado de mediodía a la geógrafa francesa. Más concretamente en Le Train Bleu, memorable restaurante parisino cuyos frescos y artesonados evocan la época de Hércules Poirot, cuando las neuronas, el instinto y hasta la ciencia inexacta de los fisonomistas ofrecían resistencia al advenimiento orwelliano del Gran Hermano.
Françoise Blomac acude -nos lo menciona en la charla- con más optimismo y benevolencia de cuanto puede leerse en las 250 páginas de Sous surveillance (Bajo vigilancia). Un manual de supervivencia en tiempos de internet que estremece por la ingenuidad con que navegamos y por la ligereza con que nos autorretratamos en la aldea global.
Publicaba el New York Times que un simple click en Google aporta al abrevadero de la red hasta 811 informaciones personales. Es una anécdota y una frivolidad en comparación con el revuelo que ha provocado en Francia la noticia de un gigantesco archivo policial donde va a inscribirse indistintamente a menores de edad, terroristas, delincuentes potenciales, líderes políticos, notables de la sociedad y figuras espirituales. La criatura se llama Edvige y ha puesto de actualidad el debate de la seguridad nacional, las libertades y sus restricciones. El sindicato de magistrados, por ejemplo, sostiene que se criminaliza y se decanta apriorísticamente a los ciudadanos, mientras que otros movimientos y asociaciones han pedido amparo al Consejo de Estado para evitar que esta versión tecnológica y posmoderna de La Bastilla -así se conoce popular y sarcásticamente al ingenio- pueda seguir alimentándose de sospechosos.
PREGUNTA.- Despéjenos una inquietud. ¿Es verdad que la presente entrevista, cara a cara, con una grabadora, puede ser intervenida y escuchada por el mero hecho de encontrarse en medio un móvil encendido? Un móvil encendido, pero no conectado. Puntualicemos.
RESPUESTA.- Es verdad. Legalmente, es necesario un permiso judicial, pero la compañía telefónica puede convertir el móvil en un micrófono. Sin instalaciones ni descargas ni mayores complicaciones. Basta tenerlo encendido. Y no estamos hablando de interceptar una comunicación telefónica. Usted y yo estamos aquí sentados, conversando. Sin olvidar que cualquier persona presente en esta sala también puede enterarse gracias a otros sistemas de escucha domésticos. La tecnología ha generalizado potencialmente el espionaje. No digo que todos seamos espías, sino que es bastante elemental emular las mayores proezas que James Bond nos enseñaba en las películas de ciencia ficción. Muchas de ellas están sobrepasadas, se han quedado antiguas, desfasadas.
P.- De ahí que usted mencione en su libro el factor de la complicidad. Exista o no la tentación de erigirse un Gran Hermano con patente estatal, la ciudadanía participa a sus anchas de la sociedad de la vigilancia.
R.- Lo hace en dos sentidos. Uno activo, que concierne al uso consciente de su móvil, de su ordenador, de su blog o de su tarjeta de fidelidad. Y otro, inconsciente, relacionado con la red e infraestructura de seguridad con que un Estado pretende garantizar la defensa nacional. Se trata de una aspiración utópica, pero suficiente para que los ciudadanos puedan sentir cohibidas y comprometidas sus libertades. El problema de la sociedad de la vigilancia consiste en que el ciudadano deja de convertirse en presunto inocente y pasa a un estatus de presunto culpable. Se subvierte una regla fundacional de nuestras democracias en perjuicio de los derechos fundamentales. De una sociedad basada en la confianza se pasa a una sociedad basada en la desconfianza y el miedo.
P.- Es la razón, además, por la que ha provocado un gran revuelo La gran hermana. Así se llama irónicamente al fichero policial Edvige que acaba de impulsar el Gobierno francés. Existía en papel desde hace 17 años, pero ahora se ha impulsado con intenciones y medios inquietantes. Todos ellos enunciados bajo el objetivo «del bien y de la seguridad comunes».
R.- Es normal que un país tenga registrados e inventariados a sus principales actores. No lo es tanto que se pretendieran incluir en las fichas detalles privados -orientación sexual, religión, historial de enfermedades- ni lo es tampoco que aparezcan fichados los menores de edad de 13 años para arriba. Aunque esta polémica también guarda relación con otra reforma impulsada por Nicolas Sarkozy: la edad penal se ha fijado por debajo de los 18 años, de modo que los menores ya no son menores. Edvige, por tanto, sobrentiende una suerte de seguridad cautelar, preventiva. Redundando en la idea según la cual los ciudadanos adquieren un papel de sospechosos. La ventaja es que Francia, como otros países occidentales, no es un país totalitario. Y que las democracias tienen recursos, mecanismos, para ejercer un contrapeso a los excesos que en materia de seguridad o de vigilancia pretendan introducir los distintos gobiernos. El debate consiste en despejar si preferimos estar más seguros a costa de ser menos libres, o si preferimos disfrutar de mayor libertad asumiendo una mayor exposición a los peligros, la delincuencia y los atentados terroristas.
P.- El 11-S, en primer lugar.
R.- El 11-S ha acelerado el proceso. Ha dado origen a una psicosis. Pero la obsesión por la seguridad es también el síntoma del límite, de la impotencia y de la negligencia. Más aún cuando circula impunemente en el éter el fantasma de Bin Laden. Antes del atentado de las torres gemelas había en EEUU un censo de sujetos potencialmente peligrosos que concernía a 30.000 personas. Y ahora la cifra se ha elevado a 300.000, de modo que la abundancia de escuchas, interceptaciones, mensajes, sospechas y maniobras de espionaje saturan el sistema de seguridad mismo. Lo inutilizan, lo constriñen a una suerte de fenómeno endogámico.
P.- El exceso de información mata la información.
R.- Que haya medios técnicos de primera mano no significa que haya medios humanos para manejarlos satisfactoriamente. Y pongo el ejemplo de Gran Bretaña, donde se han desplegado 25 millones de telecámaras en las calles, metros, jardines y espacios públicos. La cifra plantea un triple problema. Primero, la paradoja de la inefectividad: únicamente el 3% de los delitos callejeros se resuelve con la ayuda del las cámaras, siempre a posteriori. Podrá objetarse que el porcentaje es digno, pero no lo es tanto considerando el despliegue técnico, el personal utilizado y los recursos financieros que se dedican a semejante empresa. El segundo problema proviene del criterio de vigilancia. No tanto por replantear aquí la cuestión de quién controla al controlador, que me parece un debate necesario, sino para saber qué instrucciones se les da a los policías. ¿Quién es un sospechoso? ¿A quién se vigila y por qué? ¿Hasta qué extremo puede reproducirse policialmente el conflicto de la estigmatización social?
P.- El tercer problema, imagino, sería de orden sociológico, conductual. Cambiamos nuestra manera de actuar porque las cámaras están delante. La vigilancia nos mediatiza y nos cohíbe.
R.- El efecto presuntamente benéfico de semejante situación radicaría en que las cámaras no son eficaces como tales, sino que lo son en la medida en que su presencia intimida o condiciona al sujeto. Por eso viene a cuento citar a Michel Foucault y su teoría de la prisión panóptica. Los presidiarios no ven al vigilante. Imaginan que está, pero no tienen la certeza de hallarse bajo su mirada. Extrapolando el mismo principio a la sociedad, notamos que los individuos son susceptibles de encontrarse sistemáticamente observados. Panópticamente vigilados. Automáticamente supervisados. Domesticados. Y no hablo sólo de un programa de Estado. Me refiero igualmente a la superdotación tecnológica del vecino, del compañero de trabajo, del colega de la escuela. Estamos sobrexpuestos. Y llama mucho la atención que no nos estemos percatando de ese grado tan intenso de complicidad.
P.- El maridaje del exhibicionista y el voyeur, simplificando mucho las cosas.
R.- Que exista la tentación de un Estado de colocar cámaras en cualquier esquina no anula la responsabilidad del individuo. Me sorprende la facilidad y la generosidad con que aportamos informaciones propias a la red. Mire, internet es una ventana al mundo, pero sin cortinas. De ahí que sea sano, cuando no elemental, prevenirse de la sobreexposición que mencionaba antes. Los internautas se confiesan en los blogs, cuelgan sus fotos, publican sus diarios, se desnudan metafórica y hasta literalmente. Existe un deseo de manifestar la propia transparencia, de confesarse, de justificarse. Un comportamiento así subestima la capacidad de intrusismo ajeno. ¿Qué sentido tiene rebelarse contra la cohibición de las libertades y contra los tentáculos del Gran Hermano cuando nosotros, individualmente, participamos de manera activa en el proceso de vigilancia? Mi consejo es advertir a los usuarios de internet de los riesgos que se corren. Entre otros motivos porque internet, tan útil y beneficioso, es una plataforma de control y de captación. No hablo de sectas, que las hay. Hablo de los sistemas de fidelización, del intercambio de información que hacen las multinacionales a propósito de la clientela. El uso superfluo de la tecnología es una amenaza para nosotros mismos. Por eso es bueno controlar las huellas que dejamos. No esparcirlas ni maltratarlas.
P.- Un puzzle gigante, ¿no?
R.- Los billetes electrónicos del avión, los carnets magnéticos del metro, las llamadas y los sms, las consultas de internet, la compra del supermercado, la tarjeta de crédito. Estamos definiéndonos y delatándonos continuamente. Y no lo digo de manera apocalíptica, sino para explicar hasta qué extremo subestimamos los detalles con que damos forma a nuestro autorretrato. Quizá porque se diluyen en 24 horas de comportamiento. Ahora bien, el ejemplo del puzzle es interesante porque demuestra al mismo tiempo que no existe un metasistema ni un super gendarme capaz de reunir todas las piezas. Es realmente complejo reconstruirnos con las huellas que hemos dejado, pero la invasión tecnológica nos está transformando y está variando las propias relaciones.
P.- Digamos que al vecino se le han dado superpoderes. Y que la predisposición de las sociedades a la delación se antoja más inquietante cuando los medios de que dispone son tentadores, domésticos.
R.- Aquí también se produce una paradoja. Por un lado, es cierto que la sociedad de la desconfianza, incluso de la delación, se abre camino sobre los raíles de la tecnología. Y por otro lado es verdad que era más difícil el anonimato en el siglo XVIII que en cualquier centro urbano del siglo XXI. La llamada jungla urbana es un buen espacio para esconderse. Más aún cuando se saben aprovechar los instrumentos que nos da la propia tecnología. Que es un sistema de círculos concéntricos.
P.- Entre los cuales ha adquirido un valor creciente la biometría.
R.- Es verdad. Nuestra identidad, a diferencia de cuanto sucedía, por ejemplo, en el París de los años 20, no nos la proporciona la fe de dos testigos. Ni siquiera la huella del pulgar. Ahora nos define con precisión científica el ADN, o nuestro iris, o la palma de la mano. Hay una delicada yuxtaposición contemporánea entre la identidad, la biología y el comportamiento. Se diría que un pasaporte biométrico o una prueba de ADN asemejan a la praxis que se nos haría en caso de una ficha policial.
«Me aficioné a la ciencia ficción gracias a Julio Verne» Geógrafa de carrera, experta en cartografía. ¿De dónde viene su afición a la ciencia ficción?
- De adolescente. Recuerdo haber leído de niña algunas novelas de Julio Verne, pero años más tarde me atrajeron particularmente los libros de Asimov. Tanto las obras de divulgación como las novelas de ciencia ficción. Y especialmente, entre estas últimas, las dedicadas a los robots.
Hablemos de otro robot. Hal9000, ¿lo recuerda?
- Claro. Estaba en el 2001 de Kubrick y es un precursor de la inteligencia artificial. No es mi película de género preferida. Creo que hay dos que reflejan mejor y alegóricamente el bien y el mal de la tecnología: Minority Report, de Spielberg, y Matrix. Esta última coloca la técnica y el prodigio al servicio del hombre. La otra, en cambio, refleja una sociedad del control y de la vigilancia donde las personas son arrestadas antes incluso de cometer el crimen. Cumplidos determinados requisitos, bien genéticos, o conductuales, se previene del delito arrestando al criminal potencial.
¿Y cuál es su alegoría preferida?
- Pensando un poco la pregunta, pienso que sería más bien Dune. Creo que las riendas del poder deben estar en manos de una humanidad consciente y responsable. Y no bajo control de los superhéroes. Soy una mujer optimista. Y confío en el ser humano, por eso creo que no hay que dramatizar con el rumbo donde puedan llevarnos las sociedades de la vigilancia.
De momento, usted se ha ido al campo a vivir, cerca de Montpellier.
- Trabajo en casa. Y es ésa la ventaja de la tecnología. Ponerla a tu servicio, aprovecharte de ella. Tanto en su faceta funcional como en su virtud de instrumento de estudio, y, por qué no, de ocio.
Se refiere a las horas que sus hijos pasan delante del ordenador.
- Es cierto que internet puede ser peligroso para los adolescentes. Son demasiado vulnerables. Y esa es la razón por la que me parece fundamental el papel de los padres y de los educadores.
¿No le asustan un poco los niños y adolescentes tecnológicamente superdotados? Hay sociólogos que consideran ese poder como un arma de desequilibrio doméstico. Incluso para sentirse superiores a los padres.
- Tengo una visión menos negativa a propósito de la cuestión. De hecho, esa facilidad que tienen con la tecnología y con los ordenadores también sirve para aprender de ellos, para aceptar el papel de alumno, de vez en cuando. Es una manera de relacionarse, aunque trato de prevenir a mis hijos de los riesgos de internet como vehículo de aislamiento. Internet debe servir para lo contrario: abrirse y comunicarse.
LA CUESTION - ¿Es posible desaparecer, ponerse a salvo de la vigilancia, desmarcarse del Gran Hermano? Entiéndanse las preguntas sin esperar que la respuesta consista en convertirnos en amish o en anacronismos similares.
- Es posible, pero hacen falta audacia, método y buenas razones. Puede usted vivir en una aldea rural de España, sin teléfono ni ordenador, y sin cuenta corriente. Pagaría siempre en efectivo. Y no podría viajar en avión ni en muchos otros medios de transporte. Tampoco tendría la posibilidad de escolarizar a sus hijos. Y, lo que es peor, no podría acceder a ningún sistema de asistencia social ni sanitaria. Todas estas 'defensas' no van a preservarle de la vigilancia del vecino, que es la primera y la elemental. Siempre que no decida convertirse en una especie de eremita. La paradoja es que una vida tan distinta va a convertirle de inmediato en personaje, en figura extravagante. Se habrán terminado entonces las expectativas de anonimato. Pero no hay que llegar tan lejos.
EL CORREO CATALAN
Meditación sobre el privilegio
ARCADI ESPADA
Querido J:
Arturo Marian vino de Rusia. Niño de una niña de la guerra. En los 80 se batía por las calles de Madrid contra los izquierdistas. Tenía 20 años. Ellos no conocían aquello ni él conocía esto. Después de una pelea lo metieron en la cárcel. Por poco tiempo, pero se envileció. En los 90 le pidieron que llevara droga de un lugar a otro y lo cazó la Policía. Entonces, 1998, ya no sería por poco tiempo. Hasta el año 2003 no volvió a pisar la calle. La condena era de nueve años y un día, pero había pedido un indulto vinculado a la cantidad de cocaína traficada. El lo explica bien, y así varías de prosa: «Desde el 27 de enero de 2003 hasta el 23 de febrero de 2007 pude llevar una vida en libertad, dado que me concedieron la suspensión de la ejecución de la pena, mientras se estudiaba mi solicitud de indulto parcial, basada en el cambio de criterio del Tribunal Supremo acerca de la cantidad notoria de la droga aprehendida. Pero mi petición fue desestimada: el cambio de criterio no conllevaba la reducción automática de la pena, como yo ingenuamente pensaba». Una mañana fue a hacerse el pasaporte y el viaje fue a la cárcel.
Mis amigos Elvira y Fernando lo conocieron durante esos cuatro años de libertad. Fue a través del pintor Carlos García-Alix. A mis amigos les convenía un muralista y preguntaron a García-Alix. Este supo de Marian por alguna muestra de arte de presos o cosa parecida. Tengo al hombre, vino a decir. El hombre era un pintor interesante, pero rondaba la muerte. Estaba enganchado al crack, que es lo que antes llamaban a Wall Street y ahora a la cocaína que se fuma. Después de tratarle y ver que era el pintor que necesitaban y un hombre estimable la pareja tomó una decisión: lo adoptarían. Así empezó a vivir con ellos en la finca manchega donde pintaba el mural. La adopción de un adulto es un raro trámite. Las parejas que adoptan no quieren niños crecidos: temen que sus hábitos no puedan adaptarse a la nueva familia y que, repitiendo el mecanismo de una de esas balanzas infantiles de los parques, el pasado decante la vida. Un adulto adoptado propicia una exuberante literatura; mucho más si se piensa que, acabado el trabajo, el pintor se instaló con la pareja y sus dos hijos adolescentes en un piso de Madrid. Había una razón médica para el traslado: la adicción al crack es muy difícil de superar. Sus protectores lo habían llevado a la consulta del doctor Luis Caballero, un cabal especialista en adicciones; pero el tratamiento farmacológico y psicológico exige la premisa de los cuidados. Si al enfermo le cerca de pronto algún síndrome debe tener un lugar caldeado al que volver. Se lo procuraron. Un adulto adoptado, y en la casa, es un asunto complejo, desde luego; y una forma de compromiso social meditable.
Durante esos años se hizo con un nombre. La pareja y el pintor Alix evitaron que Marian, solito en la vida, se hiciera el nombre a pulso y en la intemperie. Bien observada, la vida resuelta es poco más que el aprovechamiento de una serie de discriminaciones positivas. Empezó a pintar con salud y regularidad. Expuso. Convenció. Vendió. Hubo un momento en que parecía un héroe de Frank Capra. Hasta que llegó el policía, le dijo que el Tribunal había rechazado el indulto y que tenía que volver a la cárcel. Volvió. Era en febrero. Su médico escribió este párrafo para el juez: «A lo largo del año 2006 y hasta la fecha se ha mantenido completamente abstinente y se ha recuperado ad integrum en los planos personal, laboral y social, de una manera muy llamativa. En el momento de producirse el reciente problema legal que ha llevado a su encarcelamiento se encontraba muy recuperado y llevaba una vida perfectamente productiva como pintor, y socialmente normativa». Pero en octubre ya estaba otra vez libre: le habían concedido la libertad provisional, como suele suceder cuando se han cumplido tres cuartas partes de condena. Entre las condiciones de su libertad estaba la de abstenerse de «consumir tóxicos», dados sus antecedentes drogadictos.
Junio, este junio. Le llamó la encargada de su seguimiento. Le dijo que había dado positivo en cannabis y que su juzgado de Vigilancia era bastante severo. Escribe el pintor, con muchos colores: «En aquellos días yo estaba pintando en mi estudio a todo ritmo, entre 10 y 12 horas diarias, tenía ocho cuadros en marcha, tres de ellos ya casi terminados y todos con vista a una exposición personal en una galería madrileña que se iba a celebrar en otoño próximo. No pensé que un 'positivo en cannabis', un único positivo en ocho o nueve meses de analíticas, tuviera alguna trascendencia». A finales del mes, el 27, le aconsejaron presentarse ante el juez, el Ilustrísimo Señor Manuel Pérez Pérez. Observa este momento, y al juez que decide sobre un hombre: «Después de una larga espera fuimos invitados a pasar. Ante mi extrañeza de cómo podía revocarme la libertad condicional por un único positivo en porros, su señoría alegó que todos los tóxicos son iguales, que el cannabis, a veces, es aún más peligroso que la cocaína, ya que precisamente ahora estaba tratando a no se qué adolescentes (sic!) pasados de porros que por ello sufrían graves consecuencias».
El juez lo metió en la cárcel, como le dictaron la ley y su conciencia. En la cárcel sigue Marian, a la espera de que acabe el último cuarto de su condena. Se siente gravemente inseguro. Bastará con este cuadro de costumbres: «Aún no he tenido ningún mono (craving) de la cocaína, pero sí en una ocasión he tenido algo así como la activación del recuerdo dopamínico. Fui a orinar y, mientras evacuaba, me quedé contemplando la plata (bandejilla muy artesanal donde se deposita el cristal de cocaína) tirada al pie del váter, con las huellas de la gota (restos del cristal consumido) sobre ella. Vamos, que alguno se fumó un chino y dejó la plata tirada -cosa atípica desde la conversión del módulo 10 en el módulo de respeto: normalmente, los inquilinos que se drogan lo hacen con mucha discreción-. La visión de aquella plata usada debió activar algo en mi cerebro. De repente, me asaltó el recuerdo muy vivo e increíblemente intenso del sabor de la cocaína fumada. No fue el recuerdo del placer, sino la cocaína en la boca».
La señora Gallizo, responsable de Instituciones Penitenciarias, declaró anteayer: «La cárcel no es el sitio más adecuado para que los enfermos mentales recuperen su salud». Son unas declaraciones interesantes. Recordarás que en nuestra juventud de papel escribíamos sobre temibles holandesas blancas de la marca Galgo. Cuando no sabía qué escribir (¡y es que aún no me pagaban!) pasaba ratos mirándolas al trasluz donde se proyectaba la grácil figura del galgo corredor. Ahora veo el muralista al trasluz de estas palabras de la penitenciaria Gallizo. No es un enfermo mental, exactamente; es mucho peor: un convaleciente. Y veo algo más al trasluz. Marian es un privilegiado. Cruzó la calle, en vez de morirse fríamente en ella. Dio con padrinos poderosos. Gente que lo cuidó, que lo defendió de la vida, que le procuró salidas varias a su talento; que pagan abogados, psiquiatras y, si pudieran, hasta periodistas. Y está en la cárcel. El perfectamente inserto y reinserto Arturo Marian está en una cárcel de España por fumarse unos porros. Tranquilízate, pues. Por suerte vivimos en un Estado igualitario, que no hace apartes para los privilegios.
Sigue con salud.
A.