ZAPATERO Y EL CAMARADA-COMPAÑERO CASTRO: El peligro de luchar por ser libre en la dictadura cubana

EL FUTURO DE CUBA La oposición política
El peligro de luchar por ser libre
Los presos políticos cubanos malviven en las 300 cárceles que hay en la isla
RAÚL RIVERO
Ésta es la galería de hombres que va y viene por los medios, secuestrada en una cifra tan férrea, tan oscura y estática como las celdas donde los tiene encerrados la dictadura cubana. Son los presos políticos. A veces, a duras penas, el nombre, los apellidos y unas fechas. Ni un sitio noble o el amparo de una nota que los recuerde como seres humanos. Ellos, en soledad, en alguna de las 300 cárceles de la isla, bajo la presión de todas las hambres y los acosos de las enfermedades. Apabullados por sus expedientes delictivos escritos en la prosa mezquina de los sirvientes de un sistema judicial en el que, al policía y el presidente del tribunal, les guía el bolígrafo chino una única mano de hielo. Son los últimos, los inquilinos forzados de los sótanos sucios del caserón arruinado que es Cuba después de medio siglo de socialismo real. Los olvidados, los perseguidos hasta el hueco de los baños turcos y el borde de los catres de cemento. Los indefensos que, después de muertos, pueden ser calumniados y humillados por un aparato propagandístico que puede cambiar el pasado de un hombre como ha podido, con sus cajas de resonancias y los cómplices en el exterior, reescribir, a base de remiendos y lamparones, el pasado de la nación.
No es un retablo de héroes ni una procesión de aspirantes a mártires. Son los rostros y algunas líneas sobre la vida de unos cubanos que se enfrentaron sin armas a un Gobierno totalitario. Gente sencilla de la ciudad y del campo que quería, quiere, que su país progrese y que tenga partidos políticos, periódicos libres y elecciones. Son luchadores pacíficos: a ninguno se le encontró ni un cuchillo. Son inocentes pero no simples. Son seres complejos porque están vivos y están enamorados y tienen hijos. Quieren a sus padres y a sus hermanos, a sus amigos. Creen en la Virgen María, en Babalú Ayé o en nadie. Y, a algunos, les gusta la música, la poesía y el ron. Otros, son fanáticos de un equipo de béisbol, se consideran invencibles en el dominó y todos sueñan que podrán algún día trabajar, decir en voz alta (o escribir) lo que piensan y tratar de ser felices en el país donde nacieron.
No es una tropa extraña venida de lejos que no habla el español ni canta el himno. Unos, compartieron, en algún momento, las ideas de quienes ahora los reprimen. Y se salieron del proyecto de frente y con firmeza. Otros, por sus convicciones, por su educación, nunca lo aceptaron y lo combatieron durante años sin tregua, pero sin violencia.
Detrás de las mismas rejas, verán al fotoreportero Omar Rodríguez Saludes, con una condena de 28 años, por retratar la realidad de su país y describirla. A Ariel Sigler Amaya, un ex campeón de boxeo, ahora paralítico en una silla ruedas, y al médico Oscar Elías Biscet, que entra en al año 11 de su condena a 25 por su trabajo como presidente de la Fundación Lawton, que lucha por la abolición de la pena de muerte y el aborto.
Aquí están, en las páginas de EL MUNDO, los compañeros de Orlando Zapata. La ilusión de la libertad no cree en planchas de hierro. Ni la mata una celda de castigo
EL FUTURO DE CUBA La oposición política
El síndrome de la 'plaza sitiada'
Cuba persiste en su política de aislamiento para evitar contagios del 'enemigo'
ÁNGEL TOMAS GONZÁLEZ. ESPECIAL PARA EL MUNDO
La Habana
En Cuba el Gobierno no ha cambiado un ápice su política de plaza sitiada, que comenzó a aplicar 50 años atrás por su confrontación con Estados Unidos. En ella ha basado su estrategia para perpetuarse en el poder todos estos años. Pero si en el pasado esta política pudo aportar unidad interna, hoy es un obstáculo que bloquea los cambios en el país, al impedir el debate público de ideas plurales. Gobernar mañana, cuando se haya extinguido la generación histórica que fundó la revolución, será tarea difícil al no existir un mapa del ideario colectivo.
Para llevar a cabo esta política de plaza sitiada, el Gobierno cubano ha contaminado la oratoria política y los medios de comunicación con palabras castrenses. Los exiliados son calificados de «desertores» y «traidores». «Batalla, combate y enemigo» son palabras de culto de los dirigentes políticos y, por reflejo condicionado, de los medios. El belicismo lingüístico también está presente en el quehacer de la salud pública. La televisión local promueve la campaña sanitaria contra el mosquito transmisor del dengue con el eslogan: «Guerra sin cuartel contra el enemigo».
Los medios de comunicación locales tienen como misión ser la primera «trinchera» en la «guerra informativa» contra el «imperialismo norteamericano» y los redactores son, considerados, «soldados de la revolución». Desde el Comité Central del Partido Comunista, casi todos los días se envía un fax a las redacciones con instrucciones sobre qué noticias se deben destacar y cuáles, por el contrario, no deben ser citadas.
Los medios de comunicación extranjeros radicados en el país están clasificados como «prensa enemiga». Disentir en un espacio público sobre el discurso oficialista implica el riesgo de ser valorado como portador de «ideología sospechosa». Y esa clasificación complica el acceso a puestos laborales que exigen expediente de confianza política.
La línea oficial de tolerancia ideológica se ha estrechado tanto que cubanos, con historial de filiación revolucionaria, que han expresado en público sus discrepancias, se exponen al riesgo de ser etiquetados como potenciales opositores. Así, el espacio para opinar se ha reducido a círculos familiares o de amigos.
Sin embargo, las autoridades cubanas persisten en tener la isla amurallada. El alegato oficial para defender el estatus de plaza sitiada es que Washington continúa financiando a grupos de la oposición interna. Algunos cubanos alegan que es necesario al estar el enemigo, Estados Unidos, tan cerca. Otros, comentan en tono jocoso, por el contrario, que sería preferible llevarse la isla, a golpe de remos, hasta Nueva Zelanda donde no hay un «imperio» tan cerca
> A su juicio, que se haya conseguido la liberación de 15 de los 75 detenidos por el régimen en 2003, demuestra que la política de diálogo con Cuba funciona. /A. R.
Madrid
Cuando los agentes fueron a buscarle, le dijeron que le llevaban a una comisaría para que contestara unas preguntas. No era la primera vez que las autoridades cubanas arrestaban a Darsi Ferrer. De hecho, fue la última, porque los agentes le encerraron en una prisión de máxima seguridad de la que el director del Centro de Salud y Derechos Humanos Juan Bruno Zayas todavía no ha salido.
Los hechos se remontan al 21 de julio del año pasado y demuestran que la represión contra los disidentes cubanos no tuvo su último capítulo en marzo de 2003, cuando una oleada masiva de detenciones envió a la cárcel a 75 activistas políticos. Amnistía Internacional (AI) califica a la mayoría de ellos «presos de conciencia». Es decir, personas que nunca han utilizado la violencia y han sido arrestadas únicamente por sus creencias.
Darsi Ferrer, de 40 años, es el último de la lista. Amnistía Internacional le considera desde la semana pasada el «preso de conciencia» número 55 del régimen cubano. Es como si hubiera recogido el infausto testigo de Orlando Zapata Tamayo, que murió en febrero tras 86 días de huelga de hambre.
De momento, Darsi Ferrer, que criticó el sistema cubano como periodista independiente, permanece recluido en una prisión de La Habana destinada a presos condenados por delitos violentos, pese a que oficialmente las autoridades locales sólo le acusan de haber recibido material de construcción ilegal. Un delito por el que se suele conceder de inmediato la libertad bajo fianza. «La acusación contra Darsi Ferrer es claramente un pretexto. Creemos que se encuentra detenido como castigo por su trabajo de promoción de la libertad de expresión», señala Gerardo Ducos, experto en Cuba de AI.
También hay otras peculiaridades legales en el caso del director del Centro Juan Bruno Zayas: el juicio por el que se le acusa correspondería normalmente a un magistrado local, pero su expediente está en manos de la Fiscalía General. Algo que, según AI, pone al descubierto la motivación política del arresto. «En circunstancias normales, cualquier persona acusada de este delito estaría en libertad bajo fianza en espera de juicio, no recluida en una prisión de máxima seguridad», asegura Ducos.
Darsi Ferrer -acostumbrado a ser detenido o citado a personarse en una comisaría cada 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos- no duda sobre la razón de su arresto. «Es para castigarme por no dejar que me arrebaten mis sueños de libertad [...] y me quiten la esperanza», escribió el periodista en una carta abierta al Ministerio del Interior, en la que también denunciaba las «condiciones precarias» en las que vivió durante las primeras semanas de su reclusión, cuando le encerraron junto a internos afectados de tuberculosis. Tras declararse en huelga de hambre, las autoridades le trasladaron a otro sitio.
Darsi Ferrer, que todavía no ha comparecido ante un juez, fue detenido muchas veces en relación con sus actividades de protesta. La penúltima vez junto a su esposa Yusnaimy. Era el 9 de julio de 2009 y la pareja tenía previsto participar pocas horas después en una manifestación para promover la libertad de expresión. Bajo el lema El paseo de tus sueños, la marcha pretendía invitar a los participantes a trabajar por un país mejor y sin represión.
La misma represión que Darsi Ferrer y su mujer sufrieron aquel día de julio, cuando la policía les detuvo sin una orden judicial válida y les interrogó durante horas. El disidente fue golpeado por ocho agentes antes de quedar en libertad sin cargos. Una libertad que duró sólo 12 días y a la que Darsi Ferrer no renuncia, pese a las rejas que le rodean: «Yo seguiré preso físicamente, pero soy un hombre libre de espíritu y de conciencia»
Madrid
Una de las culpas de Víctor Rolando Arroyo Carmona fue querer recuperar la tradición de los Reyes Magos en Cuba. Un deseo que en febrero de 2000 le costó una condena a seis meses de cárcel bajo la acusación de «acaparar bienes públicos». En realidad, Arroyo había comprado algunos juguetes en unas tiendas de Pinar del Río que cobran en divisas. Su objetivo era distribuirlos entre los niños pobres de la ciudad en el marco del proyecto Reyes Magos del Milenio, financiado por el exilio cubano.
En 2003 acabó nuevamente entre rejas, junto a otros 74 disidentes. Esta vez se le acusó de haber creado una biblioteca con más de 6.000 libros «reaccionarios» y de haber escrito artículos para agencias no oficiales. Algo que está pagando con 26 años de prisión





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